Todos al suelo
TODOS AL SUELO
M ientras se unían a los ríos de personas en movimiento, Molly levantó la mirada para ver si los aviones alemanes venían de verdad. Aquella era una experiencia totalmente nueva para ella, y la ansiedad que sentía se hacía eco de esa realidad.
Oliver la descubrió mirando y le dijo:
—Todavía no están aquí, Molly. Sonará otra sirena, y entonces tendremos unos diez minutos antes de que, bueno…
Pasaron junto a un refugio callejero demolido que había sido instalado a principios de la guerra.
Estaba diseñado para albergar a cincuenta personas, protegiéndolas de los «fragmentos de bomba».
No obstante, tenían un grave error de diseño: la explosión de una bomba podía succionar las paredes, dejando que el techo de cemento de veintidós centímetros de grosor cayera sobre los desafortunados ocupantes.
Oliver se había topado con una de estas desgracias durante su trabajo como vigilante antiaéreo y ver el resultado le había provocado náuseas a él y a sus compañeros.
Diez minutos después, bajaron rápidamente las escaleras de la estación de metro junto con muchas otras personas de aspecto preocupado.
Oliver se identificó como vigilante antiaéreo ante otro agente de uniforme que estaba de guardia y ambos ayudaron a la gente a entrar e instalarse antes de asegurar la entrada del túnel.
Cuando terminó con esto, Oliver se acomodó junto a Charlie y Molly en el andén de la estación y esperó.
—¿Cree que de verdad van a venir? —le preguntó Charlie.
—Mientras esté nublado y lloviendo, el viento estará en calma, así que hay una posibilidad. Y los vigilantes civiles se han vuelto muy buenos en su trabajo; debido a la práctica, por desgracia. —Le echó a Molly una mirada tranquilizadora—. No nos pasará nada. Esta estación es bastante profunda.
Después de que se activara la segunda sirena de advertencia, pasaron unos tensos minutos. A continuación, oyeron el zumbido de los motores de los aviones, tantos que todos levantaron la mirada con sorpresa.
El metro estaba tan inquietantemente silencioso que oyeron que un hombre murmuraba:
—Vamos, bastardos, tirádnoslas y terminad ya.
Oliver rodeó a los niños con los brazos, uniéndolos y agachándolos y cerniéndose sobre ellos, como si su cuerpo delgado pudiera protegerlos de lo que se avecinaba.
El sonido de los motores de los aviones sonaba cada vez más cerca, y las armas antiaéreas comenzaron a disparar. Cada ráfaga de las armas provocó una sacudida en el cuerpo de Molly. Y después llegó el quejido de las bombas al caer, más estridentes a medida que se acercaban a la tierra.
Cuando cayeron los primeros proyectiles, las explosiones parecieron permear el techo de la estación, como si un terremoto estuviera atravesando Londres.
Oliver se encorvó más sobre los niños y gruñó de dolor cuando un trozo de azulejo del techo le golpeó el hombro.
Otra bomba cayó cerca, y el suelo se movió violentamente con el impacto.
Más abajo, en la línea del metro, oyeron gritos y lo que sonó como un muro al derrumbarse.
Una densa capa de polvo y humo atravesó el túnel, atragantándolos.
Molly apretaba con fuerza la mano de Charlie. Nunca había estado tan asustada, en toda su vida. Se preguntó cómo habían soportado algo así Charlie y el señor Oliver casi todas las noches durante los meses del Blitz.
Consiguió cruzar la mirada con Charlie. Molly sabía que estaba asustado. Aun así, el muchacho sonrió con valentía.
—No pasa na, Molly. Los jerries casi nunca tienen buena puntería.
Ella asintió y consiguió devolverle una sonrisa débil, pero lo cierto era que sentía náuseas y que casi podía oír los latidos de su propio corazón.
Mientras las bombas caían, las explosiones se entremezclaron con las sirenas, los gritos y los sonidos del pánico de arriba.
En el interior de la estación de metro, los bebés lloraban y los niños sollozaban, así como algunos de los adultos.
Pasaron casi dos horas enteras con explosiones casi continuas que los perturbaron profundamente.
Molly creyó que nada en el infierno podría igualar nunca aquella experiencia.
Y después los quejidos e impactos y explosiones se ralentizaron, antes de cesar abruptamente.
Todos se quedaron paralizados, al parecer sin poder creerse que aquello hubiera terminado y siguieran vivos.
Tras diez minutos de silencio, Oliver se irguió lentamente y soltó a Molly y a Charlie. Se frotó el hombro herido, donde lo había golpeado el azulejo.
—De acuerdo, pronto oiremos la señal de despejado —dijo—. Pero debemos esperar hasta entonces. Podrían lanzar una segunda oleada.
Molly lo miró con expresión aturdida.
—¿Una… segunda oleada?
—Puede que esta noche no —le dijo, con tono tranquilizador.
Por fortuna, dos minutos después sonó la sirena de despejado. Algunos empezaron a dirigirse hacia las salidas, mientras otros se acomodaban para pasar la noche bajo tierra por si la Luftwaffe regresaba para intentar matarlos.
Cuando llegaron a la superficie, olieron humo y oyeron gritos y sirenas y una explosión o dos, probablemente cuando las tuberías de gas rotas se prendieron.
Las llamas se elevaron hacia el cielo, convirtiendo la noche casi en el día y calentando tanto el aire que podían notar el intenso calor en la piel y el humo en sus pulmones.
Observaron a los bomberos que luchaban contra numerosos fuegos con fuertes chorros de agua y a la gente que pasaba junto a ellos en todas direcciones.
—Parece que nos han hecho bastante daño —dijo Oliver, afligido.
—¡Ayuda! ¡Por favor! —gritó alguien cerca.
Corrieron hacia el sonido y encontraron a un hombre tirado entre algunos escombros recalentados y humeantes. Estaba sangrando, y tenía el rostro ceniciento.
—Chicos, id a pedir ayuda mientras yo lo examino —dijo Oliver mientras se arrodillaba junto al hombre herido—. En la instrucción nos enseñaron a practicar primeros auxilios.
En lugar de obedecer, Molly pasó junto a él y examinó al hombre. Se sostenía el brazo, y la sangre estaba empapando la manga rasgada de su camisa. Le miró la herida y la ominosa hemorragia.
—Señor Oliver, ¿tiene una linterna?
El librero la sacó y alumbró allí donde ella le indicó, en el brazo del herido.
La chica le dijo al hombre que contara hasta diez y que aquello le dolería un poco, pero que tenía que hacerlo. Miró a Oliver y a Charlie y dijo en voz baja:
—Si podéis sujetarlo…
Lo hicieron mientras ella agarraba la linterna e insertaba el dedo enguantado en el interior de la herida. El hombre gritó, y se habría revuelto si Charlie y Oliver no lo hubieran sujetado con fuerza.
—De acuerdo —dijo Molly—. He terminado. Podéis soltarlo.
—¿Qué le has hecho? —susurró Oliver.
—He conseguido volver a alinear un vaso sanguíneo desgarrado. No detendrá del todo la hemorragia, pero la aminorará considerablemente. De no haberlo hecho, dudo que hubiera sobrevivido. Ahora tengo que contener la pérdida de sangre.
Se quitó el sombrero, rasgó la cinta que lo rodeaba y miró a Oliver.
—Necesito que le sostenga el brazo con mucha fuerza mientras se lo rodeo con esto. —Se giró hacia el hombre herido y le dijo con firmeza—: Debe quedarse muy quieto. ¿Lo comprende? Esto no le dolerá como antes, pero es necesario. ¿De acuerdo?
Él asintió, con angustia en sus pálidos rasgos.
Oliver sostuvo el brazo por donde Molly le dijo que lo hiciera y ella eligió con mucho cuidado el lugar antes de rodearlo despacio con la cinta y de atarla para formar un torniquete. Después comprobó la hemorragia y se sintió aliviada al ver que había disminuido drásticamente.
—Se pondrá bien, pero tiene que estarse muy quieto —le dijo al herido—. Charlie, corre a pedir ayuda. Tiene que llegar al hospital de inmediato.
Charlie se marchó corriendo y regresó un minuto después con un policía.
Molly le dijo lo que necesitaba y el hombre se apresuró a soplar un silbato.
En su ausencia, Molly comprobó el torniquete y le limpió al hombre el sudor y la sangre del rostro.
También usó un pañuelo limpio de su bolsillo para taponar la herida.
—Cierre los ojos y respire despacio y tranquilamente —le aconsejó—. Eso ralentizará los latidos de su corazón y disminuirá la pérdida de sangre. La ayuda llegará pronto.
—¿Dónde has aprendido a hacer todo eso? —le preguntó un sorprendido Oliver.
—En el hospital de Leiston.
El policía regresó con una ambulancia y dos médicos. Molly les dio su diagnóstico y les dijo que el herido tenía que mantenerse inmóvil y con el torniquete colocado.
Sin que el hombre lo oyera, añadió:
—Antes de transportarlo, tendrán que inmovilizarle el brazo herido contra el cuerpo.
He reubicado la arteria lo mejor que he podido, pero sigue dañada.
Y he tenido que apretarle mucho el torniquete debido al volumen de la hemorragia.
Recuerden que deben decirle al cirujano que se trata de la arteria braquial.
Cuando llegue al hospital, necesitará cirugía inmediata.
No se puede mantener un torniquete tan tenso indefinidamente o la falta de riego sanguíneo dañará permanentemente la extremidad, y habría que amputar. Bueno, ¿tienen morfina?
Uno de los miembros del servicio de emergencia, que había estado escuchándola con creciente incredulidad, le dijo:
—Sí, pero…
Ella lo interrumpió.
—Entonces déjenme que se la inyecte. Eso lo sedará para el viaje al hospital y también para la cirugía.
—¿Que te demos morfina? ¡Eres solo una niña! —le espetó el hombre.
Oliver dio un paso adelante.
—Bueno, yo soy médico y mi hija solo está repitiendo lo que he dicho antes de que llegarais. —Miró a Molly, con expresión avergonzada—. Ella quiere ser… esto… enfermera cuando sea mayor.
El paramédico parecía mucho más tranquilo.
—Ah, de acuerdo. Entonces, ¿quiere ponerle la inyección de morfina, doctor?
Oliver palideció por completo.
—No, podéis hacerlo vosotros.
Cuando se llevaron al hombre herido, Charlie dijo:
—Eso ha sido increíble, Molly.
—Siento lo que ha pasado, Molly —dijo Oliver—. Aunque haya tenido que hacerme pasar por médico, has sido tú la que le ha salvado la vida a ese hombre. Llevo material de primeros auxilios cuando patrullo y sé poner puntos y vendar, pero nada parecido a lo que tú acabas de hacer.
—Solo espero que se recupere. Intentaba sonar segura delante de él, pero la herida era bastante grave.
Caminaron de vuelta a casa de Molly.
No obstante, descubrieron que ya no existía.