Extraños en el tiempo El santuario de los santuarios
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El santuario de los santuarios

EL SANTUARIO DE LOS SANTUARIOS

M olly se apresuró por el pasillo y entró en el despacho de su padre.

Cerró la puerta y miró el espacio lleno de libros que la rodeaba.

Cruzó la habitación, apartó la cortina y echó un vistazo calle arriba y abajo.

No había automóviles en movimiento ni gente caminando.

Sobre los tejados de las casas de enfrente podía ver la noche acercándose mientras el cielo ardía, dorado y rojo, antes de que el sol al ponerse lo extinguiera.

Se sentó ante el escritorio. Hizo girar la butaca de cuero verde.

De pequeña, a veces daba vueltas en ella hasta que se mareaba.

Una vez estuvo a punto de vomitar, pero por suerte consiguió llegar al aseo antes de mancillar el lugar sagrado de su padre.

Como no quería usar el interruptor eléctrico de la pared, encendió una vela, sacando un fósforo de la misma caja que su padre había usado para encender la miríada de pipas colocadas sobre el soporte de madera del escritorio.

En un lado de la mesa estaba el grueso teléfono negro desde el que sin duda Herbert Wakefield hacía las llamadas importantes.

De niña había levantado el auricular y fingido llamar al Rey para preguntarle si quería tomar el té.

Su padre le había enseñado a hacer una llamada telefónica de larga distancia a su ahora difunta abuela en Shrewsbury por el día de su cumpleaños.

Levantó la pluma Conway Stewart, que estaba segura de que se había mantenido perfectamente paralela al abrecartas desde el mismo día en el que su padre salió por la puerta.

Sostuvo la pluma sobre un pliego en blanco con las iniciales de su padre.

La pluma parecía ahora pequeña y bastante insignificante en su mano, pero claro, su mano era mucho más grande que la última vez que la sostuvo.

No obstante, no se le ocurrió nada lo bastante excepcional como para ensuciar la página con ello, así que dejó el instrumento a un lado.

¿Y si se marchó de aquí y de algún modo lo mataron?

Cerró los ojos y apoyó la adolorida cabeza sobre la mesa, hasta que diez minutos después oyó ruido en el pasillo y se abrió la puerta. Levantó la cabeza a tiempo de ver que era la señora Pride con una bandeja con comida.

—¿La dejo sobre la mesa, querida?

—Pero le dije que…

—Un poco de pan con queso no es una comida adecuada para ti —dijo su niñera con firmeza—.

Aquí tienes una salchicha gordita, algunas patatas fritas, mostaza, pan y queso, y una zanahoria.

Y una chirivía bastante buena por la que prácticamente tuve que pelearme con una supuesta señora.

Y una taza de té recién hecho con leche de verdad, y he conseguido nuestras raciones de azúcar.

—Gracias, señora Pride, muchas gracias.

—Oh, Molly, no deberías estar sentada ahí en la oscuridad, con solo una vela.

Después de soltar la bandeja se movió para encender la luz, pero Molly la detuvo.

—No la encienda, por favor. En realidad, ahora mismo prefiero estar a oscuras, señora Pride. Tengo un poco de migraña.

—Bueno, si estás segura…

Mientras Molly la observaba, la niñera soltó los cubiertos y una servilleta de tela.

Esto hizo que Molly recordara su infancia.

La señora Pride acudía a su dormitorio cada mañana y se aseguraba de que su pupila estuviera adecuadamente limpia.

Después de cepillarle concienzudamente el cabello, la ayudaba a vestirse y la acompañaba abajo en un estado presentable.

Sus padres solían estar sentados a la pequeña mesa del desayuno ante el soleado ventanal que había junto a la cocina: su padre en silencio, concentrado en el Times con una taza de café, gachas, una tostada integral y dos huevos escalfados; su madre bordando un poco mientras esperaba a que su hija se levantara.

Después, Eloise Wakefield dejaba a un lado lo que estaba haciendo y se convertía en la leal compañera de la niña durante tanto tiempo como esta deseara.

A veces, la señora Pride tenía que arrebatarle a Molly, literalmente, para continuar con sus tareas.

Molly recordó que su madre nunca parecía más feliz que cuando la miraba.

Y a ella siempre le había encantado ser el centro de atención.

Pero ahora, recordándolo con una perspectiva más madura, entendía las dificultades que una separación prolongada habrían causado en una madre tan dedicada a su única hija.

Eso debía ser a lo que la señora Pride se había referido antes.

¿Y después de lo que le había ocurrido en ese refugio?

Eso habría devastado a cualquiera, tuviera problemas mentales previos o no.

Se sacó el colgante que llevaba al cuello y lo abrió para revelar una vez más el retrato de su madre. Su rostro era dulce y amable. ¿Qué aspecto tendría ahora? Y más importante, ¿cómo sería su carácter?

—¿Necesitas algo más? —le preguntó la señora Pride.

Molly volvió al presente con un ligero sobresalto.

—¿Qué? Disculpe, no. Estoy bien, gracias.

—¿Estás segura de que estás bien, querida? —insistió la señora Pride en una voz que dejaba claro que no creía que Molly estuviera «bien», en ningún sentido. La mujer miró con nerviosismo el colgante.

—Estoy perfectamente bien, gracias. Oh, señora Pride, ¿ha…? Uhm, sé que esto sonará extraño, pero ¿le ha parecido que alguien pudiera estar vigilando la casa?

Su niñera levantó las cejas.

—¿Vigilando la casa?

—Sí. Unos hombres. Quizá en un coche.

—Bueno, bien pensado, un par de veces me ha parecido ver al mismo hombre fumando un cigarrillo al otro lado de la calle. Pensé que solo era un saqueador, pero no iba vestido así. Parecía… Bueno, un caballero, no uno de esos gamberros de las calles. ¿Tú también lo has visto?

—Creo que sí.

—¿Crees que deberíamos contárselo a la policía? —le preguntó la señora Pride.

—Creo que deberíamos, sí. Puede que no sea nada, pero… Bueno, uno nunca sabe, sobre todo hoy en día.

—De acuerdo, Molly, se lo contaré a un policía la próxima vez que vea uno. El que hace la ronda por aquí es un chaval joven, bastante considerado. Bueno, ¿necesitas algo más?

—Oh, me gustaría el resto de las cartas del médico de Cornwall.

—Sí, por supuesto, gracias por recordármelo —contestó la mujer, evitando su mirada. A Molly le pareció que estaba claro que su niñera preferiría no afrontar aquel dilema familiar.

La señora Pride se marchó y Molly se sentó ante la mesa para comer. Se colocó la servilleta en el regazo, organizó los cubiertos, le puso a todo un pellizco de sal y comenzó. La sencilla comida fue maravillosa, pero en realidad cualquier cosa lo habría sido, con un hambre tan voraz.

La puerta se abrió cuando estaba terminando de cenar, y la señora Pride entró con un montón de cartas.

—Estaban en el dormitorio de tus padres. He tardado un poco en encontrarlas.

—Gracias.

La señora Pride dejó las cartas sobre el escritorio, recogió la bandeja y se marchó, cerrando la puerta a su espalda.

Tras ordenarlas cronológicamente, Molly tomó la primera carta. Estaba escrita en el mismo papel rígido. El contenido era breve pero directo: su madre estaba bajo tratamiento y se encontraba bien.

La siguiente carta y la tercera decían lo mismo.

Después, en subsiguientes comunicaciones del doctor Stephens, el mensaje cambiaba ligeramente, pero Molly todavía conseguía entender el significado que había tras los complicados términos médicos.

Había ciertos desafíos en el diagnóstico de su madre, afirmaba el doctor Stephens.

Otra carta advertía que cabía esperar «oscilaciones anímicas» extremas.

Después, en otra carta fechada catorce meses antes, había una ominosa advertencia de que su condición se había deteriorado , solo para ser revivida en la siguiente con un pronóstico mejor.

Había más cartas con este patrón de altibajos.

La última carta solo decía que la señora Wakefield estaba respondiendo a ciertos tratamientos y que el doctor Stephens se sentía prudentemente optimista por haber dado con el curso correcto esta vez.

Mientras apartaba la última carta, Molly era muy consciente de que la correspondencia del doctor Stephens había terminado más o menos en la misma época en la que su padre se había marchado. No estaba segura de que ambas cosas estuvieran relacionadas, pero sin duda podían estarlo.

Tuvo una idea y levantó el grueso auricular del teléfono. Marcó para hablar con la operadora y una voz le preguntó qué necesitaba. Molly le dio el número de teléfono del Instituto Benéfico impreso en el membrete.

—Está en Cornwall —añadió.

— Espere un momento, por favor. Para llamar a ese número necesitará a la operadora de larga distancia .

Se produjo un largo silencio. Después, otra operadora se unió a la llamada.

— Lo siento, el número no responde. Las líneas pueden estar inoperativas. Por favor, inténtelo más tarde .

Molly suspiró, volvió a colocar el auricular en su base y observó la vela del escritorio hasta que solo fue una masa de cera.

Estaba ya bastante oscuro fuera, porque las farolas de gas ya no se encendían.

Obviamente, no podía viajar a Cornwall aquella noche.

Y no tenía ni idea de a dónde había ido su padre, o si seguía vivo.

Necesitaba hablar con alguien. Y quizá conocía a la persona perfecta para ello.