Extraños en el tiempo Desaparecido en igual medida
54%

Desaparecido en igual medida

DESAPARECIDO EN IGUAL MEDIDA

L os bomberos y los miembros de la división de rescate de Defensa Civil consiguieron por fin sacar el cuerpo de la señora Pride de entre los escombros de lo que había sido la majestuosa mansión Wakefield.

Oliver, Molly y Charlie esperaron, aturdidos, mientras metían el cadáver de la mujer en una ambulancia y se lo llevaban.

Más tarde se determinaría que casi un centenar de personas habían muerto durante aquel ataque, que quinientos más habían resultado heridos y que más de un centenar de casas y edificios habían sido destruidos, muchos de ellos en las zonas ricas de Chelsea, Knightsbridge y Mayfair.

—Pero ella no estaba aquí cuando nos marchamos… —dijo Molly, todavía conmocionada por la pérdida de su niñera, de su hogar y de todas sus posesiones en cuestión de unas horas.

—Podría haber salido y después vuelto por alguna razón —sugirió Oliver—. Y entonces decidió refugiarse aquí. Es una pena.

El librero levantó la mirada para observar la calle. Todas las estructuras a la vista estaban prácticamente intactas, con excepción de la casa de Molly y la contigua a esta. Él sabía bien que nunca había ninguna razón sobre por qué se atacaba un lugar y no otro.

Mientras estaban allí, se acercó otro policía.

—¿Tú vivías aquí, muchacha? —le preguntó.

—¿Qué? —tartamudeó ella.

—¿Vivías aquí con la mujer muerta? Aquella señora de allí nos ha dicho eso. Dice que la señora Pride era tu niñera.

—Así es.

—Entonces, ¿dónde están tus padres?

Molly se detuvo solo un instante.

—No… No estaban en casa. Esperábamos su regreso mañana.

—De acuerdo. ¿Tienes algún sitio donde quedarte hasta que regresen?

Oliver dio un paso adelante.

—Puede quedarse con… con mi esposa y conmigo. Somos amigos de la familia. Estábamos visitando a Molly mientras sus padres estaban fuera. Fuimos al metro cuando sonaron las sirenas.

El agente miró a Charlie.

—¿Y tú, chaval?

—Es mi hijo —respondió Oliver de inmediato.

—De acuerdo. Bueno, que tengan buena suerte.

Se apresuró de nuevo al lugar donde antes había estado la casa de Molly.

—¿A dónde iremos ahora Charlie y yo? ¿A un orfanato? —preguntó Molly. Miró a Charlie, que la observó sin expresión.

—Creo que podemos dejar esa discusión para otro momento —dijo Oliver.

—La señora Pride debería tener un entierro adecuado, pero no sé cómo hacerlo. El poco dinero que teníamos estaba dentro de la casa.

—¿Tiene familia? —le preguntó Oliver.

Molly negó con la cabeza, despacio.

—Ninguna, que yo sepa. Su marido murió antes de que viniera a trabajar con nosotros. Nunca mencionó que tuviera hijos.

—¿Hermanos, quizá?

—No lo sé. Parece absurdo por mi parte, pero nunca hablamos de nada de eso —añadió, sintiéndose culpable.

—Bueno, vayamos a la librería, y después pensaremos qué hacer. Ya se nos ocurrirá algo.

Caminaron a través del humo y de la destrucción del bombardeo nocturno, junto a los escombros recientes y los cuerpos debajo de sábanas ensangrentadas y los heridos que estaban siendo transportados en vehículos, y despacio se dirigieron a Covent Garden y al Bastión de los Libros.

Oliver abrió la puerta y los invitó a pasar.

—Tengo una habitación libre que podéis usar Charlie y tú. Imogen guardaba cosas de su juventud que todavía tengo y que podrían venirte bien, Molly. Y a principios de la guerra vivió con nosotros el hijo de un primo que tenía más o menos tu talla, Charlie. Dejó aquí algunas prendas de ropa.

Para Molly y Charlie era evidente que Oliver intentaba mantenerse optimista frente al extremo desafío.

—Tengo comida… este… suficiente —añadió con debilidad—. Y un buen montón de té.

Molly contuvo el aliento.

—Mi cartilla de racionamiento. Estaba en la casa.

—La mía la tenía mi abuela —dijo Charlie—. A estas alturas ya estará más que perdida.

—Solo cuesta un chelín reemplazar una cartilla de racionamiento perdida —dijo Oliver—.

No obstante, eso podría ser… difícil, ya que ambos tendríais que presentaros en persona para reclamar la nueva.

Y habría preguntas problemáticas. Oh, antes de que se me olvide, deberíamos hablar de vuestra educación.

—Yo ya tengo la edad, he terminao —dijo Charlie de inmediato.

—Yo también, pero espero hacer el examen el año que viene, cuando cumpla dieciséis —añadió Molly.

—De acuerdo —dijo un aliviado Oliver. Se marchó para preparar té mientras Charlie miraba fijamente la puerta reparada. Molly lo vio.

—Charlie, ¿pasa algo malo?

Él se giró hacia ella con expresión furiosa.

—¿Pasa algo bueno? A mí me parece que to es malo, pa los dos. ¿No te coscas? Somos huérfanos. Al menos yo lo soy, y a ti no te queda mucho pa serlo. Nos meterán en algún sitio con un montón de críos por los que nadie se preocupa.

—No es así como funciona, Charlie.

—Es así como funciona —replicó Charlie, con una mueca—. Tengo amigos. Sé lo que le pasa a… a la gente así. —Miró la puerta de nuevo, y su rostro se sumió en la melancolía.

Oliver regresó con las tazas de té y algunas galletas en una bandeja.

Se bebieron el té y Charlie se comió dos galletas; Molly solo una. La masticó con expresión ausente, recorriendo con la mirada perdida las estanterías de libros.

Oliver los miró por tumos sobre el borde de su taza. El peso de lo que había decidido hacer era visible en sus hombros delgados, contraídos en lo que quizá era una versión reducida de sí mismo. Se giró para mirar la caja registradora, como si calculara cuánto dinero había en ella.

No lo suficiente , parecía decir su expresión seria.

Un viudo sin hijos ahora tenía dos, violando la ley.

A los niños huérfanos los enviaban a los orfanatos.

Él lo sabía mejor que la mayoría. Su hermano y él habían ido a un orfanato cuando sus padres murieron en un accidente de ferrocarril cerca de Doncaster.

—De verdad, no puedo creerme que la señora Pride haya muerto —dijo Molly—. En realidad, además de mi madre, ella era mi única compañía. Mi padre siempre estaba muy ocupado.

—Estoy seguro de que él te quiere mucho, Molly —dijo Oliver.

—Pero se marchó sin decirme una palabra. Ni un telegrama, ni una carta. Es… Es inexcusable. Y mi pobre madre está en un sanatorio. No tengo casa. No tengo nada, solo la ropa que llevo puesta, literalmente.

Se detuvo y miró a Charlie, que estaba observándola con atención mientras se terminaba la última galleta.

—Lo siento, Charlie. Sé que tú has tenido que sobrevivir con mucho menos de lo que yo tengo.

—Esta noche has perdido tu casa. Y a tu niñera. Tienes razones pa estar enfadada. Yo me cabreé un montón cuando se murió la abuela. Todavía estoy cabreado —añadió con brusquedad.

Ella se tomó su tiempo para terminarse el té.

—Si al menos tuviera una idea sobre dónde está mi padre… —Molly miró a Oliver—. Antes de que las sirenas comenzaran a sonar, nos estaba hablando de mi padre y de los hombres del cementerio. Pero eso no tiene nada que ver conmigo, ¿verdad?

—No, no directamente.

—Tiene que ver con mi padre, eso es lo que quiere decir. Ha mencionado la Ley de Secretos. Si no trabajaba para el Ministerio de Alimentación, ¿dónde trabajaba mi padre?

Oliver soltó su taza de té, despacio, y se frotó el muslo; una de las quemaduras que había sufrido antes había comenzado a dolerle.

—La persona con la que hablé me dijo que creía que tu padre también había firmado la Ley de Secretos Oficiales.

—¿Y por qué habría hecho eso?

—Hay muchas razones. Que estuviera involucrado en el esfuerzo bélico y trabajara con información confidencial podría ser una de ellas.

—¿Podría ser…? No sé, ¿un espía que trabajara contra los alemanes? —Miró abruptamente a Charlie, que observaba a Oliver con atención—. Sé que antes de la guerra viajaba al continente a menudo, pero nunca me contó para qué.

—Es posible, Molly —dijo Oliver con incertidumbre.

—Entonces, ¿lo habrán hecho prisionero los alemanes? ¿Lo habrán…? ¿Lo habrán matado?

—No tengo ni idea, de verdad —dijo Oliver—. Lo siento.

Ella insistió.

—Pero ¿podría descubrir más, teniendo en cuenta a lo que solía dedicarse? ¿Y los hombres que me vigilan? Puede que ellos sepan algo.

Oliver la miró con inquietud.

—Puedo… Puedo intentarlo.

—Se lo agradecería mucho, muchas gracias.

El librero se aclaró la garganta.

—He investigado el Instituto Benéfico. Está en la costa, cerca de Falmouth, en Cornwall.

—¿Hay un modo de llegar allí? —preguntó Molly con ansiedad.

—No hay servicio de autobuses ahora mismo.

El GWR tiene servicio de ferrocarril hasta Falmouth, pero debido a las restricciones por la guerra, tarda unas diez horas y los trenes no pasan con regularidad.

El ejército tiene prioridad, como es lógico.

Y los alemanes bombardean rutinariamente las vías del tren, así que eso también es un impedimento.

—Pero ¿aun así podría hacer el viaje? Necesito ver a mi madre. Y puede que ella sepa dónde está mi padre.

—También está la cuestión del precio de los billetes —dijo Oliver despacio, mirando de nuevo la caja registradora—. Y necesitarás comida y ropa, y dinero para alojamiento y otras cosas básicas.

—Puedo ganar dinero —replicó ella—. Puedo… Puedo trabajar en su tienda.

—Sí, podrías. Aunque a veces pasan varios días sin que entre un solo cliente.

—Bueno, podría ordenar este sitio.

—Por supuesto. Claro, puedes.

Miró a Charlie, que estaba observando con atención la expresión nerviosa en el rostro de Oliver. A diferencia de Molly, que estaba concentrada en encontrar un modo de llegar hasta su madre, él podía notar los reparos del hombre a la idea de pagar un sueldo por «ordenar».

—Y Charlie también podría trabajar aquí —dijo Molly, animada.

—A cambio de alojamiento y comida —dijo Charlie—. Pero también trabajaré en algún otro sitio para conseguir dinero.

Molly parecía confusa por esto.

—Charlie, no es necesario —le dijo Oliver—. Estoy seguro de que conseguiré encontrar un modo de pagaros a ambos.

Charlie negó con la cabeza.

—Solo debería pagarnos, señor Oliver, si necesita que trabajemos pa usted.

De lo contrario es solo caridad, y a la abuela nunca le gustó eso de aceptar limosna y me enseñó a mí a hacer lo mismo.

Y solo tiene una cartilla de racionamiento pa los tres.

La abuela tenía las dos nuestras, y aun así no había comida suficiente.

Molly parecía decaída.

—Yo también puedo encontrar trabajo en otra parte, estoy segura.

—Pero sois solo unos niños —protestó Oliver.

—Ya no soy una niña, señor Oliver —dijo Molly con energía—. Y hay un boticario en esta misma calle. Yo hacía muchas preparaciones médicas en el hospital de Leiston. Puedo preguntar si necesitan una ayudante.

—Seguramente habrá requisitos de edad, Molly —señaló Oliver.

Ella alzó la voz, trémula.

—Esta noche le he salvado la vida a un hombre, por el amor de Dios. Y preguntar es gratis, ¿no?

—Por supuesto que sí —accedió Oliver—. Pero, por ahora, creo que necesitáis una buena noche de descanso, después de todas las emociones que habéis vivido. Veremos las cosas de otro modo por la mañana.

Ni Molly ni Charlie parecían pensar que eso fuera remotamente posible.

Y en realidad tampoco lo creía Ignatius Oliver.