Extraños en el tiempo El inspector willoughby
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El inspector willoughby

EL INSPECTOR WILLOUGHBY

E l trayecto hasta la comisaría de policía en el vehículo oficial fue rápido. Uno de los agentes y el inspector Willoughby llevaron a Lonzo a una pequeña habitación con un dominante calefactor eléctrico que lo hacía sudar, y unas ventanas con barrotes que le daban miedo.

El policía lo hizo sentarse en una dura silla ante una mesa de madera y después se colocó delante de la única puerta. Willoughby se quitó la gabardina, la colgó de un gancho, se quitó el sombrero, se encendió un cigarrillo y le ofreció uno a Lonzo, que lo aceptó.

Willoughby tenía cincuenta años y aspecto duro, caderas anchas y hombros carnosos y brutales.

Sus rasgos se mantuvieron impasibles, pero tenía el aspecto de un hombre que ha visto demasiadas cosas horribles en la vida y eso lo había cambiado, y no para mejor.

No quedaba en él compasión ni empatía ni nada de eso.

Miró a Lonzo como uno miraría a una presa que de repente se ha convertido en otra más valiosa.

Mientras fumaban, Willoughby se aflojó la corbata y abrió una carpeta que había colocado sobre la mesa. La leyó sin prisa y después agarró una fotografía y la dejó delante de Lonzo.

—¿Lo reconoces?

Lonzo miró la fotografía antes de apartar los ojos rápidamente con expresión repugnada.

—No, nunca lo había visto.

—Se llama Eddie Gray. Estoy seguro de que lo conoces, Lonzo. Vosotros dos erais amigos.

—Ese no se parece a Eddie. Llevo tiempo sin verlo, ¿eh, jefe?

—Porque está muerto. Seguramente has visto que tiene la cabeza aplastada, ¿verdad? Y la sangre. —Le acercó la fotografía—. Échale otro vistazo.

Lonzo negó con la cabeza.

—No, no quiero.

Willoughby se inclinó sobre la mesa, le arrancó el cigarrillo de la boca, le agarró la nuca y lo obligó a mirar la foto.

—Mira a tu amigo, Lonzo. Lo que queda de él. Mira al amigo al que dejaste morir.

—¡Yo no sé na de eso! —gritó Lonzo—. Lo juro por la tumba de mi madre.

El inspector lo soltó y se echó hacia atrás.

—Dentro de unos minutos te meteremos en una rueda de identificación, chico.

El conductor del camión te vio con claridad.

Está aquí, y te señalará como uno de los criminales que estuvieron allí esa noche.

Y deja que te recuerde que murió un policía.

Tenía esposa e hijos pequeños. Una esposa que ya no tiene marido y unos niños que han perdido a su padre.

—Señaló a Lonzo con un dedo—. Todo por tu culpa.

Willoughby miró al policía y asintió.

Al instante siguiente, a Lonzo le golpearon la cara contra la madera de la mesa. Después le dieron un cruel puñetazo en la cabeza y se cayó al suelo.

—Cuidado, chico, no vayas a hacerte daño.

Willoughby se encendió otro cigarrillo y exhaló el humo perezosamente mientras un ensangrentado, magullado y claramente aturdido Lonzo sollozaba y se cubría la maltrecha cara con las manos. Uno de sus ojos ya había empezado a hincharse y cerrarse.

El policía lo levantó del suelo y volvió a sentarlo en la silla.

—¿Pueden…? ¿Pueden colgarme por esto? —preguntó Lonzo, en un gemido.

—Podría ser. Murió un policía. Pero si me cuentas quién era el otro chico, bueno… Quizá pueda hacer algo por ti.

—¿Po…? ¿Podría?

—Nada de promesas, si no te importa. Pero si nos cuentas la verdad, entonces podría ayudarte, sí. —Apagó el cigarrillo, regresó a su asiento y se inclinó sobre la mesa, hasta que estuvo a apenas unos centímetros de Lonzo—. ¿Cómo se llama?

—Char… Charlie. Charlie Matters.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Su abuela se murió y tuvo que marcharse de su apartamento en Bethnal Green.

—¿Padres?

—Muertos.

—¿Y no tienes ni idea de dónde está ahora?

Lonzo negó con la cabeza.

—No, jefe. Lo juro.

Willoughby sacó una libreta y una pluma.

—Descríbemelo.

Lonzo lo hizo.

—¿Va a poder…? ¿Va a poder ayudarme?

Willoughby terminó de escribir y levantó la mirada.

—En realidad no me has contado nada útil, Lonzo. Hay un montón de chicos como Charlie en esta ciudad. ¿Va al colegio?

—No.

—¿Tiene otra familia?

Lonzo negó con la cabeza.

—Ni idea.

Willoughby agarró al chico de una mano y le retorció el dedo índice hasta que se lo rompió. Lonzo aulló de dolor.

—No me mientas, chaval, no te gustará.

Le soltó la mano y el chico retrocedió con brusquedad, sosteniéndose el dedo dañado.

—No tiene familia, lo juro —lloró Lonzo—. Su abuela era lo único que tenía, y se murió. La enterraron en Stepney. En la iglesia.

—¿Qué estabais haciendo en esa tienda? ¿Y por qué esa tienda?

Lonzo tragó saliva y miró la mesa. Por el ojo bueno vio que el policía se acercaba de nuevo a él.

—Nos enteramos de que había dinero en la caja registradora.

—¿Cómo os enterasteis de eso?

—No sé.

Willoughby señaló la puerta.

—Cuando salgamos de aquí y te señalen en la rueda de identificación, la siguiente parada para ti será la cárcel. Y te colgarán.

—No vi ese camión hasta que atropelló a Eddie. Lo juro. Yo no quería hacerle daño a nadie.

—A la ley no le importa lo que quisieras, Lonzo. Solo le importa lo que hiciste. Ahora te lo preguntaré una vez más. ¿Por qué esa librería?

Lonzo miró con cautela al policía, que había dado un paso hacia adelante, sosteniendo su porra de madera y golpeándose amenazadoramente la enorme palma con ella.

—Char… Charlie lo sabía. Ya le había robao a ese tipo, pero el muy idiota le devolvió el dinero.

Willoughby frunció el ceño, confuso.

—Espera, ¿estás diciéndome que el tal Charlie Matters devolvió el dinero que había robado? ¿Por qué demonios iba a hacer eso, chico? ¿Te estás burlando de mí? Eso no me gusta.

—Me dijo que ese tipo lo había pasado mal y que necesitaba la pasta. Pero Charlie tenía un libro sin nada escrito. Se lo llevó de esa tienda. Me dijo que iba a venderlo.

—¿Lo hizo? —Ladró Willoughby.

Lonzo no pensaba añadir el robo del diario a su lista de delitos.

—¿Cómo voy a saberlo yo?

—¡Estupideces! —exclamó Willoughby mientras asentía al policía.

La porra propinó un golpe a Lonzo en la nuca como castigo, y una vez más terminó en el suelo. Sangrando por la cabeza, el chico vomitó sobre el linóleo.

—Jesús, chico, contrólate —dijo Willoughby—. ¿Y tú ibas a unirte al ejército? Por Dios, no habrías durado ni diez minutos contra los alemanes. Ahora vuelve a la silla antes de que el agente se vea obligado a «ayudarte».

Willoughby tamborileó la mesa con los dedos y esperó mientras Lonzo se levantaba del suelo y sollozaba en silencio sobre la madera de la mesa.

—Dices que consiguió el libro en la tienda. ¿Lo robó?

—Me dijo que lo compró con los chelines que había robao en la tienda, pero eso era mentira, porque devolvió el dinero.

—Entonces, ¿lo robó? —insistió el inspector.

—No sé. Pero no quería que nos acercáramos a esa tienda. Intentó detenemos. Puede que fuera amigo de ese tío.

Willoughby miró su libreta.

—¿El tal Ignatius Oliver?

Lonzo se frotó la nariz dañada y se rozó la herida de la nuca. Sus dedos terminaron pegajosos por la sangre.

—Ni idea, puede ser. Pero Charlie no quería que le robáramos, eso se lo digo.

Willoughby se echó hacia atrás y pensó en ello.

—De acuerdo, Lonzo Rossi, el extranjero , eso será todo.

Lonzo miró al hombre.

—¿Puedo…? ¿Puedo irme ya, jefe? Yo… Quería alistarme, luchar contra los alemanes, ¿sabe?

El inspector lo miró con incredulidad.

—El único sitio al que vas a ir es a la cárcel.

—Pero ha dicho…

—Un policía ha muerto —lo interrumpió Willoughby—.

Mientras este país está en guerra y necesita a todos los hombres sanos, ya sea con el uniforme de policía o con el de soldado.

Y tú y el tal Charlie Matters lo matasteis.

Si yo tuviera algo que decir en esto, y lo tengo, los dos os haréis viejos en la cárcel.

Y eso si no te cuelgan, que sería mi preferencia.

Lonzo comenzó a lloriquear y Willoughby le indicó al agente con impaciencia que se lo llevara de allí.

Cuando se quedó solo, el inspector solo podía pensar en una cosa: en encontrar a ese chico, Charlie Matters. Y sabía justo dónde empezar a buscar.

Al día siguiente se dirigiría a Covent Garden. Al Bastión de los Libros.