Extraños en el tiempo Por el rey y el país
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Por el rey y el país

POR EL REY Y EL PAÍS

—¿ Q ué edad dices que tienes, chaval?

El rígido hombre con uniforme militar miró a Lonzo, que estaba ante él con su sucia gorra apretada entre sus dedos nerviosos, pero expresión decidida.

Se había aseado con una pastilla de jabón robada y agua de una fuente pública y después había birlado algunas prendas de segunda mano de la parte de atrás de una tienda.

Se había cambiado los desgastados zapatos de cordones por un par que había encontrado después del último bombardeo.

El propietario, al parecer, los había perdido en la explosión; los zapatos estaban un poco chamuscados, pero aun así eran mejores que los que él había tenido antes.

—Dieciocho —contestó Lonzo de inmediato.

—No lo parece —dijo el sargento mayor del Ejército de su Majestad.

Le faltaba el brazo izquierdo por debajo del codo, y en el ojo derecho tenía un parche negro.

Aquellas eran las razones por las que estaba allí sentado reclutando a otros para luchar en una guerra en la que él ya no podía combatir.

Tenía el bigote tan recto como una regla sobre el firme labio superior.

Lonzo se irguió tanto como pudo.

—Pa aparentar mi edad solo me hace falta un poco de comida y un uniforme. Engordaré rápido.

—¿Y tu dirección?

—Dapleton Terrace 13, apartamento 4A, Bethnal Green, jefe.

—Del East End, ¿eh? Sois buenos soldados. Y puedes llamarme señor .

—Llevo ya un tiempo luchando, señor . En las calles, quiero decir —dijo Lonzo con una sonrisa.

—Luchar en una guerra es algo muy diferente, joven.

—Sí, jefe. Digo, señor.

—¿Padres?

—Muertos, señor —contestó Lonzo.

—¿Cómo?

—Mi padre en la guerra. En algún sitio de Francia; al menos, eso creo. Mamá en un bombardeo cerca del muelle. Estaba limpiando. Los jerries la alcanzaron entonces.

—¿Y con quién vives?

—Con mi abuela. Pero no me hace falta que ella esté de acuerdo, porque soy mayor de edad.

—¿Tienes documentos que lo demuestren? ¿Certificado de nacimiento? ¿Carnet de identidad?

—Los perdí en un incendio. —Se limpió la goteante nariz sin mirar al sargento—. Pero tenía una tarjeta B, señor. Mi número era el 262, lo juro.

Eso indicaba que Lonzo había nacido en el segundo trimestre de 1926 y que por tanto tenía dieciocho. La tarjeta B se emitía a aquellos que tenían entre dieciséis y veintiún años.

—¿Nombre completo?

Se irguió y recitó:

—Alonzo Sylvester Rossi. La gente me llama Lonzo.

El bigote se abatió un poco.

—¿Rossi? ¿Eres extranjero?

—Mi padre era de Italia y mi madre tenía algo de sangre española.

—Benito Mussolini y Francisco Franco, entonces.

Lonzo miró al hombre con firmeza.

—Mi madre nació en Stepney, igual que yo. Mi padre llegó aquí cuando era joven. Y se alistó y murió luchando por los ingleses, señor, así que no era extranjero cuando tuvo que elegir bando. Yo no sé na de esos otros tipos que dice.

El sargento se aclaró la garganta.

—Tendrás que pasar un examen físico. Los médicos te mirarán los ojos, los oídos, los pies y el pecho.

—Estoy sano como una rosa.

—¿Sabes leer?

Lonzo no perdió un instante.

—Me enseñaron las monjas.

—¿Las monjas?

—En el colegio.

—¿Eres católico? —El sargento lo dijo como si también pudiera ser un problema.

—A mí to eso me parecen tonterías, señor —dijo Lonzo con indiferencia.

—Rellenaremos el formulario, ¿de acuerdo? Y después puedes tomar asiento allí.

—De acuerdo, señor.

Lonzo, con la ayuda del sargento, hizo el papeleo necesario y el soldado le pidió que esperara.

Mientras revisaba algunos documentos, el hombre miró una lista que le habían proporcionado, junto a una descripción.

La repasó con la mirada y después le echó un vistazo a Lonzo, que parecía haberse quedado dormido en la silla.

El sargento se alejó en silencio e hizo una llamada telefónica desde otra habitación.

Quince minutos después, alguien le dio un golpecito a Lonzo en el hombro para despertarlo.

El chaval miró la tarjeta oficial y el hombre de aspecto severo que la sostenía.

—Inspector Willoughby. Tendrás que venir conmigo, chico.

Lonzo miró a su alrededor frenéticamente, pero dos enormes agentes con sus botones brillantes y sus gorros altos le imposibilitaban la huida.

—Yo no he hecho na.

—Nadie ha dicho lo contrario, hijo —contestó Willoughby—. ¿Verdad?

Con un policía a cada lado, condujeron a Lonzo al exterior mientras el sargento lo observaba un momento antes de romper la solicitud y tirarla a la papelera.

—Siguiente —pidió a un asistente que esperaba en la puerta.