Revelaciones
REVELACIONES
C uando volvió a la casa de Molly, Charlie le contó todo lo que había descubierto.
Parecía mortificado.
—Eso ha sido muy peligroso, Charlie. ¿Y si ese hombre hubiera regresado?
—Lo sé, señorita, pero pensaba que ese tipo intentaba hacerle daño al señor Oliver, o que quería obligarlo a hacer algo que no quería hacer. Pero ahora… No sé qué está pasando.
Molly parecía pensativa.
—Una máquina de escribir de aspecto extraño. ¿Y habían cortado el interior de un libro? ¡Ese podría ser un sitio para esconder algo! —exclamó de repente.
—Eso pensé yo también.
—¿Qué libro dices que era?
—De un tipo llamado George no sé qué. George Sand, eso era. Y era del Bastión de los Libros. El nombre estaba allí.
—¿Y el documento que viste estaba en alemán?
—Eso creo, sí. Y el señor Oliver tiene esa cosa, el no sé qué de Alberto… el plato , o algo así. La cuestión es que dice que es para enviar mensajes secretos .
Molly parecía preocupada por todas estas revelaciones.
—No sé qué hacer, Charlie. No tenemos pruebas de nada.
—Podríamos llamar a un madero pa que viera esa máquina rara. Esa podría ser la prueba.
—Supongo —dijo Molly con vacilación—. Pero tendrías que reunirte con la policía y contarles lo que viste, y entonces te preguntarían qué estabas haciendo en la habitación de ese hombre. Y quizá te harían otras preguntas.
Charlie palideció tan pronto como ella afirmó que seguramente tendría que hablar con la policía.
—Entonces… Creo que mejor esperamos un poco —dijo.
—Podría haber una explicación totalmente inocente para todo esto —dijo Molly despacio, aunque no parecía creer sus propias palabras.
—Ya —dijo Charlie, ausente. Estaba distraído imaginándose conducido al patíbulo.
Aquella noche estaban acurrucados en el despacho escuchando un programa de radio cuando la puerta se abrió y la señora Pride asomó la cabeza.
—Molly, hay un caballero en la puerta que pregunta por ti.
Molly parecía sorprendida.
—¿Disculpe? ¿Un caballero?
La señora Pride le entregó una tarjeta.
—Me ha dado esto. No me gusta que entren desconocidos en casa. Tus padres seguramente no lo aprobarían. —Miró fijamente a Charlie, como para poner un punto de exclamación a su opinión.
Molly miró la tarjeta.
—Oh, es el señor Oliver.
—¿Le digo que estás ocupada? Parece un tipo extraño.
—No, puedes hacerlo pasar. Conozco al señor Oliver. Es… un amigo.
—¿Estás segura? —le preguntó la señora Pride con una mueca.
—Totalmente, gracias.
Oyeron sus pasos reacios dirigiéndose al vestíbulo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Charlie, en pánico—. Sobre lo que sabemos.
—Mantendremos la calma y actuaremos con… normalidad —contestó Molly, pensando que no parecía ninguna de las dos cosas.
Unos minutos después, Oliver apareció en la puerta y la cerró a su espalda, con el sombrero en una mano y su chubasquero brillante por la lluvia.
—Gracias por recibirme.
Molly, apenas sin mirarlo porque estaba demasiado nerviosa, le dijo:
—Pues claro. Pero no sabía que usted sabía dónde vivía.
—Estabas en la guía telefónica, o al menos lo está tu padre.
—Imagino que habría muchos Wakefield —dijo con recelo.
—Vi su nombre, Christian, en la carta del Instituto Benéfico.
—Oh, claro.
—Y mencionaste que trabajaba en el Ministerio de Alimentación. Tengo un amigo allí.
Ahora que Oliver lo había mencionado, quizá él podría preguntarle a ese amigo qué había pasado con su padre, pensó Molly.
—Espero que no haya caminado hasta allí con este tiempo.
—Un rato bajo la lluvia es vigorizante, en realidad. —El librero miró a Charlie—. Fue una misa muy bonita.
Charlie y Molly se quedaron boquiabiertos.
—¿Qué misa? —dijo Charlie.
—La del funeral de tu abuela.
—¿Estuvo en el entierro de la abuela?
—Me quedé detrás de los árboles. No se me habría ocurrido inmiscuirme en un momento privado, pero quería ir y presentar mis respetos.
—Pero ¿cómo supo que había fallecido? —le preguntó Molly.
—Fui a ver a Charlie a su apartamento. Un vecino me contó lo que había pasado. Pero no sabía que ahora estaba viviendo contigo.
Molly asintió.
—Entonces, ¿ha venido a verme a mí? Ya que no sabía que Charlie estaba aquí.
Oliver estaba junto al fuego, calentándose las manos. Cuando se giró hacia ellos, su rostro estaba claramente preocupado.
—Sí, Molly. Verás, yo trabajé brevemente para el gobierno.
Charlie y ella intercambiaron una mirada.
—¿En serio? ¿Qué hacía allí?
—Me temo que hay cosas que no puedo contaros. Hay una ley, ¿sabéis? La Ley de Secretos Oficiales.
Molly y Charlie intercambiaron otra mirada de sorpresa antes de volver a posar sus miradas en Oliver.
—Sí, sé que no lo parezco, pero supongo que esa era la cuestión. —Le echó una mirada de preocupación—. Cuando estuve en el cementerio, vi a dos hombres vigilándote, Molly. Así que tenías razón en eso.
Molly miró a Charlie de soslayo.
—¿Sabe quiénes eran?
—Si tuviera que especular, diría que son del gobierno. Personal de Seguridad Nacional. ¿Has oído hablar del MI5, también conocido como el Servicio de Seguridad?
Ambos negaron con la cabeza.
—Su existencia no es un secreto. Su trabajo es, básicamente, proteger Inglaterra de sus enemigos, espías y cosas así.
—Entonces, ¿usted formó parte del MI5? —le preguntó Molly.
—En realidad no puedo decirlo.
—Pero ¿por qué me siguen esos hombres? Yo no he hecho nada.
—Cuando hablé con mi amigo del Ministerio de Alimentación, me contó algo interesante.
—¿Sabe él qué ha pasado con mi padre? —le preguntó con ansiedad.
—¿Qué ha pasado con tu padre? —replicó Oliver—. Me dijiste que solo estaba trabajando muchas horas.
—Uhm… Bueno, eso no era totalmente cierto. En realidad… Se marchó y no ha regresado. Siento no habérselo contado antes.
—Bueno, yo también debo hacer una confesión. Lo cierto es que te oí contarle a Charlie el motivo de la ausencia de tu padre.
—Entonces, ¿por qué ha fingido que no lo sabía? —le preguntó Molly, molesta.
—Solo quería asegurarme, eso es todo. Este mundo es difícil, y nada puede tomarse por garantizado. Cuando vi a los hombres y te oí contarle a Charlie que tu padre había desaparecido, fue cuando comencé a hacer preguntas.
—Entiendo —dijo Molly, bajando la mirada hasta el suelo.
—Me desconcertó que me preguntaras por tu madre y que me dejaras leer esas cartas si tu padre seguía en casa. Bueno, he descubierto algunas cosas de él.
—¿Qué? —exclamó Molly, levantando la mirada.
—Que tu padre nunca trabajó en el Ministerio de Alimentación.
Molly acababa de levantar su taza. Las palabras de Oliver la sorprendieron tanto que la taza se le escurrió de los dedos y cayó sobre la alfombra Wilton.
Charlie miró las gotas de té filtrándose en la alfombra antes de levantar su asombrada mirada hacia Oliver.
—Su… Su amigo debe estar equivocado, por supuesto —dijo Molly, despacio—. O puede que la señora Pride no entendiera bien a mi padre. Sí, debe ser eso —añadió, animándose y girándose hacia Charlie—. Por eso no estaba en el ministerio aquella noche. La señora Pride lo entendió mal.
—Pero su carta tenía el nombre del Ministerio de Alimentación —le recordó Charlie.
—Eso es verdad, lo tenía —dijo Molly, que de nuevo parecía confusa—. Bueno, ¿qué más sabe sobre mi padre, señor Oliver?
Antes de responder, el hombre miró el techo.
Los ojos de Charlie se posaron en la ventana.
—¿Qué pasa? —les preguntó Molly.
—Una sirena antiaérea —dijo Oliver—. Tengo la noche libre y ni siquiera llevo encima mi máscara de gas. Qué estúpido por mi parte.
—Puede usar la de mi padre. Yo tengo la mía, y Charlie puede usar la de mi madre.
Oliver se puso al mando.
—Seguidme. La estación de metro es el refugio más cercano. Rápido. No tenemos mucho tiempo antes de que suene la siguiente sirena, y hay que caminar un poco.
Corrieron a la puerta delantera, agarraron las máscaras de los ganchos y unos paraguas.
—Esperad, ¿dónde está la señora Pride?
Registraron la casa rápidamente, pero no consiguieron encontrarla.
—Debe haber salido —dijo Oliver—. Podría estar ya en el refugio.
Las gorjeantes sirenas sonaban cada vez más fuertes.
Mientras escuchaba la alarma, la expresión de Oliver se volvió adusta.
—Deprisa, chicos, deprisa.