Extraños en el tiempo Confesiones
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Confesiones

CONFESIONES

L a mañana del entierro amaneció fría, con penachos de tristes y húmedas nubes envolviendo la ciudad como pegajosas volutas de gasa. El alargado coche fúnebre estaba junto a la acera. Wilkinson un pacto , esa es la palabra. Es eterno.

Le soltó la mano.

—¿De verdad lo crees?

— Sé que es así. ¿No me crees?

Charlie pensó en ello un momento.

—Sí… Te creo.

—Tengo que contarte una cosa. Una confesión, en realidad.

—¿Qué?

—Mi padre no está de viaje por trabajo. Se marchó de casa hace meses y nadie lo ha visto desde entonces.

—¿Qué? ¿Y no tienes ni idea de a dónde fue?

—No. Así que, como tú, ahora mismo no tengo padres.

—Me alegro de que me lo hayas contao . No es bueno guardarse las cosas en la sesera. Yo lo hago a veces y… Vaya. Que no es bueno.

—Regresé a la ciudad esperando ver a mis padres. Y ahora…

—Pero, como has dicho, tus padres podrían volver.

—¿De verdad crees que eso es posible?

—Creo que muchas cosas son posibles —respondió Charlie con entusiasmo—. No es solo creer que pueden pasar, es entender que no hay ninguna buena razón pa que no puedan pasar.

—Pero, justo ahora, en realidad no tengo a nadie —dijo Molly.

—Bueno, me tienes a mí.

Molly se giró para mirarlo.

—Y tú me tienes a mí, Charlie, así que nos tenemos el uno al otro. Eso es muy importante, ¿no? —dijo, como para animarse a sí misma.

—Es mucho mejor que estar solo. Lo de tener a alguien con quien hablar, y to eso.

—Sobreviviremos a esto. Sé que lo haremos. ¿Tú no lo crees?

—Empiezo a creerlo —dijo Charlie, con sinceridad.

Al momento siguiente, unieron las manos y se las apretaron mientras se giraban para mirar solemnemente el lugar de descanso de los muertos.

El viento se levantó y sacudió los viejos árboles que bordeaban el cementerio.

Las frágiles hojas, preparadas para terminar en breve con su existencia, se agitaron cuando las finas y encorvadas ramas se flexionaron y doblaron.

Docenas de pájaros sobre estas temblorosas extremidades levantaron el vuelo a la vez y se zambulleron con la brisa, aferrándose a unas corrientes térmicas invisibles, poco preocupados al parecer por dónde se posarían a continuación.

Era un caso de repentina independencia, y ciertamente algo digno de contemplar en aquella mañana tristemente fría rodeados de muertos antiguos y recientes.

Detrás de uno de esos árboles, un esbelto arce de hojas puntiagudas, estaba Ignatius Oliver.

Su viejo abrigo cubría su desgarbada silueta, y llevaba el sombrero maltrecho y sucio en la cabeza.

Se tomó un momento para limpiarse las gafas con la manga del abrigo.

Mientras volvía a colocarse los anteojos en el puente de la nariz, miró el cielo, donde los pájaros todavía se elevaban, giraban y se zambullían como cometas vivientes despojadas del arnés de la gravedad.

Había ido al apartamento de Charlie para ver cómo estaba y allí se enteró de la muerte de su abuela.

A continuación, fue a Wilkinson & Dunn porque un vecino de Charlie había visto ese nombre en el coche fúnebre.

Allí fue donde se enteró de la fecha y lugar del funeral, y también de que Molly Wakefield estaba involucrada.

Había acudido a presentar sus respectos, pero quería hacerlo sin entrometerse en la intimidad de Charlie.

No obstante, Oliver había oído todo lo que acababan de conversar los dos niños.

La última vez que estuvo en un cementerio, fue allí donde su amada Imogen debería haber descansado toda la eternidad, con él a su lado cuando su final llegara. Al otro lado estaban las tumbas de los padres de Imogen.

Mientras los pájaros revoloteaban con habilidad sobre su cabeza, Oliver se alejó despacio.

Aquel día había descubierto otra cosa. Era cierto que estaban siguiendo a Molly Wakefield, porque él había visto a los dos hombres acechando tras algunos árboles al otro lado del pequeño cementerio. Era evidente que estaban allí para vigilar a la chica, y esto hizo que Oliver se preguntara por qué.

Se alejó despacio, pensando que las cosas se estaban volviendo tan complicadas como uno de sus cifrados.