Extraños en el tiempo Un riesgo asumido
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Un riesgo asumido

UN RIESGO ASUMIDO

H abían pasado varios días desde que Molly y Charlie vieron a Oliver deslizando el sobre en el buzón.

Estaban de nuevo sentados en el despacho del padre de Molly, mirando un pobre fuego que parpadeaba y proporcionaba un escaso calor.

Ambos tenían mantas sobre el regazo y las piernas.

Aunque todavía hacía frío, al menos había dejado de llover; el cielo estaba despejado y el viento se había calmado.

—Tenemos que organizar lo de tu colegio, Charlie. ¿Está en Bethnal Green?

—Tengo catorce años, señorita —le contestó él—. He terminado con el colegio.

—Pero cuando el señor Oliver te dio esa pluma dijiste que todavía ibas a clase.

—Sí, pero una semana después cumplí catorce y lo dejé —mintió—. La ley dice que puedo. Y ya he aprendido to lo que necesitaba. Ahora es el momento de ponerse a trabajar.

—Bueno, con suerte yo el año que viene haré el examen para acceder a la universidad.

—¿Eso es lo que quieres? —le preguntó él, con sorpresa.

—Quiero ser médico, en realidad.

—¿Las chicas pueden ser esas cosas?

—Claro que pueden —contestó ella, irritada.

—Hablando de eso, ¿le has escrito ya la carta a ese médico de Cornwall? —le preguntó Charlie.

Molly lo miró y negó con la cabeza.

—No. Como te dije, esperaba que el señor Oliver me ayudara con eso.

—Entonces deberías ir a pedírselo.

—Planeo hacerlo —le contestó ella—. Pero ahora voy a ver qué comemos. Estoy desmayada.

Lo dejó allí y Charlie se levantó y caminó por la habitación, admirando los libros, los muebles y los elegantes accesorios. Miró la puerta un momento, y después se sentó ante el escritorio y sacó la pluma que Oliver le había dado.

Fingió escribir algo con ella en un pliego de papel en blanco que tenía impreso el nombre de Herbert James Wakefield, así como su dirección en Chelsea.

Todavía no había superado que su diario hubiera caído en manos de Lonzo.

Había valido cinco libras, pero ahora que lo había pensado mejor, Charlie había llegado a la conclusión de que debería haber escrito cosas en él, como Oliver le sugirió.

Y se las habría leído a mamá, como ella solía leerme a mí. Molly me dijo que puedo marcharme de aquí y aun así no dejar nunca a mamá. Quizá pueda leerle esté donde esté. Y, si tengo que luchar contra los Jerries, no podré quedarme aquí. Pero estaré haciendo mi parte, como mamá habría querido.

Mientras miraba la pluma, pensó en lo amable que había sido el señor Oliver al prestársela. Y después se sintió culpable, porque aquella noche no le había contado al hombre la verdad: que él era uno de los chicos que habían intentado entrar en su tienda.

No eres buena gente, Charlie. El pobre hombre te ayuda, ¿y qué haces tú por él? Intentas robarle la pasta, eso haces. Y ahora no paras de pensar mal de él cuando lo único que él ha hecho es ser tu amigo.

Lo llamaron a comer, y cuando terminó seguía teniendo hambre. Sabía que Molly también, aunque sus porciones habían sido más grandes que las de ella, como hacía su abuela. Pero tenía algo que hacer, porque había tomado una decisión, así que se puso el gorro y el abrigo.

—¿A dónde vas? —le preguntó Molly.

—Solo a dar un paseo.

—¿Quieres que te acompañe?

—Ehm… —comenzó Charlie.

—No pasa nada —dijo ella con amabilidad—. A veces a mí también me gusta estar sola.

Charlie se marchó a paso rápido. No había querido decirle a Molly a dónde se dirigía porque creía que ella lo desaprobaría.

El señor Oliver le caía bien, y confiaba en él, pero no le gustaba nada el hombre al que había visto en la librería aquella noche.

Había algo sospechoso en él, o eso creía.

Charlie había estado cerca de suficientes elementos criminales para reconocer uno cuando lo veía.

Quizá el hombre estaba intentando robar al señor Oliver, o quizá quería conseguir que hiciera algo que el librero no quería hacer, como Lonzo lo había obligado a él.

Si conseguía descubrir qué estaba pasando, quizá podría ayudar al señor Oliver.

Charlie llegó al callejón y se escondió detrás de la misma caja que Molly y él habían usado previamente.

Media hora después, Cedric salió por la puerta del triste edificio de ladrillo. Se dirigió a la izquierda y salió del callejón.

Charlie tuvo que decidir si seguirlo o no.

Tomó una decisión y observó a Cedric hasta que desapareció de su vista.

Después se apresuró y miró por la ventana.

Las cortinas estaban cerradas, pero no se encontraban en el centro, de modo que podía ver una rendija de una pequeña habitación bajo una tenue luz encendida. No vio a nadie en el interior.

El callejón estaba en silencio. Las ventanas oscurecidas y las monótonas puertas le devolvieron la mirada.

Charlie examinó la cerradura y después se sacó la ganzúa del bolsillo, la insertó y escuchó con atención mientras el metal arañaba y se deslizaba por las entrañas de los obstáculos de pernos y contrapernos a los que se enfrentaba.

Por fin oyó un chasquido y agarró el pomo y lo giró suavemente.

Reuniendo todo su valor con la idea de que estaba ayudando a un amigo, abrió la puerta y miró el interior.

La habitación estaba oscura y, por suerte, vacía.

Entró, preparado para salir corriendo de inmediato si aparecía alguien.

En la habitación había una silla y una mesa con una cajonera encima.

La alfombra cuadrada estaba sucia y era fina.

Había una única lámpara sobre una mesa. La única luz venía del ligero hueco entre las cortinas opacas.

También había una pequeña cama, y ganchos en la pared de los que colgaban algunas prendas de ropa.

Un par de zapatos desgastados estaban en el suelo junto a la cama.

Solo era una habitación, sin cocina ni cuarto de baño.

Abrió el cajón de la mesa. En el interior había papel en blanco y una pluma y algunos sobres y sellos. Usó su ganzúa para abrir la puerta del armario que había sobre el escritorio.

Caramba.

En el interior del armario había una caja de madera cerrada. Cuando usó su ganzúa para abrirla, encontró dentro algo que se parecía a una máquina de escribir que una vez había visto en un escaparate.

No obstante, aquella tenía una apariencia extraña.

Había un conjunto de teclas con letras abajo, y otro idéntico arriba que no se podía pulsar.

Parecían trozos de cristal con letras debajo.

También tenía cosas que sobresalían que parecían pequeños engranajes, y una palanca como las que Charlie había visto en el salpicadero de un automóvil.

Y había cables atravesando el interior de la caja.

Y entre la línea de teclas inferior y la pared interior de la caja había una columna de cilindros negros unidos a la máquina.

Lo más raro de todo es que no había ningún sitio en el que introducir el papel.

Miró con mayor atención y vio algo blanco en uno de los bordes de la máquina y en el interior de la caja. Metió la mano y consiguió sacar un pliego de papel.

Charlie no podía leer ni hablar alemán, pero había visto palabras que sabía que eran alemanas. Y aquellas eran palabras alemanas, estaba seguro de ello.

Dejó el papel en su lugar y guardó la caja de nuevo en el estante. Entonces fue cuando vio el libro que había a su lado. Lo tomó y miró la portada.

—«Con-se-lo» —dijo despacio, leyendo el título. Abrió el libro y contuvo el aliento. Solo quedaban los bordes exteriores de las páginas, dejando un agujero grande en el centro.

Miró la solapa interior del libro con un gemido de sorpresa. Allí, estampado, decía:

EL BASTIÓN DE LOS LIbrOS

COVENT GARDEN

Cerró la novela despacio y la dejó junto a la extraña máquina. Después cerró el armario y se marchó, tras asegurarse desde la ventana de que todo estaba despejado.

¿En qué está metido el señor Oliver?