Una entrega en la oscuridad
UNA ENTREGA EN LA OSCURIDAD
S e apresuraron hacia la siguiente esquina y subieron a un autobús que Charlie dijo que los dejaría muy cerca del sitio al que se dirigían.
—¿Cómo conoces tan bien la ciudad? —le preguntó Molly mientras tomaban asiento en el autobús.
—De ir por ahí. Bueno, en realidad no uso mucho el autobús, salvo cuando me engancho a la parte de atrás.
Molly parecía sorprendida.
—Espera, ¿te refieres al exterior?
—Sí, puedo enseñarte, si quieres. Solo tienes que tener los dedos fuertes y usar el peso pa mantener el equilibrio, mantener la cabeza baja y estar lista pa saltar, si encarta. Ahorras mogollón de dinero. —Yo nunca haría algo así. No es legal.
—Bueno, yo eso no lo sé —replicó.
—Es ilegal, Charlie. Por eso venden billetes.
Charlie miró la tormenta por la ventanilla y no respondió. Después de veinte minutos de atravesar Londres, el chico tiró del cordón y se bajó con Molly del autobús cuando este se detuvo en una intersección.
Caminaron bajo la lluvia con la protección del paraguas, aunque había amainado un poco.
—Por aquí —le dijo Charlie.
Giraron en un callejón y se detuvieron detrás de una caja vieja delante de una puerta desvencijada agazapada en el centro de un muro de ladrillo triste y mugriento.
—Ese es el sitio —dijo en voz baja, haciendo una copa con la mano en el oído derecho de Molly, aunque con el viento podría haber gritado sin peligro de que alguien lo oyera.
Esperaron una hora entera. Estaban a punto de marcharse cuando Charlie dijo:
—Viene alguien.
Había atisbado una luz diminuta en el extremo opuesto del callejón.
Se agacharon más detrás de la caja.
El vigilante antiaéreo apareció con un resbaladizo chubasquero debajo de la capa reflectante y encima de su ropa resistente al gas. Llevaba en la mano una pequeña lámpara acotada para limitar su luz.
Cuando pasó, el hombre se detuvo en la puerta en cuestión y miró a su alrededor. Después, buscó en su bolsillo, sacó un sobre y lo deslizó en el buzón que había en la puerta.
Cuando pasó junto a ellos, ambos vieron que era Ignatius Oliver.
Molly estuvo a punto de llamarlo, pero Charlie le puso una mano en el hombro y negó con la cabeza. Cuando Oliver desapareció de la vista, la chica dijo:
—¿Por qué me has detenido?
—Esto es muy raro, Molly.
—Puede que solo estuviera entregando una carta, Charlie, eso es todo.
—¿Tan tarde por la noche?
—Está haciendo la ronda de vigilancia antiaérea. Has visto su uniforme. Y el hombre al que viste aquí es el mismo al que viste en la librería. Es evidente que son amigos. Podría estar ahorrándose el precio del sello.
Molly los sacó del callejón mientras un preocupado Charlie miraba sobre su hombro la puerta por la que el sobre había desaparecido.