UNA CONCURRENCIA DE DATOS
UNA CONCURRENCIA DE DATOS
—¿ S í?
—La señora Pride miró a Charlie, que le devolvió la mirada con una bolsa de hule colgada de cada hombro flaco. Había comenzado a llover de nuevo a medio camino y estaba empapado. Soltó una bolsa, se quitó la gorra y dijo:
—Por favor, señora, me gustaría saber si la señorita Molly Wakefield está en casa.
—Supongo que sí, ¿qué quieres de ella?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió más y Molly apareció.
—¿Charlie? —exclamó—. ¿Qué pasa?
—¿Tú…? ¿Tú conoces a este… chico? —le preguntó la señora Pride.
—Sí. Es mi amigo. Adelante, Charlie, rápido. Está empezando a llover más fuerte.
Molly alargó el brazo por delante de la señora Pride, agarró a Charlie del brazo y tiró de él, mojado como estaba, hasta el vestíbulo.
La señora Pride cerró la puerta y miró con recelo a lo que sin duda consideraba un golfillo callejero medio ahogado mojando la alfombra tejida a mano de la bonita casa de los Wakefield.
—Yo me ocupo, señora Pride, gracias. Aunque… Espere un momento. Charlie, ¿has comido?
Él negó con la cabeza. Le había dado el pan y el queso que la mujer le había entregado a un hombre que pedía en la acera con el que se había topado en su camino hacia allí. Era la única vez, que pudiera recordar, en la que había regalado comida. Ahora tenía tanta hambre que le dolía.
—Señora Pride, ¿puede preparar algo de desayuno para Charlie, por favor? ¿Y calentar la tetera?
—Sí, Molly. Si estás segura… —Añadió, mirándola inquisitivamente.
—Estoy totalmente segura.
Mientras una señora Pride totalmente aturullada se marchaba rápidamente, Molly se giró hacia Charlie.
—¿Cómo has llegado aquí?
—Corriendo —le respondió él.
Ella parecía sorprendida.
—¿Desde tan lejos? ¿Bajo la lluvia?
Él asintió.
Molly examinó su rostro atribulado.
—¿Qué ha pasado?
Charlie bajó la cabeza como si el peso del mundo estuviera tirando de su barbilla.
—Mi abuela. Ha… Ha muerto esta mañana.
Molly se llevó la mano a la boca.
—¿Tu…? ¿Tu abuela ha muerto?
Charlie asintió despacio, tiritando no por el frío sino por haber dicho, por primera vez en voz alta, que su abuela ya no estaba con él.
—Oh, lo siento mucho, Charlie. Por favor, siéntate aquí. Y deja que te traiga una manta.
Molly volvió con la manta y le rodeó los hombros con ella antes de sentarse a su lado.
—¿Qué le ha pasado? ¿Estaba enferma?
Charlie se frotó la nariz húmeda.
—No lo sé. Me la encontré tirada en el suelo del cuarto de baño. Tenía los ojos abiertos y no respiraba. El médico dijo algo del corazón. Ellos… Unos hombres se la llevaron en un automóvil.
—¿Te refieres a los de la funeraria?
—Sí, supongo —dijo Charlie, sorbiéndose la nariz.
—¿Sabes a dónde se la han llevado?
En respuesta, Charlie le entregó la tarjeta que llevaba en el bolsillo.
Ella la leyó.
—Ya, claro.
—Me han dicho que vaya mañana.
—Sí, supongo que sí —dijo Molly—. Necesitarán algún tiempo para… para organizar las cosas adecuadamente. —Lo miró y le preguntó, con vacilación—: ¿Vivías con tu abuela?
Charlie asintió.
—¿Y vivías…? ¿Vivías con alguien más? —le preguntó con delicadeza.
Charlie negó con la cabeza.
—No. Mi madre está muerta. Y papá murió en Dunquerque. Siento… Siento no habértelo contado antes, pero… no me gusta… hablar de que no están conmigo.
Molly se echó hacia atrás, sintiéndose diez veces más culpable por el secreto que ella también le había escondido sobre su padre.
—Lo siento mucho. Pero todo va a salir bien, Charlie.
Él levantó la mirada del suelo, furioso.
— Na va a salir bien. ¡La abuela se ha muerto!
—Me refiero a que nosotros nos ocuparemos de todo. Nos ocuparemos de ella. Yo te ayudaré a hacerlo. Perder… a alguien a quien quieres ya es bastante duro sin tener que preocuparte por esos… detalles.
Todo lo que le digas a él también podrías aplicártelo tú.
Charlie buscó en su bolsillo y sacó la media corona que ella le había pagado y sus chelines de la noche anterior.
—Tengo esto pa enterrarla como es debido.
Ella miró las monedas y dijo:
—Estoy segura de que eso será suficiente.
—¿De verdad lo crees? —preguntó Charlie, dudando.
—Sí, por supuesto. Bueno, ¿qué hay en las bolsas?
Él las había dejado en el suelo a su lado.
—En esta están las cosas de la abuela, pa …
pa enterrarla. Y en esta está… Bueno, to lo que tengo, porque nosotros…
A ver, yo no puedo seguir viviendo allí…
El alquiler… A la abuela le bajaron el sueldo a la mitad, así que no podíamos…
seguir pagándolo. —Se detuvo abruptamente. Parecía profundamente avergonzado.
—Nos preocuparemos de eso más tarde. Por ahora, mientras comes, voy a ver estas cosas para saber qué tenemos.
Charlie parecía avergonzado.
—Agarré su ropa interior y to eso porque…
—Y ha sido muy considerado por tu parte hacerlo.
La expresión de Charlie se volvió de repente frenética.
—Mi diario. ¡Se me ha olvidado el diario!
—No pasa nada. Volveremos a por él más tarde.
—¡Más tarde podría haberse esfumado! —exclamó Charlie.
—Estoy segura de que estará. Ahora deja que vaya a ver cómo va tu desayuno. —Se marchó rápidamente.
Charlie se quedó allí sentado, desolado, porque sabía que las cosas en Dapleton Terrace solían desaparecer cuando la gente se moría o se marchaba por no poder pagar el alquiler.
Pero no podía volver corriendo, porque estaba muy cansado, y no tanto de correr sino por haber perdido la única familia que le quedaba.
Se levantó y examinó la habitación. Nunca había estado en una casa como aquella, llena de muebles y de pinturas en las paredes y con una gruesa alfombra bajo sus pies.
Y más allá había una alta chimenea con una repisa de verdad y un bonito reloj de metal y madera sobre ella.
Sabía que algunos vivían así, pero nunca lo había visto con sus propios ojos.
Entonces la idea de que estaba solo en el mundo lo golpeó con tanta fuerza que volvió a derrumbarse en el sofá, despojado de todas sus fuerzas.
Siempre había intentado sobreponerse a la adversidad con buen ánimo, ver siempre de alguna manera lo bueno que había en lo malo.
Pero ahora no conseguía atisbar nada en su futuro excepto miseria.
Molly regresó.
—Tu desayuno estará listo dentro de poco y la tetera está casi caliente. ¿Por qué no vienes y te sientas a la mesa de la cocina mientras yo llevo las bolsas a mi dormitorio y las ordeno?
Lo condujo a la cocina, donde la señora Pride estaba preparando su plato.
Había un huevo frito, una tostada con mantequilla de verdad y un trozo de cheddar, una loncha de jamón, un pequeño cuenco de gachas, una ciruela hervida y una taza de lo que parecía leche de verdad.
En el pasado, Molly habría mirado con recelo una comida tan pobre, pero Charlie, que olvidó su dolor durante unos segundos, estaba boquiabierto.
—Por Dios, señorita, ¿comes así en cada comida?
Ella no pudo mirarlo a los ojos ni responder a su pregunta. Solo pudo huir de la habitación.
Mientras Charlie agarraba sus cubiertos, Molly llevó las bolsas a su dormitorio y abrió la primera.
Dobló con cuidado la ropa de la abuela y colgó en el armario lo que necesitaba una percha, después de alisar primero algunas arrugas.
La señora Pride podría plancharlas más tarde adecuadamente.
Al hacer inventario descubrió que Charlie había olvidado un par de básicos, aunque estaba segura de que podría compensarlos con cosas de su propio armario.
Cuando abrió la bolsa de Charlie, tuvo que contener el aliento.
El olor que salía de ella era abrumador.
Lo único que podía ver era un batiburrillo de ropa áspera y oscurecida.
No sacó nada, pero sujetó la bolsa a un brazo de distancia mientras bajaba las escaleras, buscó a la señora Pride y le pidió que le diera a todo un concienzudo lavado.
La señora Pride miró en la bolsa y dijo:
—Bendito sea Dios, no veo nada ahí que merezca la pena guardar, Molly. Yo diría que todo debería ir a la basura.
—Cuando vayamos a por su diario, me detendré y le compraré algunos básicos. Al menos, eso bastará por ahora. ¿Dónde guarda los fondos para la casa?
—Solía guardarlos en el armario de la salita de estar, en la parte de atrás, pero ahora los tengo en una caja en la alacena que hay debajo de la escalera.
Le enseñó a Molly la caja. Cuando la chica vio lo que había allí, preguntó:
—¿De verdad es esto todo lo que tenemos?
—Debería habértelo dicho antes, pero no quería preocuparte.
—¿Decirme qué? —preguntó Molly, mirando a su niñera con curiosidad.
—Fui al banco la semana pasada para sacar algunas libras más. No había tenido que hacerlo desde que tu padre se marchó, pero con tu regreso y todo eso… Como sea, las cuentas que él dejó disponibles, bueno…
—¿Bueno qué?
—El director del banco salió a recibirme en persona, me llevó a su despacho y me dijo que los fondos ya no estaban disponibles.
Molly parecía perpleja.
—¿Dijo por qué?
—No, pero fue bastante grosero. Me miraba con mucho recelo.
—¿Por qué diantres? —replicó una apabullada Molly.
—Y después llamó a otro hombre que me preguntó, sin tapujos, dónde estaba el señor Wakefield. Y por qué no acudía él para preguntar por su cuenta.
—Todo esto es muy desconcertante —dijo Molly.
La señora Pride la miró de soslayo.
—Es… Bueno, casi fue como si sugiriera que tu padre había cometido algún acto de… No lo sé, como si hubiera robado, o malversado, o como quiera que lo llamen.
—Mi padre nunca haría eso —replicó Molly con ferocidad.
—Oh, eso lo sé. Solo te digo lo que creo que pensaba ese hombre del banco. La guerra cambia a la gente de un modo curioso, Molly —añadió.
Molly no sabía si se estaba refiriendo a la gente del banco o a su padre.
—Señora Pride, ¿usted me dijo que también había visto a un hombre vigilando la casa?
—Sí. Y se lo conté al policía de patrulla. Él lo anotó y me prometió que se mantendría alerta, por si lo veía. —La señora Pride se puso tensa—. Espera, ¿crees que podría estar relacionado con esto del banco?
—No lo sé. Es muy desconcertante. Quiero decir, ¿por qué hablaría el director del banco con usted por una simple cuenta?
—Eso me pareció muy extraño. Y… —De repente, la mujer parecía incluso más preocupada.
—¿Qué? —le preguntó Molly rápidamente.
—Bueno, estoy segura de que no es nada, pero… Hace algunas semanas le envié una carta a una amiga mía, que vive en Norfolk. Llevaba mucho tiempo sin escribir una carta. Tuve que ir a la oficina de correos a por un sello.
—¿Y qué pasa? —insistió Molly, impaciente.
—Bueno, mi amiga me contestó. Y me dijo que parecía que habían abierto y vuelto a cerrar la carta que yo le había enviado.
—¿Abierto y vuelto a cerrar?
—Sí. Es bastante raro.
—Señora Pride…
—¿Sí?
—¿Es posible que mi padre también se estuviera volviendo loco?
Que se marchara sin darle ninguna explicación, y sin escribirme ni llamarme a mí…
Y eso podría estar relacionado de algún modo con los hombres que nos vigilan, con el extraño comportamiento en el banco y quizá con que leyeran su carta.
En su desesperación, él… él podría haber hecho algo… irreflexivo.
La señora Pride se irguió y dijo con firmeza:
—Tu padre era, es , el hombre más cuerdo que conozco. Si él se estaba volviendo loco, entonces el mundo entero lo estaba haciendo también.
Molly tomó dinero suficiente, se arregló para salir y se reunió de nuevo con Charlie, que estaba terminando de comer.
—¿Qué tal estaba la comida? —le preguntó.
—Nunca… Nunca había probado na tan rico. Y era un montón.
La alabanza casi hizo llorar a Molly. Pero puede que yo no me quede muy atrás .
—Oh, Charlie, no he visto tu máscara de gas en las bolsas.
Él la miró con tristeza.
—La abuela y yo vendimos nuestras máscaras hace algunos días.
—¿Las vendisteis? —le preguntó, con sorpresa.
—Teníamos que pagar las facturas y un tipo nos dio dinero por ellas.
—Entiendo. De acuerdo. Bueno, mi padre… Quiero decir que aquí tenemos una de sobra para ti.
—Gracias. —Se terminó las gachas y se puso la gorra.
—Charlie, ¿a dónde vas? ¡Sigues teniendo la ropa mojada!
—No pasa na, señorita. El diario es más importante. Vale cinco libras.