Demasiado tarde
DEMASIADO TARDE
Todavía no habían llegado a la puerta del apartamento cuando Charlie gritó:
—¡Cerré la puerta al marcharme! Te lo juro. Y ahora está abierta. —Bueno, puede que alguien haya entrado después para comprobar algo.
—Puede —dijo un receloso Charlie.
Una vez dentro, el chico corrió de inmediato a su alacena y Molly se apresuró tras él.
—¿Tú… dormías aquí dentro? —le preguntó, mirando la ropa de cama en la caja. Podía extender los brazos y tocar ambos lados del espacio al mismo tiempo.
Él no respondió. En lugar de eso, buscó entre las mantas y dijo:
—Ha desaparecido. Estaba justo aquí. —Le dio una patada a la caja—. ¡Mierda!
—¡Charlie! ¡Esa boca! —lo reprendió Molly.
Charlie oyó un ruido y se asomó a la cocina. Allí vio la ventana abierta, la que siempre había usado para ir y venir por la noche. Corrió hasta la ventana, miró el exterior y lo vio.
Era Lonzo, que saltó desde la escalera al contenedor de basura volcado. Aterrizó en el suelo y echó a correr. Era evidente que llevaba algo debajo del brazo.
Charlie se asomó a la ventana y gritó:
—¡Eh, Lonzo, devuélveme eso! Es mío. ¿Me oyes?
Lonzo corrió más rápido, hasta que llegó a la esquina y desapareció de la vista.
—¿Quién era ese?
Charlie se giró para ver a Molly mirando por la ventana a su lado.
—Lonzo.
—¿Y él tiene tu diario?
—Sí —contestó Charlie amargamente.
—Tendremos que informar de esto a la policía.
—¿A la policía? —exclamó un desconcertado Charlie.
—Te ha robado, Charlie. Eso es un delito.
—No… No necesitamos a la poli —murmuró—. Yo arreglaré las cosas.
—¿De qué conoces a ese Lonzo?
—Es solo uno que vive por aquí.
—¿Podemos hablar con sus padres, entonces?
Charlie se frotó la nariz.
—Es huérfano. No tie padres.
—No tiene padres —lo corrigió Molly—. ¿Abuelos, quizá?
—No, tampoco tie … Tampoco tiene.
—Entonces, ¿a quién?
—Bueno, a nadie. Solo tenía un colega… —Charlie cerró la boca.
—¿Por qué se ha llevado el diario? —le preguntó Molly.
—Porque le dije que me darían pasta por él, por eso. Y ahora será Lonzo el que consiga el dinero. Y yo no podré enterrar a la abuela como es debido —añadió con tristeza.
—Bueno, iremos a su casa y le exigiremos que te devuelva el diario.
—¡Lonzo no vive en ninguna casa! Y va a vender el diario. —Charlie negó con la cabeza, desesperado—. ¡Joder!
Esta vez, Molly no se atrevió a reñirle por su lenguaje malsonante. Mientras se marchaban, le preguntó:
—¿Y tus padres? Me dijiste que tu padre murió en Dunquerque.
—Sí.
—¿Y tu madre?
—Una bomba.
—Lo siento mucho.
Charlie miró un edificio reventado bajando la calle, donde los niños jugaban entre los escombros.
Soltó un suspiro.
—Parece que to el mundo está un poco muerto, señorita. Solo que algunos todavía no lo saben.