SOLO DE REPENTE
SOLO DE REPENTE
—¿ A buela?
Se levantó de la cama.
—¿Abuela?
Fue a buscarla.
Su dormitorio estaba vacío.
El baño no lo estaba.
Charlie se quedó en la puerta, mirando el suelo.
Solo se le veía un ojo, por cómo estaba tumbada. Lo tenía abierto y parecía mirarlo desde apenas un centímetro sobre el frío suelo. La pupila parecía apagada, e inusualmente grande.
Dio un paso cauto hacia el interior de la habitación.
—¿Abuela?
Quizá se había caído, pensó. Y después se había desmayado. Le faltaba una de las zapatillas y podía ver su hinchada pantorrilla, las venas azules que sobresalían como las líneas de tinta de un sinuoso río consagrado en un estudio cartográfico.
¿Y si había gritado pidiendo ayuda y él había seguido durmiendo?
Se acercó.
—¿Abuela? ¿Necesitas ayuda pa levantarte?
El ojo no parpadeó. Su pie descalzo no se movió, ni siquiera un poco.
Se arrodilló a su lado, alargó la mano y le tocó el hombro. Todavía llevaba puesto el camisón. Su cabello blanco caía alrededor de sus hombros; lo tenía más largo de lo que Charlie imaginaba, porque siempre lo llevaba recogido. Los mechones caían caprichosamente alrededor de su cuello.
Se lo tocó.
Lo tenía frío y rígido, y eso era tan impropio de la abuela como era posible. Ella siempre irradiaba calor; Charlie se había calentado los huesos junto a ella muchas noches frías.
Se sentó a su lado, con sus rodillas nudosas juntas. Apoyó una protectora mano en su mejilla, que también estaba fría, como si la mujer hubiera estado fuera, en la intemperie, y acabara de entrar buscando calor antes de caerse.
—¿Abuela? ¿Estás bien? ¿Estás herida?
Mientras la lluvia caía fuera, Charlie notó que una frágil parte de sí mismo se elevaba hasta el techo para mirar a la pareja en el arañado suelo del baño. La lluvia torrencial asumió las características de una melodía triste, como la que producía el órgano de la iglesia.
Ese «yo flotante» se unió a lo que quedaba de él en el suelo y las familiares palabras se formaron abruptamente en su cabeza.
No eres un niño.
Eres un hombre.
Compórtate como tal, Charlie.
Consiguió darle la vuelta a la abuela y pegó la oreja a su pecho, poniéndole un dedo en el cuello. Había visto a los hombres de la ambulancia hacer aquello en la calle con la gente ensangrentada después de los bombardeos.
El latido del corazón.
El movimiento de la respiración.
La abuela no tenía ninguna de las dos cosas.
Le puso el dedo en los labios, intentando detectar su aliento.
Le tocó la mejilla. Ahora estaba incluso más fría.
Se echó hacia atrás y la miró allí donde estaba, desvalida. No; muerta, tenía que admitirlo. El cuerpo laxo, la boca caída, los ojos fijos.
Intentó cerrarle los párpados, pero se negaron a bajar. Tenía que informar a alguien de aquello, pero su mente no le dijo quién podría ser esa persona. Después, tuvo por fin una chispa de decisión.
Había un vecino arriba, un hombre que trabajaba en una carnicería a dos calles de distancia.
Había sido amable con la abuela: de vez en cuando le daba un hueso para que se lo echara a la sopa, encontraba recortes de carne aquí y allá para ellos siempre que podía, siempre los saludaba alegremente cuando pasaban por su lado e iba a ver cómo estaban cuando los jerries terminaban con sus asuntos en el cielo durante la noche.
Charlie abrió la puerta y subió corriendo un tramo de escalera. No dejó de llamar hasta que oyó que el hombre decía: «Vale, vale, espera un momento, ya voy».
Charlie dijo apenas lo suficiente para que el hombre lo acompañara. Los pies descalzos del tipo bajaron rápidamente las escaleras y Charlie lo siguió despacio. Sabía lo que lo esperaba en el baño y no tenía prisa por abrazarlo de nuevo.
Más tarde, un policía apareció con un caballero de traje oscuro y bombín que llevaba una bolsa negra y pasó un momento en el cuarto de baño con la abuela todavía en el suelo.
El hombre sacó una libreta con portada dura de aspecto oficial, rellenó algo en una de sus páginas, lo firmó, arrancó pulcramente la hoja y se la entregó al policía.
Charlie creyó oír al hombre diciendo algo del corazón de la abuela.
El poli le había preguntado dónde estaban sus padres. Él le había contestado, casi automáticamente, que su padre estaba en el ejército y su madre en el trabajo. El poli asintió y le pidió que le diera el pésame a su madre. Después, los dos hombres se marcharon.
El vecino le había preguntado si había alguien con quien pudiera ponerse en contacto, si tenía algún sitio a donde ir. Un temeroso Charlie le contestó que sí, aunque en ese momento no se le ocurría ni quién ni a dónde acudir.
Un rato después, un automóvil alargado y negro apareció con hombres en respetuosos trajes oscuros y sombreros de copa y paraguas para protegerse de las inclemencias del tiempo.
Uno de los hombres de traje oscuro le dijo a Charlie que el médico que había firmado la defunción de su abuela los había avisado de que necesitaban sus servicios fúnebres.
Charlie asintió sin ganas y les enseñó dónde estaba la abuela.
Mientras se llevaban su cuerpo escaleras abajo en una camilla, tapado con una sábana, Charlie pensó en la dirección, por alguna razón: Dapleton Terrace, 13, apartamento 4A, Bethnal Green, Londres.
Ese ya no era su hogar.
Los vecinos salieron del edificio y observaron cómo metían a la abuela en la parte de atrás del largo automóvil.
Algunos se santiguaron, otros bajaron la cabeza y otros más derramaron lágrimas porque la vida era muy dura allí y la abuela había sido amable y servicial con todos.
Tejiendo un gorro o unos guantes para el hijo de un vecino, subiendo un cuenco de sopa caliente, regalando trozos de pan de lo que sobraba de su tienda, preparando una cataplasma para los pitos del pecho o simplemente ofreciendo otro par de manos recias y amorosas y una voz consoladora para ayudar a una madre cansada con su recién nacido.
El automóvil largo arrancó y la abuela se marchó para siempre.
Un hombre con bigote y sombrero de copa le había dado a Charlie una tarjeta con el nombre y la dirección del lugar al que iban a llevarla.
Le dijo a Charlie que les pidiera a sus padres que acudieran allí al día siguiente.
No le preguntaron quién pagaría. No le preguntaron nada.
Ni siquiera le preguntaron si tenía padres, al menos, o dónde estaban en ese momento.
Al parecer, durante la guerra era así, sin más, sobre todo allí donde Charlie vivía.
Su familia no había enterrado a su padre porque no había tenido cuerpo que enterrar.
Y Charlie seguía en el hospital cuando pusieron los restos de su madre bajo tierra.
Recordaba con claridad haber asistido al funeral de su abuelo, un asunto del que su abuela se había ocupado.
Ahora era su turno, y no estaba seguro de cómo hacerlo.
Durante mucho tiempo se quedó allí, en el peldaño superior del número 13 de Dapleton Terrace, mientras la gente pasaba de largo para volver al interior y continuar con el día.
Algunos le tocaban el brazo, decían algunas palabras de pésame o le alborotaban el cabello.
Dos mujeres lo abrazaron. Otra puso en sus manos frías un trozo de queso entre dos rebanadas de pan calentado al fuego.
Aun así, se quedó allí porque el 4A ya no era su hogar.
No tenía casa.
No tenía abuela.
No tenía nada, en realidad, excepto a sí mismo, ¿y eso de qué le servía?, pensó.
La mente de Charlie, por alguna razón, reconocía todo aquello, pero eso no parecía tener ningún efecto emocional en él.
No había llorado. No se había tumbado en el suelo, paralizado.
En realidad, no había hecho nada, y se sentía terriblemente culpable por no reaccionar visceralmente, como era adecuado, tras la traumatizante muerte de su abuela.
Su fallecimiento se había merecido mucho más de él, y no obstante había fracasado al cumplir con su responsabilidad con ella después de muerta igual que lo había hecho mientras todavía respiraba.
No había conseguido para ella el sombrero y las gafas, ni el dinero del alquiler. Nunca le había dado nada, en realidad, excepto momentos difíciles. Y ella había abandonado aquella vida seguramente pensando que su único nieto nunca serviría para nada bueno.
Regresó a su apartamento y agarró el único vestido formal limpio que su abuela tenía.
Tomó sus medias y su ropa interior y sus zapatos de ir a misa, aunque ninguno de ellos había sido religioso después de la muerte de su madre.
Pero aquella sería la ropa con la que la enterrara y tenía que ser adecuada.
Lo metió todo en una bolsa de hule que sacó de debajo del fregadero de la cocina.
Se puso su abrigo y su gorra y se marchó del apartamento con las cosas de su abuela en una bolsa y todas sus posesiones en otra.
Salió a la calle, donde la lluvia había tenido la bondad de cesar, al menos un poco. Esperaba que hubieran conseguido cerrarle los ojos a la abuela. No parecía correcto que siguieran abiertos si ya no podía ver nada con ellos.
Esperaba que los cuatro chelines y seis peniques fueran suficientes para un entierro adecuado, pero algo le decía que no lo sería. ¿Y qué pasaría entonces con la abuela?
Charlie corrió por la calle hasta el único lugar de todo Londres al que se le ocurrió ir.