Extraños en el tiempo Condiciones paralelas
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Condiciones paralelas

CONDICIONES PARALELAS

E l reloj de una torre lejana dio la hora.

Charlie miró el cielo turbio mientras giraba en el conocido callejón.

Había decidido contarle a Ignatius Oliver que él era uno de los chicos que habían abandonado a Eddie y al policía muerto.

No sabía si Oliver llamaría a la policía o no.

Esperaba que no, pero no podía seguir guardándose aquello dentro.

Y no podía contárselo a su abuela. No quería ver la aplastante decepción en su rostro.

No estaba seguro de poder sobrevivir a eso.

Se detuvo en cuanto la vio.

—¿Se… Señorita?

Molly, junto al sucio escaparate del Bastión de los Libros, se giró para mirarlo.

—¿Charlie? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Quería preguntarle una cosa al señor Oliver. ¿Qué haces tú aquí?

—Tengo algunas cartas que quiero que lea.

—¿Cómo has llegado aquí? —le preguntó.

—Tomé un taxi.

—No deberías estar sola por la noche.

—¿Y tú deberías? —replicó.

Él hizo un ademán.

—Sé cuidarme solo. Pero tu caso es muy diferente.

—¿Porque soy una chica?

—No, porque ya no sabes cómo es esta ciudad.

—Bueno, como puedes ver he conseguido llegar aquí sin problema —dijo, animada. Después se metió la mano en el bolsillo y sacó la media corona—. Vas a quedarte esto.

—No, señorita.

—Si no lo haces, lo tiraré a esa alcantarilla.

—¡Ni se te ocurra! —exclamó un desconcertado Charlie.

—¿Quieres verlo?

Charlie se acercó despacio, tomó la moneda y se la guardó en el bolsillo. Después probó el pomo de la puerta, pero estaba cerrada.

—¿Qué le ha pasado a la puerta? —preguntó Molly, fijándose de repente en el daño reparado.

—Yo qué sé —mintió Charlie—. Ha puesto la campana fuera.

—Aquí dice que llamemos para que nos atiendan. No hay letrero de cerrado y las luces están encendidas, así que vamos a hacerlo.

Charlie hizo sonar la campana y esperó. Pronto, a través de una rendija en las cortinas cerradas, vieron que Oliver salía de detrás del mostrador. El hombre caminó rápidamente hasta la puerta y la abrió.

—Molly, Charlie, qué inesperada sorpresa. Por favor, entrad.

Lo hicieron.

—Es bastante tarde. ¿Algo va mal?

Ellos negaron con la cabeza.

—¿Os apetece un poco de té?

Ambos negaron con la cabeza una vez más.

Oliver miró el escaparate y dijo:

—Aquí estoy yo, un vigilante antiaéreo, y no había cerrado bien mis cortinas opacas. Debería ponerme a mí mismo una multa por dejar pasar la luz. —Las cerró del todo antes de volverse hacia la pareja—. Bueno, ¿qué puedo hacer por vosotros?

Molly miró a Charlie.

—¿Quieres ser el primero?

—No, adelante —contestó, apresurado, Charlie.

Molly sacó las cartas y le explicó a Oliver qué eran y que su madre se encontraba en un sanatorio de Cornwall. Miró nerviosamente a Charlie al hacerlo, y sus mejillas se tiñeron ligeramente de rojo con la confesión.

—Quizá podría leerlas y darme algún consejo —sugirió Molly.

—No sé si te seré de alguna ayuda, ya que no soy médico.

Oliver se puso sus anteojos, tomó las cartas, las ordenó y las leyó de la primera a la última mientras Charlie y Molly lo miraban.

Cuando terminó, volvió a guardar la correspondencia en sus sobres y se los devolvió a Molly. Se quitó las gafas y se las limpió en la manga.

—Parece grave, Molly. Aunque no soy médico, mi hermano lo es, así que había oído antes los términos «fobia social» y «neurosis».

Puede ser bastante difícil superarlos. Y, como ocurre con cualquier enfermedad de la mente, el tratamiento no es tan sencillo como tomar una cucharadita de aceite de ricino o vendarse la mano.

—Pero ¿podría mejorar?

—Oh, sin duda. No sé a qué tipo de tratamiento se refieren exactamente, pero estoy seguro de que están velando por su bienestar. Bueno, ¿qué piensa tu padre de todo esto?

Molly miró a Charlie y lo encontró observándola con seriedad.

La chica volvió a mirar a Oliver y contestó, despacio:

—Está… Él también está muy preocupado. Ha estado en contacto constante con el doctor Stephens, como ha visto en las cartas. Fue a Cornwall a llevar a mi madre y la ha visitado a menudo.

—Entonces no estoy seguro de saber en qué quieres que te ayude exactamente. Él se encuentra en mejor posición para responder a todas tus preguntas o para tomar cualquier medida necesaria.

—Lo que pasa es que su trabajo en el Ministerio de Alimentación lo tiene absorbido. A veces no viene a casa por la noche. Creo que, si pudiera aliviarle de esa carga, las cosas mejorarían.

Oliver frunció el ceño y negó con la cabeza.

—Eres muy joven para aliviar a tu padre de una responsabilidad así, Molly. Por ejemplo, ningún médico atendería a tus instrucciones respecto al tratamiento de tu madre. Puede que ni siquiera quisieran hablar del caso contigo.

—¡Pero soy su hija! —exclamó Molly acaloradamente—. Y no soy ninguna niña. Tengo casi dieciséis años.

—Si estuviera en mi mano, yo te lo contaría todo sobre su estado. Pero por desgracia no lo está. Y si mi hermano mayor sirve de alguna indicación, los miembros de la profesión médica pueden ser bastante paternalistas con aquellos del sexo débil.

Molly se sintió desanimada.

—Pero ¿usted cree que es posible que pueda visitarla?

—Estoy seguro de que, si hay un modo de hacerlo, tu padre lo organizará e irá contigo.

—La cuestión es que está muy ocupado —dijo Molly, despacio—. Hay días en los que ni siquiera lo veo. No creo que sea posible que pueda marcharse.

—Quizá podrías llamar por teléfono —sugirió Oliver.

—Lo intenté, pero la línea no está operativa.

—Sí, eso ocurre muy a menudo ahora. Pero no sé qué podría hacer yo.

—¿El viaje hasta Cornwall es muy largo? —preguntó Molly.

—Bastante largo, sí. Oh, es un condado precioso.

La gente va allí a menudo por salud, para tomar el aire del mar.

Bueno, hay trenes que te dejan en Paddington, pero para llegar hasta allí hay que hacer varios transbordos, o al menos había que hacerlos.

Pero, con la guerra, no tengo ni idea de cuánto tiempo llevaría, y ni siquiera si sigue siendo posible.

Lo último que supe era que todas las líneas de ferrocarril al sur de aquí estaban suspendidas.

No estoy seguro de si eso incluye Cornwall o no.

—¿Usted ha estado allí? —le preguntó Molly, animada.

—Bueno, en Plymouth y en Devon, muy cerca de Cornwall. Mi esposa y yo estuvimos allí de luna de miel.

—Quizá se hospedaron cerca del lugar donde está el instituto —dijo Molly.

—Quizá, pero no recuerdo ningún sitio así. Tampoco sé cuánto tiempo lleva ahí, y nuestra luna de miel fue hace quince años. —Su rostro se abatió al decirlo—. Quince años… Parece que fue ayer. Siempre habíamos planeado regresar, pero…

—Siento mucho haberle recordado todo eso —dijo Molly, notando su desesperación.

—No pasa nada. No podrías haberlo sabido.

—Entonces supongo que no podré ver a mi madre —dijo Molly.

—Deberías hablar con tu padre de esto —la instó Oliver—.

Estoy seguro de que, aunque esté terriblemente ocupado, podrá hacer una llamada al instituto para dejarte hablar con el médico, o incluso con tu madre, si es posible.

O quizá podría organizar un viaje hasta allí gracias a sus contactos en el gobierno.

—Sí, sí —dijo Molly con debilidad—. Yo… Hablaré con… mi padre.

—Bien —replicó Oliver, aunque parecía desconcertado por la evidente falta de entusiasmo de la chica ante su totalmente razonable sugerencia.

—Señor Oliver… —dijo ella—. Hay una cosa más.

—¿Sí?

—Sé que esto va a sonar bastante tonto, pero parece que… Lo que quiero decir es que… creo que alguien está vigilando mi casa. Y siguiéndome.

—¿Siguiéndote? —replicó él.

—Sí. Cuando vine aquí a verle la primera vez, dos hombres me siguieron en un coche. Estoy segura de ello. Y he visto a otro hombre vigilando mi casa. Y también lo ha visto mi niñera.

—Y no olvides al tipo que te hizo la foto en el parque y después salió por patas —añadió Charlie.

—¿Te hicieron una fotografía? —repitió Oliver.

—Bueno, al menos eso creo —dijo Molly.

—¿Le has contado esto a tu padre?

—Yo… No, pero supongo que debería.

—Sí, Molly, sin duda deberías. Podría no ser nada, pero uno nunca tiene suficiente cuidado. Sobre todo, hoy en día.

—Por supuesto. Sí, se lo contaré de inmediato.

—Bien. —Oliver miró a Charlie—. ¿Y tú cómo estás, Charlie?

—Estoy bien, jefe.

—¿Y qué te trae por aquí?

—Yo… Vi que le habían reventado la puerta.

—Sí, parece que alguien intentó entrar. No vi quién. Fue un grupo de chicos, creo. Tuvo un final trágico. Quizá hayáis oído hablar de ello. Dos personas murieron después de que un camión las atropellara en la calle.

—Oh, vaya, ¿se refiere al policía y al chico? Charlie y yo lo leímos en el periódico.

El hombre miró a Charlie.

—No tengo ni idea de por qué de entre todas las tiendas de por aquí eligieron la mía.

—Quizá no eran muy listos —dijo Charlie, apartando la mirada—. O quizá querían libros, ¿no?

—Quizá —asintió Oliver—. Pero no creo que hayas venido hasta aquí por eso. No pudiste ver en qué estado estaba mi puerta hasta que llegaste aquí. ¿Cuál fue la razón para que planearas venir?

—Yo… Bueno… —Charlie miró a Molly de soslayo—. Quería pedirle que me empreste un lápiz.

—¿Un lápiz?

—Sí, pa escribir en el libro que me dio.

—Pero ¿no tienes lápiz para el colegio? —le preguntó Molly.

—Sí, pero tenemos que dejarlos allí. No nos dejan que nos los llevemos a casa.

—Pero ¿no te mandan deberes para hacer en casa? —insistió.

Charlie la miró con irritación.

—Leer y cosas así. No escribir.

—Tengo algo mejor que un lápiz. —Oliver se acercó al mostrador, abrió un cajón y regresó con una pluma—. Esta era la pluma con la que mi esposa solía escribir antes de que le comprara una nueva para nuestro primer aniversario.

—No creo que quiera desprenderse de ella —le dijo Molly.

—Digamos que es un préstamo , ¿de acuerdo, Charlie? Cuando hayas terminado con ella, o cuando consigas otro instrumento de escritura, puedes devolvérmela.

Se la ofreció a Charlie, que no intentó agarrarla.

—No pasa nada, Charlie, de verdad. Me gustaría que la tuvieras tú.

Despacio, Charlie tomó la pluma y curvó sus dedos sucios alrededor de su piel brillante.

—Gracias —murmuró.

—Estoy seguro de que lo que escribas con ella será importante —dijo Oliver.

—Eso lo dudo —replicó Charlie.

—Aunque solo sea importante para ti —se corrigió Oliver—. Que es a menudo lo más importante de todo.

—Ese es un bonito pensamiento —dijo Molly.

—Fue Imogen quien lo dijo.

—Estoy segura de que la echa mucho de menos.

—Un poco más que mucho, en realidad —contestó Oliver, apartando la mirada.

—¿Fueron las bombas? —le preguntó Charlie—. ¿Cómo murió?

—¡Charlie! —exclamó Molly, en tono de reprimenda—. Eso no es asunto tuyo.

Por supuesto, ella también quería hacerle a Oliver esa pregunta.

—No, no, no pasa nada. Diré que fueron los bombardeos, pero que no fueron los bombardeos. Y eso es lo único que… puedo decir. Tengo la sensación de que yo mismo no sé mucho más, sinceramente. —En tono más ligero, añadió—: ¿A alguien le apetece ahora una taza de té?