El verdadero inicio de algo
EL VERDADERO INICIO DE ALGO
E staba amaneciendo y Oliver apenas había dormido. Con una bata raída, se movió por la tienda tocando este libro y enderezando aquel. Quitó un poco de polvo de un estante, y una marca de dedos del escaparate con la manga.
Después bajó la mirada y vio agua entrando bajo la puerta. La lluvia había inundado los adoquines, que no desaguaban bien, y buscado un camino hasta su tienda. Corrió al aseo, agarró una toalla vieja y la apretó contra el hueco.
A continuación, bajó el tramo de escaleras, se acercó a la puerta, sacó la llave, abrió el despacho de su esposa y entró.
Algunos escritores preferían trabajar a primera hora de la mañana; otros se inspiraban bien entrada la noche. Y otros, ambiciosos escribas, trabajaban todo el tiempo.
Imogen había preferido la última hora de la tarde o la primera de la noche para trabajar en su novela, cuando el resto de las labores del día habían finalizado y lo ocurrido durante ese tiempo se mezclaba con sus correspondientes pensamientos en un arroyo de inventiva que hacía resonar la prosa, que animaba a los personajes y daba vida a la historia.
Esto no ocurría siempre, le había contado.
De hecho, pocas veces lo hacía, pero eso no anulaba la lógica de su modo de afrontarlo.
Escribir era, a menudo, arduo, le había contado.
Y no importaba durante cuánto tiempo lo hicieras, porque el proceso nunca se volvía más fácil.
Solo se volvía más desconcertante, como si supieras que hay un secreto para hacerlo y a veces estuvieras a punto de descubrirlo, pero justo cuando creías que lo tenías, esa maldita cosa se escabullía a los oscuros escondrijos de tu mente, como los vestigios de un sueño elusivo.
Pero, en esa perplejidad y frustración, le había dicho ella, uno podía a veces ver crecimiento, mejora y un deseo de continuar, que era recompensa más que de sobra.
Aunque había asistido a conferencias en las que importantes escritores afirmaban mantener siempre una confianza perfecta, Imogen había afirmado que «una convicción tan absurda es como un arma cargada contra la propia cabeza, que te pone a apenas una creencia falsa de distancia de no volver a colocar en el papel un pensamiento creíble».
El exceso de confianza en su habilidad como escritor no era algo por lo que Oliver estuviera preocupado.
Se sentó ante el escritorio y miró la página en blanco en la máquina de escribir Crown, su vieja némesis. La presencia de los dos chicos sin duda se había sumado a su ansiedad por escribir algo que mereciera la pena.
Miró el techo, donde esperaba que Molly y Charlie estuvieran descansando bien. Era bastante irónico. Imogen nunca quiso tener hijos, quizá más por inseguridad que por otra cosa. Ella le había confiado que no creía que consiguiera acercarse nunca a los estándares que sus padres le habían fijado.
Oliver había querido ser padre, pero no tanto como que Imogen fuera su esposa. Y ahora tenía un hijo y una hija. Al menos durante un tiempo.
Supongo que es una suerte que no sean pequeños, ya que entonces estaría totalmente desubicado. Pero tampoco es fácil lidiar con gente de su edad. De hecho, son infinitamente más complejos que los pequeños. Hacen que los cifrados más complicados palidezcan en comparación.
Miró fijamente el papel, que empezó a devolverle la mirada con desdén. Desesperado, Oliver se giró hacia las páginas mecanografiadas de la caja metálica y tomó las primeras.
Los primeros capítulos eran fascinantes. La guerra, las penurias y la adversidad, las muertes, la inacabable ansiedad de mirar el cielo cada pocos minutos esperando el chillido de la sirena antiaérea y más tarde el grito de las bombas al caer.
Más adelante, la historia hablaba de familias divididas y perdidas.
De esperanza desaparecida, de supervivencia con unos recursos cada vez menores.
La furia y la insatisfacción crecían, sobre todo entre aquellos que nunca habían sentido que el gobierno pudiera hacer algo por ellos que mereciera la pena, ni siquiera en época de paz.
Si el estado no podía ayudar a sus ciudadanos cuando más lo necesitaban, ¿para qué servía?
Ese era un argumento claro y por tanto poderoso, y era un tema importante en la novela sin terminar.
Imogen había abordado ese asunto con profundidad y sensibilidad, y finalmente rechazaba la idea de que la anarquía o una dictadura fuera mejor que un gobierno formado por la voluntad del pueblo.
Ambos habían oído hablar de ello en las tiendas, en los bares, en la iglesia y en un millar de lugares más en los que uno podía escuchar lo que la gente tenía en la cabeza.
Había más de uno que admiraba a regañadientes la brutal eficacia de la maquinaria de guerra alemana, la ventaja superficial de tener un hombre fuerte dirigiéndolo todo en lugar de la ingobernable marea de compromiso que exigía una democracia.
Pero, para Oliver, como incluso un observador casual de la historia podía decir con total confianza, tales estructuras de gobierno basadas en un único hombre fuerte nunca terminaban bien para nadie, ni siquiera para ese hombre.
«Los humanos son dioses mediocres. No estamos a la altura, sencillamente».
Imogen había escrito eso para comenzar el capítulo ocho. Era uno de sus epigramas favoritos.
Pero después sus vidas se habían transformado de un modo que Oliver nunca habría imaginado. Y quizá fue esa la razón por la que Imogen nunca terminó su libro. Sí, esa fue sin duda la razón por la que no lo hizo. Y también fue la razón por la que murió.
Dejó las páginas sobre la caja metálica y se echó hacia atrás en la desgastada, vieja e incómoda silla.
Aquello era intencionado. A Imogen no le gustaba estar cómoda mientras escribía.
Quería sentir la punzada del dolor mientras narraba, para de ese modo poder transferir con autenticidad esa emoción a la historia.
El dolor era un lazo universal; todo el mundo lo sentía en algún momento de su vida, física, mental o emocionalmente.
Nadie, rico o pobre, joven o viejo, estaba a salvo de sus garras.
No obstante, el dolor que le provocaba la implacable silla en la espalda no instigaba grandes ideas en Oliver.
Ni siquiera buscó las teclas de la máquina de escribir. Se sentía inadecuado y abrumado.
Distraído y consternado, levantó la mirada para ver a Molly y a Charlie observándolo desde la puerta con los rostros hinchados tras un sueño perturbado.
Se levantó con torpeza mientras los chavales entraban en el antiguo santuario de Imogen.
Mirando a su alrededor antes de posar su mirada en la máquina de escribir Crown y en el montón de páginas, Molly dijo:
—¿Es escritor?
Oliver rodeó el escritorio y se sentó en el borde, ocultando de la vista de ambos chicos la máquina y las páginas. Por varias razones, se sentía profundamente invadido, como si acabara de exponer abruptamente un secreto que había guardado durante mucho tiempo.
—Lo era mi esposa. Muy buena, en realidad.
—¿Tiene aquí alguno de sus libros? Me encantaría leerlos.
—Estaba escribiendo su primera novela cuando murió.
—Oh —dijo Molly.
—No esperaba que os levantarais tan temprano —dijo Oliver.
—Nos ha despertao la lluvia —le contó Charlie.
—¿En serio? Yo encuentro su sonido bastante relajante —dijo Oliver, aunque él estaba, por supuesto, totalmente despierto.
—Es que el agua me estaba cayendo en la cabeza —le explicó Charlie.
Molly y él compartían el pequeño dormitorio de invitados, que tenía dos camas individuales.
—Ah, sí. Llevo años pensando en arreglar esa gotera.
—Esta habitación es muy bonita —dijo Molly tímidamente, como si notara que había perturbado su valiosa intimidad. Pero después miró la máquina de escribir y su expresión cambió. Se inclinó hacia adelante.
—Sí, me gusta venir aquí. Normalmente no tan temprano, pero…
—¿Está…? ¿Está intentando terminar el libro de su esposa?
Molly se acercó todavía más al escritorio, vio que era efectivamente una máquina de escribir con una página en blanco y se relajó.
—¿Qué…? Bueno, no —mintió. Con mucha más franqueza, añadió—: No tengo ni el talento ni la disciplina necesaria para hacerlo.
Me siento mucho más cómodo con los números.
Los números son lo que son, y siempre se comportan del mismo modo.
Prefiero esa coherencia. No me gusta nada la impredecibilidad.
Aun así, parece que ya no hay otra cosa, y por eso el mundo me parece ahora tan desconcertante.
Se detuvo abruptamente, como si lo avergonzara haber revelado tanto de su naturaleza personal.
—¿Podría leer lo que ella escribió? —le preguntó Molly.
Él puso una protectora mano sobre las páginas.
—Eso no sería justo con Imogen. Quiero decir, su historia está sin terminar.
Los condujo fuera de la habitación, cerró la puerta y la aseguró con llave.
—Bueno, ¿os apetece desayunar? Tengo dos huevos, una tira de panceta y una loncha de jamón, y un poco de pan y margarina y Golden Shred.
Tendré que ir hoy a las tiendas con mi cartilla de racionamiento a por más provisiones.
Mientras coméis, le echaré un vistazo a ese techo.
Creo que un paño o dos bien colocados serán suficientes. O quizá podríamos mover la cama.
Se marchó a la pequeña cocina para preparar la comida.
—No estoy segura de que esté siendo sincero —dijo Molly—, pero eso era una máquina de escribir.
—Eso no significa que no esté haciendo algo… malo.
—No me parece de esos. Y dijo que trabajaba para el gobierno. Sabe lo de la Ley de Secretos.
—No lo entiendo —admitió Charlie.
—¿Crees que deberíamos ir a la policía? No quiero creer que el señor Oliver esté… haciendo algo ilegal. Pero como ciudadanos británicos tenemos una responsabilidad.
Cuando ella mencionó la palabra «policía», Charlie miró la puerta involuntariamente. La toalla estaba ya totalmente empapada.
Molly siguió su mirada.
—Me gustaría que me contaras qué te preocupa.
Él le echó un vistazo, ruborizado.
—Ahora mismo me preocupa to. No tenemos padres. No tenemos na.
—Pero estamos aquí.
Él señaló la puerta.
—Ahí enfrente hay una señora, la que lleva esa tienda de té. Pronto se enterará de que estamos viviendo aquí, y entonces, ¿qué crees qué hará?
—¿Qué?
—Llamará a la poli. Ella sabe que el señor Oliver no tiene hijos. Nos meterán en un orfanato.
—Eso no lo sabes.
—¡Y una mierda no lo sé!
—Bueno, quizá un orfanato no sería tan malo —replicó ella.
—Lo es. Tengo colegas que han estao ahí.
—¿Qué colegas?
—Eso da igual. Colegas y punto.
Y ahora uno de ellos está muerto , pensó Charlie. Y no tenía ni idea de dónde habría terminado Lonzo. Quizá se había unido al ejército, como le había sugerido la última vez que se vieron.
Charlie no sabía que Lonzo intentaría hacerlo, y que eso saldría muy, muy mal. Tanto para Lonzo como para él.