Extraños en el tiempo Auxiliar de enfermería
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Auxiliar de enfermería

AUXILIAR DE ENFERMERÍA

E l hombre con el bigote y el delantal de la botica rechazó educadamente la oferta de Molly de mezclar los polvos, pero alabó su espíritu inglés al intentar hacer su parte en medio de un conflicto global.

—Y dile a tu madre que te lo he dicho —añadió, intentando animarla.

Ojalá pudiera , pensó Molly.

Caminó por la calle sintiéndose sucia y desaliñada.

Había examinado la ropa vieja de Imogen, como Oliver le había sugerido, solo para descubrir que estaba llena de moho y que olía a humedad debido a las goteras del apartamento.

Así que había frotado la ropa con una esponja lo mejor posible y había usado algunos artículos de aseo de Imogen para dar forma a su cabello y lavarse la cara y el resto del cuerpo.

Pero tenía los zapatos manchados y las medias empezaban a bajársele y el sombrero se le había aplastado por un lado, después del ajetreo en el metro aquella noche.

Dos boticarios más rechazaron su petición, y ninguno fue tan cortés al hacerlo como el primero. El último llegó a acusar a Molly de hacerle perder el tiempo gastándole una broma, antes de enviarla a freír espárragos.

—Lárgate antes de que te diga algo que tardarás en olvidar, bonita. ¿No sabes que hay una maldita guerra en marcha? Si fueras mi hija, te llevarías un correazo en las espinillas.

Probó en otros lugares, en tiendas y en mercados, en almacenes y en cafeterías, y en todos los demás sitios que tenían un letrero de SE NECESITA EMPLEADO .

Pero la gente siempre encontraba alguna razón para negarle el empleo.

Quizá fuera su edad, o su ropa, que aunque un poco sucia, era evidente que había costado cara.

Puede que reservaran el trabajo para aquellos que parecían necesitarlo de verdad, pensó.

Aunque yo lo necesito de verdad.

Había estado a punto de rendirse cuando vio un letrero y se preguntó cómo no lo había visto antes: clínica médica Covent Garden.

Estaba colocado en la fachada de un edificio de ladrillo con una puerta y cuatro ventanas con vistas a la calle. Miró a través de una de las ventanas y vio camas con gente enferma y herida, y enfermeras con falda, capa y cofia yendo de un sitio a otro con frascos y bandejas y cara de agobio.

Después, cuando se apartó de la ventana y entró en el pequeño vestíbulo, Molly vio el cartel: Se necesitan auxiliares de enfermería. Pregunte en el interior.

Cuadró los hombros, se enderezó el abollado sombrero, agarró el pomo de la puerta y se preparó para preguntar.

Una enfermera delgada recibió a Molly, con una falda plisada oscura y zapatos blancos con la suela de goma. La preocupación había grabado líneas gruesas en su frente.

—¿Sí? —le preguntó—. ¿Vienes a visitar a alguien?

—No, estoy aquí por el puesto de auxiliar de enfermería.

La mujer frunció el ceño.

—¿Qué? No tengo tiempo para perderlo con tonte…

—Tengo experiencia y quiero ayudar.

—¡Eres una niña!

—No, no lo soy. Tengo dieciséis años.

—Todavía eres demasiado joven para este puesto. Se requiere formación especial. Para tu información, estamos afiliados con el ejército británico y nos han enviado aquí para ayudar con las víctimas de los bombardeos. Muchas de nosotras hemos trabajado en hospitales de combate en el frente.

—En Inglaterra, las mujeres de dieciséis años pueden casarse y tener hijos —replicó Molly—. La gente de mi edad trabaja en fábricas y en granjas, cosechan y hacen muchas otras cosas para contribuir al esfuerzo bélico.

—Bueno, aunque eso sea así, eso no te da derecho a venir aquí y fingir que sabes cómo tratar a los enfermos y a los heridos. Aquí no recogemos coles, jovencita. Sufrimos un bombardeo hace poco y los heridos nos sobrepasan.

—Sé lo del bombardeo —dijo Molly—. Yo estuve allí. Vi… mucha muerte.

—Entonces deberías ser más prudente —replicó la enfermera, enfadada.

—Le estoy diciendo que he recibido formación para ayudar a los enfermos y heridos.

—¿Dónde? —le preguntó la enfermera.

—En Leiston, donde me presenté voluntaria para ayudar en el hospital local.

Lo habían destinado al uso bélico. Muchos de los heridos allí eran muy graves.

La hermana del vicario, con la que estaba viviendo, era una enfermera veterana de excepcional formación que ayudaba a los médicos en las operaciones.

Ella me enseñó, como lo hizo uno de los médicos que trabajaban allí.

Yo realizaba labores de enfermería, desde vendar heridas a ayudar en operaciones quirúrgicas.

—Tonterías —le espetó la enfermera.

—Entonces, ¿cómo tratarías una infección grave?

La pregunta no la hizo la enfermera.

Otra mujer, alta, formidable y vestida con el atuendo oficial de las jefas de enfermería, de rango equivalente a los comandantes del ejército, estaba en la entrada y era evidente que había oído parte de la conversación. Sus rasgos pálidos y severos parecían tallados en mármol.

La enfermera la miró con sorpresa.

—Señora Tweedy, no la había visto ahí.

—Estoy segura, Helen. —La mujer miró a Molly—. ¿Y bien, niña ?

Molly la miró.

—¿Una infección grave?

—Si has pasado tanto tiempo tratando a los soldados heridos, seguramente sabrás qué es una infección grave —dijo Tweedy, echándole a Molly una penetrante mirada—. Vamos, vamos, para una enfermera tan experimentada, la respuesta debería ser fácil.

—De acuerdo —comenzó Molly—. Usaría sulfanilamida como desinfectante, o una inyección de penicilina.

Ambas son excelentes para acabar con las bacterias letales que, como sabe, pueden entrar en el torrente sanguíneo y provocar una muerte por septicemia.

Eso ocurría demasiado a menudo. Como la gangrena, por supuesto.

Tuvimos que amputar muchas extremidades.

Era realmente horrible, pero necesario para salvar vidas.

Porque, una vez que la infección se extiende, es muy difícil detenerla. La muerte es a menudo el resultado.

La sonrisa de superioridad que había estado jugando con los labios de Tweedy se desvaneció.

—¿Sabes lo que es la penicilina y la sulfanilamida?

—La señora Cooper me contó que la penicilina fue inventada por Alexander Fleming, y que la sulfanilamida fue descubierta por un investigador del Instituto Pasteur.

Estos medicamentos han salvado una gran cantidad de vidas durante la guerra, como lo ha hecho el plasma.

Es mucho más estable que la sangre real y no se estropea tan rápidamente.

Los heridos pierden una gran cantidad de sangre, obviamente, y el plasma funciona excepcionalmente bien.

Y no podríamos pedir a los hombres heridos que ya han perdido tanta sangre que donen más.

Una excesiva pérdida de sangre puede conducir rápidamente al shock , que, a su vez, puede matar rápidamente.

Nuestro único problema era que nunca conseguíamos suficiente plasma.

El suministro era muy limitado. No sé cómo es la situación aquí.

—También bastante nefasta. ¿Y a los soldados que sufren mucho dolor? —le preguntó Tweedy, despacio—. ¿Cómo te ocuparías de eso?

—Allí usábamos jeringuillas para inyectar dosis estandarizadas de morfina en el torrente sanguíneo.

Esto dejaba a los hombres inconscientes para que pudiéramos atenderlos correctamente sin que se revolvieran y se hicieran a sí mismos un daño todavía peor.

Enganchábamos la jeringuilla en el cuello de la ropa para alertar a todas las demás de que ya habían recibido una dosis, porque la morfina es bastante potente y una sobredosis podría matar fácilmente.

El hospital era bastante caótico a veces, especialmente cuando el barco militar atracaba y todos los heridos comenzaban a llegar a la vez, de modo que todos hacíamos lo que podíamos para evitar errores.

Las enfermeras Helen y Tweedy intercambiaron una mirada de asombro.

—Siento haber dudado de ti —le dijo Tweedy—. Es evidente que ayudaste con los heridos.

—Yo también siento haber dudado de ti, señorita —dijo Helen.

—Supongo que soy bastante joven para este trabajo —reconoció Molly, más para sí misma que para ellas—, pero allí necesitaban mi ayuda, y por eso lo hice. Era lo mínimo que podía hacer, ¿saben? Esos hombres habían sacrificado mucho. —Miró a Tweedy—. Entonces, ¿puedo ayudar aquí?

Tweedy miró de soslayo a su colega.

—Bueno, estas son circunstancias extraordinarias que quizá exigen medidas extraordinarias.

Me trajeron del continente hace seis meses debido a las heridas y a las enfermedades que proliferan en Londres en la actualidad.

Y estamos bastante escasos de personal, que es por lo que buscamos una ayuda extra.

Lo cierto es que los hospitales solo proporcionan a las auxiliares de enfermería cincuenta horas de formación antes de ponerlas a trabajar, y parece que tú tienes mucha más experiencia que eso.

—A menudo trabajé más de cincuenta horas en una sola semana.

—Me temo que no podemos pagar mucho. Son cuatro libras a la semana, pero tenemos una pequeña cantina aquí y te proporcionarán desayuno, almuerzo, merienda y cena. Nada elegante, por supuesto, pero es comida buena y saludable.

—Eso estará bien.

—¿Dónde vives? —le preguntó Tweedy.

Molly estuvo a punto de decir Chelsea, pero se contuvo y respondió:

—No muy lejos de aquí.

—Me temo, debido a tu juventud, que necesitaremos una carta de tus padres autorizándote a trabajar aquí.

Molly no dudó.

—Mi padre se alegrará de hacerlo. Ahora que he vuelto a Londres, me ha animado a usar mi habilidad y conocimiento para ayudar.

—Muy cívico también por su parte —lo alabó Tweedy—. La enfermera Helen te pedirá algunos datos y mañana podrás traer la carta de tu padre. Continuaremos a partir de ahí. ¿Te parece bien, esto…?

—Molly. Molly Wakefield. Me parece muy bien. Gracias.

—No, gracias a ti.