El complicado negocio del final
EL COMPLICADO NEGOCIO DEL FINAL
S e detuvieron en una tienda de segunda mano y encontraron dos mudas de ropa, calcetines y ropa interior para Charlie y un par de botas que estaban en un estado decente, además de una gorra de fieltro.
Charlie protestó al principio cuando Molly le explicó su plan, pero al final cedió y guardó su ropa nueva con cuidado en una caja que le proporcionó la ayudante de la tienda.
Cuando regresaron a Chelsea, Charlie se dio un riguroso baño en la bañera con patas de los padres de Molly.
Salió de ella sonrosado y sintiéndose más limpio de lo que había creído posible.
Se puso uno de sus nuevos conjuntos, que le quedaban bien, al igual que las botas.
Más tarde, se sentó con Molly en el despacho de su padre. Charlie miró con asombro los estantes de libros.
—¿Te has leído to esto?
—Cuando me marché de aquí era demasiado pequeña para leerlos, aunque mientras estuve en el campo leía cada día.
Iba a la biblioteca del vicario, y también visitaba la biblioteca del pueblo todas las semanas.
Es un verdadero placer perderte en el mundo imaginado por otro.
Y puedes pasar tiempo con mucha gente distinta de muchos lugares diferentes, lugares a los que quizá nunca vayas de verdad.
Charlie la miró, entendiéndola.
—Mi madre y yo íbamos a veces a la cafetería, y yo tenía un librito y ella el suyo. Estaba bien.
—Tu madre. Mencionaste una bomba.
Charlie levantó la mirada.
—Supongo que nadie se esperaba que los jerries bombardearan un colegio.
—¿Y tú también estabas en el colegio?
—Sí, pero lo mío fue poca cosa. —Miró a su alrededor—. Entonces, ¿tú tampoco tienes padres?
— Tengo padres —contestó rápidamente—. Mi… Mi padre está fuera, por trabajo. Y, como sabes, mi madre está en un sanatorio en Cornwall.
Charlie se frotó su ahora muy limpia nariz y asintió.
—Bueno, ¿y cuándo va a volver tu padre de su… trabajo ?
Molly no pudo mirarlo a los ojos mientras preparaba su mentira.
—No creo que se demore mucho más, ahora que yo estoy en casa.
—¿Tu madre y tú os queríais mucho?
—Mi madre era la mejor amiga que tenía. Pero puede que ella me quisiera demasiado.
—¿Cómo puedes querer a alguien demasiado ?
—Eso da igual, en realidad. —Añadió, con tristeza—: Cuando regresé a casa, tenía muchas ganas de verla a ella y a mi padre. Y no he visto a ninguno.
—Espera, ¿ni siquiera a tu padre? Pero si dijiste…
—No he sido totalmente sincera, Charlie —dijo, con expresión culpable y dolida por tener que admitirlo—.
No lo he visto. Y no tengo ni idea de cuándo lo haré.
Este… No es el tipo de bienvenida que imaginé.
—Lo miró—. Pero tú lo has pasado peor. Yo al menos estoy razonablemente segura de que mis padres siguen vivos.
Ojalá tus padres pudieran volver contigo, Charlie. Sé que ellos lo desearían más que nada.
—Bueno, desear las cosas nunca funciona. No pa la gente como yo. —Se levantó y dijo—: Supongo que me voy a ir yendo. Gracias por la comida y por la ropa.
Molly parecía sorprendida.
—Creí que te quedarías aquí, al menos por ahora.
—¿Por qué? No somos familia ni na .
—Pero eres mi amigo.
—De tos modos no creo que sea buena idea. Somos… Bueno, somos diferentes.
—Tenemos que ocupamos de tu abuela. Yo puedo ayudarte con eso.
Charlie la miró, inquisitivo.
—¿Por qué? A ver, yo no he hecho na por ti.
—Tú me acompañaste al Ministerio de Alimentación.
—Y tú me pagaste media corona por eso —replicó él.
—Que tú no aceptaste al principio. ¿Por qué no?
Charlie se encogió de hombros.
—Iba pa allá, ¿cómo iba a cobrarte por ir a un sitio al que ya iba a ir?
—Creo que deberías quedarte aquí, al menos unos días. Haremos los preparativos para tu abuela. ¿Sabes dónde van a…? Me refiero al entierro.
—En el mismo sitio donde enterramos a mi madre y a mi abuelo, supongo.
—¿Dónde fue eso?
—En una iglesia cerca de donde vivíamos, en Stepney. Íbamos allí a menudo cuando mi madre estaba viva. Tiene un cementerio chico detrás.
—Sería bonito que estuviera con su familia.
—¿Crees que los de la funeraria nos ayudarán con eso?
—La gente muere continuamente, y siempre se ocupan de ella con la adecuada dignidad y respeto. Esto es Inglaterra, después de todo.
En su mente, Molly visualizó las hileras de ataúdes con los restos de los soldados alineados fuera del hospital de Leiston.
—Te habría caído bien mi abuela. Nunca se mordía la lengua, pero cuidaba bien de mí.
Molly sacudió la cabeza para olvidarse de los ataúdes.
—Seguro que sí. Y estoy segura de que yo habría disfrutado mucho conociéndola.
A la mañana siguiente, tomaron un taxi hasta la funeraria Wilkinson & Dunn, que no estaba muy lejos del antiguo apartamento de Charlie.
Era un edificio adusto de hollinoso ladrillo con las dos puertas pintadas de negro y una alta chimenea redonda que escupía un humo denso.
Como el letrero de fuera decía que en el edificio también había un crematorio, Molly evitó mirar el penacho gris que escapaba al cielo.
Se reunieron con el caballero que le había entregado a Charlie su tarjeta.
Era Wilkinson segundo, hijo del ya difunto fundador de la empresa, les explicó.
Cuando Charlie mencionó el cementerio de la iglesia donde habían enterrado a su madre y a su abuelo, Wilkinson se acarició el bigote, asintió y dijo que podía organizarse.
No hizo preguntas sobre los padres de Charlie, ni siquiera sobre la edad de este.
Después de que decenas de miles fallecieran en Londres por los bombardeos, de que muchos más se quedaran sin hogar y de que un sinfín sucumbiera a la enfermedad, al parecer no era crítico si uno estaba solo o no, porque muchos lo estaban.
Le entregaron a Wilkinson la bolsa con la ropa para enterrar a la abuela. Cuando el hombre comenzó a hablar de sus tarifas, Molly buscó frenéticamente en sus bolsillos y dijo que creía que se le había caído uno de sus guantes fuera. Le pidió a Charlie que fuera a buscarlo por ella.
Cuando el chico regresó con el guante que Molly había dejado caer cerca de la puerta delantera del edificio, Wilkinson le contó que el enterramiento le costaría cuatro chelines y seis peniques, que era el importe exacto que Charlie había conseguido reunir gracias a Molly y al tipo del barco.
Y él se ocuparía de ponerse en contacto con la iglesia que Charlie había mencionado para que la tumba de su abuela estuviera cerca de la de su marido e hija.
Charlie entregó el dinero, y el asunto quedó así. El entierro tendría lugar dos días después, les dijeron.
Wilkinson se levantó, tocó el grueso reloj plateado que llevaba colgado del chaleco y dijo:
—¿Te gustaría ver ahora a tu abuela, jovencito? Todavía no la hemos preparado para el entierro. Está al final del pasillo.
Charlie lo miró sin expresión.
—¿Ver…? ¿Ver a la abuela?
—Sí. O puedes esperar al día del entierro.
—Esperaré —dijo Charlie rápidamente.
Mientras regresaban, Charlie miró a Molly y le dijo:
—Qué raro que no te dieras cuenta de lo del guante.
—Soy terriblemente despistada para ese tipo de cosas —le dijo sin mirarlo—. No es necesario que veas a tu abuela, si no quieres.
Él la examinó.
—¿Alguna vez has visto a alguien en la caja?
La mente de Molly regresó a las hileras de sencillos ataúdes de pino con los cuerpos de los soldados que jamás volverían a ver a sus seres queridos.
—Uno de los hijos de la familia con la que vivía. Fue muy triste. Solo tenía nueve años cuando murió. Parecía… muy tranquilo. Como si estuviera dormido. Y ya no estaba enfermo. Intenté concentrarme en eso, pero aun así lloré. Es totalmente aceptable llorar.
—Supongo —dijo Charlie—. Aunque yo intento no hacerlo, si puedo evitarlo.
—¿Eso por qué?
—Porque cuando empiezas no puedes parar. —Charlie pensó en su madre y en su abuela y le temblaron las mejillas—. Por lo menos yo.