Un nuevo plan
UN NUEVO PLAN
T res noches después, Charlie estaba mirando el techo de su alacena, reflexionando sobre las cosas.
Le había llovido al volver a casa después de una excursión nocturna durante la que había limpiado los escombros de un barco amarrado en el Támesis por dos chelines y un cuarto de hogaza de pan y una cuña de cheddar para acallar su estómago vacío.
Se había secado lo mejor posible para que la abuela no supiera que había salido.
Dudaba de que pudiera usar la excusa de los piojos por segunda vez.
Miró el diario con la idea de transformarlo en cinco libras. ¿La señora Virginia Woodley de King podía oírla golpeando los paneles oscurecidos de la ventana en la otra habitación.
El día siguiente sería frío y húmedo, y le preocupaba que la abuela tomara frío en el pecho.
La mayoría de los medicamentos era para los soldados, como era lógico.
Tendría que vigilarla con atención. Y quizá podría usar parte de su futuro salario para comprarle algún jarabe para la tos en el boticario que había bajando la calle.
Después volvió a pensar en Molly y en su reunión con el señor Oliver.
Ella le había mentido, o eso creía él. Su padre no estaba en el Ministerio de Alimentación; se había largado.
Charlie estaba convencido de ello. Así que, incluso con su bonita casa y su niñera y un Singer, no tenía padres, en realidad, mientras que Charlie al menos tenía a su abuela.
No obstante, se cubrió los ojos con una mano y pensó en lo agradable que sería tener padres.
Quizá Molly estaba tumbada en su cama pensando lo mismo.
Eso forjaba una conexión definitiva entre ellos, se dio cuenta de repente, lo que era sorprendente porque ambos procedían de mundos muy diferentes.
Y aunque Ignatius Oliver le caía muy bien, era bastante raro. ¿Y esos paquetes de papeles? Le había dicho que era un manuscrito, o algo así. Pensó en el callejón donde Oliver había recibido más papeles de manos del mismo tipo al que vio la primera noche en el Bastión de los Libros.
Sí, bastante raro.
Se levantó y pasó algún tiempo usando saliva para quitarse las manchas de la ropa, como un gato hacía con su pelaje, y asegurándose de que su gorra de tela estaba en buena forma.
Se ocuparía de su cabello por la mañana y usaría el grifo y la pastilla de jabón para frotarse la cara y las manos hasta que estuvieran rosas.
Terminada la exigua limpieza de su ropa, un agotado Charlie regresó a su caja.
El aporrear de la lluvia se volvió gradualmente tan melódico que, cuando cerró los ojos, sucumbió a un sueño que lo llevó más allá de cualquier posible despertar.
Cuando por fin abrió los ojos, seguía lloviendo fuera.
Se sentó y estiró en su cama, con la sensación de que era más tarde de lo habitual.
Entonces se le ocurrió: no había oído los pasos, ni el movimiento hasta el lavabo, ni la actividad en la cocina mientras la abuela se preparaba para marcharse a trabajar por la mitad del sueldo. Y no había notado el beso en su frente.
¡Debo haber dormido como un tronco!