Extraños en el tiempo El último indicio de los sueños
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El último indicio de los sueños

EL ÚLTIMO INDICIO DE LOS SUEÑOS

H abían cenado los restos de una empanada de carne, unas latas de fruta seca y una patata pequeña cada uno, todo enriquecido con varias tazas de té fuerte.

Después Imogen había sacado una botella de oporto que Oliver ni siquiera sabía que tenían.

Sirvió un poco en dos vasos y se sentaron en aquella misma habitación haciendo girar el licor ambarino y charlando despreocupadamente sobre cosas que no parecían tener ninguna importancia: el tiempo, los libros que acababan de llegar, el vergonzoso estado de la cocina.

A continuación, del ruidoso gato del callejón.

Después, un poco de cotilleo sobre lo que habían oído sobre esta o esa persona.

Al final, sobre que Desdemona Macklin no era demasiado simpática, aunque recordaba que la palabra que su esposa había usado en realidad era «arpía».

Y después Imogen había querido hablar de sueños.

Oliver se ajustó los anteojos mientras ella se adentraba en ese tema.

Él tenía formación de matemático, así que los sueños que no tenían nada que ver con los números (¿y qué sueños lo tenían, en realidad?), no formaban parte de su experiencia ni de su interés.

Había dado clase en un colegio privado masculino de Londres justo hasta el inicio de la guerra, cuando el centro cerró.

Debido a su habilidad con los números, lo habían reclutado para que trabajara en distintas instalaciones oficiales antes de ofrecerle un puesto a tiempo completo en Bletchley Park, donde los ingleses estaban intentando descubrir el sistema de encriptación alemán.

Pero aceptarlo lo habría alejado durante años de Imogen, siendo realista, y por eso había rechazado la oferta con cierta reticencia.

En lugar de eso, a pesar de las protestas de Imogen, se convirtió en vigilante antiaéreo.

Cada noche, acudía a su puesto de vigilancia a esperar a que las sirenas sonaran.

La alerta amarilla significaba que los bombarderos estaban a veintidós minutos de distancia, y la alerta roja, conocida coloquialmente como «las Winnies lloronas» o «las Minnies quejumbrosas», reducía ese tiempo casi a la mitad.

Cuando sonaba la alerta amarilla, los vigilantes soltaban sus dardos y sus naipes y corrían a ayudar a la gente a llegar a los refugios.

No obstante, como parte de su deber y mucho antes de que sonara cualquier sirena, los guardias también patrullaban sus sectores oficiales para comprobar que las ventanas y las puertas estuvieran tapadas, que los censos estuvieran actualizados, que las letrinas de los refugios estuvieran limpias y las cantimploras con agua en su lugar, además de asegurarse de que las bibliotecas de préstamo ubicadas allí estuvieran bien provistas.

Como marido de una librera, Oliver disfrutaba mucho realizando esa tarea concreta.

Había estado a punto de morir durante su trabajo como vigilante y aun así tenía la sensación de que no hacía lo suficiente. No obstante, era evidente que otros pensaban que su desempeño era más que pasable, e incluso lo habían galardonado por su servicio al Rey y al país.

Abrió el cajón de escritorio y sacó la Medalla de Jorge.

En el anverso estaba el rey Jorge VI, que había iniciado el honor de conmemorar a los civiles que habían mostrado una valentía ejemplar en época de guerra.

En el dorso estaba su tocayo san Jorge matando al dragón.

La cinta a la que la medalla estaba unida era escarlata, con cinco franjas azules.

Los hombres debían llevarla a la izquierda.

Oliver nunca se la había puesto después de que el Rey se la entregara, ya que, ¿por qué a él y a otros no, sobre todo aquellos que habían muerto? Volvió a guardarla en el cajón.

Aquella noche había mirado a Imogen y le había dicho, sinceramente:

—Estando aquí contigo ya estoy viviendo mi sueño, cariño.

Ella sonrió con ternura ante sus palabras y le dijo que los sueños eran marcadamente contradictorios. Él le preguntó a qué se refería.

—Los sueños nunca tienen un contexto, ¿verdad? Por eso son sueños, porque se trata de alcanzar algo tan imposible, tan poco práctico, a menudo tan poco merecido, que el mismo acto de desearlo dice más sobre nosotros de lo que lo hace el sueño en sí.

—Pero la gente puede esforzarse para conseguir su sueño —le había dicho él—.

Tú estás escribiendo una novela. Ese es tu sueño.

Te esfuerzas mucho escribiendo, y lo haces para conseguir ese sueño.

Por eso, si lo consigues, sin duda te lo merecerás.

Y eso, cariño, pone todo en el contexto que aduces que falta.

Oliver sabía que su esposa poseía un intelecto de primera y que era una rival dialéctica formidable, algo que había demostrado cuando estuvieron juntos en la universidad. Por esto, él sabía bien que su argumento, aunque sólido o bien intencionado, no saldría victorioso.

—Mi novela podría ser la mejor escrita del mundo, pero si a quien puede publicarla no le gusta lo que he escrito, mi sueño nunca se hará realidad.

No obstante, si lo que he escrito es un auténtico despropósito, pero cae en las manos de alguien influyente a quien le gusta un estilo tan deplorable, mi libro podría terminar siendo leído por muchos.

Mi sueño se habría hecho realidad, ¿no? Pero todo depende del capricho de otros.

—Le das demasiadas vueltas a las cosas, Imogen —le había respondido Oliver, intentando alejar a su esposa de uno de sus bajones—.

Los sueños, los tenga uno dormido o despierto, pueden ser frívolos y alegres o tristes y a veces temibles, pero forman parte de lo que nos hace humanos.

Me atrevería a decir que a veces pueden hacer tolerable una vida insoportable. ¿Está eso mal?

Ella se terminó su oporto antes de responder.

—No es cuestión de que esté mal o bien, Iggy.

—Este era su apodo para él, y a Oliver le encantaba por la intimidad que implicaba—.

Es una cuestión de honestidad. Soñar es a menudo engañarse a uno mismo.

Podríamos soñar tan a menudo sobre otro tipo de vida que nos olvidáramos de vivir la que ya poseemos.

—No hay nada de malo en aspirar a cosas mejores —había replicado él.

—Y es ahí donde se pierde el contexto, porque ¿quién puede juzgar lo que es mejor? ¿Arreglaría las cosas tener un millón de libras?

Él había sonreído.

—Bueno, yo al menos no rechazaría una suma así, si me la ofrecieran.

Ella miró de soslayo la caja metálica y, según entendió él, las páginas del interior.

—No deseo vivir una vida anodina. Tampoco deseo vivir una vida que no haya decidido yo. No quiero pasar mi tiempo buscando algo solo porque otro me diga que lo que tengo no es lo bastante bueno.

—Pero disfrutas escribiendo —le había dicho él.

—¿Alguien disfruta de verdad de algo?

Estaba a punto de hacer un comentario frívolo para aliviar la tensión cada vez mayor que notaba en ella, pero en lugar de eso se terminó el oporto y contestó:

—Entiendo perfectamente lo que quieres decir, Imogen. Debemos aprovechar todo lo posible aquello que tenemos. ¿Buscar algo distinto solo porque se percibe mejor debido a los estándares fijados por gente que quizá ni siquiera conocemos? Yo diría que eso es la cúspide del autoengaño.

Ella le agarró la mano y le echó una mirada implorante.

—¿Lo dices de verdad?

—Sí, Imogen, de verdad.

Un tiempo después ella tuvo otra conversación con él, en aquella misma habitación. Fue una charla que había cambiado su vida dramáticamente. No, esa palabra no era lo bastante potente. Lo había cambiado todo en él y en su mundo. Y había cambiado, de manera crítica, su relación con Imogen.

No mucho después de eso, ella murió.

Y él había accedido a lo que resultó ser su último deseo, total y completamente.

Así que, como hacía cada vez que entraba allí, Oliver se levantó y abandonó el despacho, cerrando la puerta con llave a su espalda, sin haber añadido una sola palabra a la obra inacabada que era lo único que su esposa le había dejado.

Oliver ya no soñaba, ni mientras dormía ni cuando tenía los ojos bien abiertos. Al parecer, ya no tenía estómago suficiente para ello.

Y quizá era esa la razón por la que le resultaba imposible añadir algo al trabajo sin terminar de su esposa.

Usó su Disco de Alberti una vez más para encriptar hábilmente un mensaje que representaba todo lo que sentía y todo lo que había soportado cada segundo de su vida desde su fallecimiento.

Siempre te amaré , Imogen. Y ese amor solo puede equipararse a lo profunda y tremendamente que te echo de menos .