Sin aliento
SIN ALIENTO
E l día casi había terminado cuando Molly se sentó por fin en su cama con las mejillas teñidas de un intenso rosa, el cabello pegado a la cabeza y la respiración enfermiza y dispareja.
Se sentía lenta, febril y temblorosa, como si la aquejara una enfermedad.
La señora Pride había llamado a su puerta varias veces, pero Molly no había respondido, y al final su antigua niñera siguió con sus cosas.
Y después Molly se había quedado dormida, al parecer agotada mentalmente.
Tienes que controlarte, Molly, porque, ¿de qué va a servirte llorar? Ignoró su dolor de barriga y de cabeza, porque no había comido nada en todo el día, y abrió la carta del sanatorio de Cornwall. La hoja estaba inusualmente rígida, y Molly creyó detectar un olor químico en sus pliegues.
La carta estaba dirigida a su padre, Herbert James Wakefield.
Las palabras eran directas y antisépticas, ofreciendo una evaluación sincera de la condición de su madre.
El autor de la carta era el doctor Thaddeus P.
Stephens. Era su decidida opinión médica que Eloise Mary Wakefield sufría una neurosis de ansiedad aguda, pero creía que su pronóstico mejoraría con ciertos tratamientos.
Stephens no decía con exactitud cuáles eran esos tratamientos; en lugar de eso, utilizaba algunos términos médicos de arcano significado.
Molly necesitaba ver las otras cartas más recientes del doctor Stephens que había mencionado la señora Pride.
Y también necesitaba comer algo. Nunca había pasado tanto tiempo sin comer.
Mientras se lavaba la cara en el grifo del baño y se peinaba, se miró al espejo y, en su mente, vio en él a una mujer mucho mayor.
Bajó la escalera, agarrándose con fuerza a la barandilla, ya que todavía sentía las piernas débiles.
—¿Señora Pride? —llamó.
Para su sorpresa, la mujer no contestó.
Molly subió las escaleras traseras que conducían al pequeño apartamento y golpeó la puerta con los nudillos.
No obtuvo respuesta. Abrió la puerta y miró el interior.
La cama estaba hecha y no había nadie allí.
Se acercó al cuarto de baño de la señora Pride, pero también estaba vacío.
Caminó hasta la cocina y miró en la despensa.
Estaba casi vacía. Abrió la nevera y encontró una rebanada de pan, un poco de margarina y queso.
Puso el queso en el pan, lo colocó en un plato, encendió la tetera para hervir agua y después llevó el té y el sándwich de queso con margarina a la mesa de la cocina.
Cuando terminó, Molly se preguntó qué hacer.
¿Debía buscar las cartas en el dormitorio de la señora Pride?
¿O estarían quizá en el despacho de su padre?
No había estado allí desde su regreso, aunque era una habitación que de niña había adorado.
Estaba llena de estantes con libros viejos y de los aromas dulces del fuerte tabaco de pipa de su padre y de los matizados olores que expelían los viejos tinteros.
En una esquina había unas cómodas butacas de cuero agrietado y un pequeño sofá con desgastados cojines con imágenes de caballos y carruajes de otra era.
La habitación contaba también con una recia chimenea y con una whiskera con vasos sobre una mesa auxiliar de madera con superficie de granito que, de pequeña, no se había atrevido a tocar.
Aquel había sido el santuario de su padre. Olía a él.
Recordaba vívidamente haber abierto la puerta del despacho para ver a su padre en su escritorio escribiendo una carta en el papel con sus iniciales con su pluma favorita, una Conway Stewart con diseño de espiga y plumín dorado.
Él le había permitido que practicara caligrafía con esa misma pluma.
La sensación de la pluma en su pequeña mano había sido maravillosa, importante y sobria.
Fue entonces cuando oyó la llave en la puerta de la cocina y se giró a tiempo de ver a la señora Pride entrando apresuradamente con su cesta del mercado y su sombrero.
—Oh, Molly. Creía que estarías todavía dormida. —Cuando vio el plato sucio y la taza vacía sobre la mesa, exclamó—: ¡Oh, querida! Por favor, dime que no te has preparado la comida tú sola. Salí con las cartillas de racionamiento para conseguir los ingredientes para la cena.
Aunque el estómago de Molly seguía vacío, dijo:
—Oh, no pasa nada, señora Pride. Estoy llena. Puede usar lo que haya comprado en su comida.
La señora Pride la miró con nerviosismo.
—Espero que hayas descansado bien. Siento que… que las cosas de las que hemos hablado te hayan perturbado.
—Por supuesto que me han perturbado. Y aunque desearía que me hubiera escrito para informarme de todo esto, comprendo por qué habría vacilado al hacerlo.
—Bueno, gracias por ser tan comprensiva, querida.
—Pero mi padre no debería haberse marchado sin que usted lo supiera, y sin decirme nada a mí. ¿Y qué pasa con mi madre? ¿Sabe ella que se ha marchado?
—No… No lo sé.
Molly cerró los ojos un momento. Había adorado a su padre toda su vida. Nunca había puesto en duda su juicio sobre nada. Ahora se sentía tan herida como decepcionada con él.
Abrió los ojos.
—Bueno, ¿y el resto de las cartas del sanatorio? ¿Podría traérmelas? Estaré en el despacho de mi padre.
A Molly le pareció que había adoptado el tono de la señora de la casa. Y suponía que ahora lo era.
Pero… ¿Durante cuánto tiempo más?