El apreciado dominio de otro
EL APRECIADO DOMINIO DE OTRO
M ás tarde, Oliver miró su reloj; era la hora.
Colocó el letrero de cerrado en el escaparate, se sirvió una taza de té y se puso una vieja chaqueta de lana para combatir el frío húmedo que dominaba la tienda.
Se sacó una gruesa llave del bolsillo, bajó el corto tramo de escalera y se acercó a la puerta.
Dejó la taza y el platillo en una pequeña mesa contra la pared, tomó aire con desasosiego e introdujo la llave.
Abrió la puerta, se guardó la llave en el bolsillo y volvió a agarrar la taza y el platillo. Entró y cerró la puerta a su espalda.
Se tomó unos segundos para examinar el espacio.
Aquel había sido el despacho de Imogen. Habían vivido en el apartamento sobre la tienda, donde había un pequeño dormitorio, una cocina todavía más pequeña, una sala de estar minúscula en la que casi nunca se sentaba nadie, un dormitorio de invitados chiquitito y un baño.
Todo era sobrio y ordinario; las tuberías traqueteaban siempre, el agua nunca llegaba a estar caliente y la estufa nunca era suficiente.
Era frío cuando querías calor, e insufriblemente caluroso cuando buscabas frescor con desespero.
No obstante, el despacho compensaba todo eso y era el orgullo de Imogen.
Había sido el de su padre, antes del de ella.
John Bradstreet había sido un funcionario muy respetado que trabajó en importantes puestos para varios gobiernos.
Era el autor de un estante lleno de textos académicos y había recibido varios premios ilustres por sus obras.
Imogen lo adoraba, y lo echó de menos amargamente cuando falleció.
Cuando su carrera pública finalizó, el hombre comenzó la privada con aquella librería.
Aquella habitación había sido su provincia particular, y la había decorado de un modo que a Imogen le parecía perfecto, porque no había cambiado nada cuando heredó el negocio y con él el preciado santuario de su padre.
Primero estaba el escritorio. Era de roble macizo, con abundantes tallas en los laterales y una enorme superficie de trabajo revestida de piel verde oliva; tachuelas metálicas bordeaban la almohadilla de piel, como hileras de resueltas hormigas.
La butaca de respaldo alto estaba tapizada en un cuero marrón desvaído.
Había estantes en tres de las paredes, abarrotados con la colección de libros de Imogen y de su padre, muchos de ellos autografiados.
En la cuarta pared había una chimenea recia rodeada de ladrillo y con repisa de madera.
Antes de la guerra, el fuego ardía allí frecuentemente. Ahora era un lujo quemar algo en ella.
El resto del espacio lo ocupaba un cómodo grupo de sillas viejas con los asientos desgastados, mesas desvencijadas y una vida entera de objetos coleccionados, junto a una alfombra tan maravillosamente vieja y gastada como todo lo demás de la habitación.
El suelo era de tablas de nogal oscurecido que habían absorbido los aromas mezclados de incontables fuegos alegres y de las pipas de brezo Barling de su padre.
En el centro del escritorio, situada sobre el cuero, se encontraba una estupenda máquina de escribir Crown con un folio en blanco colocado en el rodillo.
Junto a la máquina de escribir había una caja para documentos metálica.
Delante de la máquina había un diario abierto en cuyas páginas fluía una elegante caligrafía y la pluma que la había hecho.
Era una obra de arte Onoto con un plumín dorado que Oliver le había regalado a Imogen en su primer aniversario de boda.
Le había costado un dineral, pero era una representación física de su amor por ella, fundida en delicado metal grabado y lustrosa madreperla.
Sacó algunos fragmentos de papel de un jarrón que había en la repisa, los colocó en la chimenea y después sacó dos trozos de carbón de una cesta y los lanzó también.
Encendió la cerilla, prendió los trozos de papel y los dejó arder, hasta que una exigua y consoladora calidez y su delicada luz invadieron el espacio.
Se acomodó en la butaca, miró lo que había escrito en el diario y colocó las yemas de los dedos con cuidado sobre las teclas de la Crown.
Aquella era siempre la parte más difícil. Bueno, todo en ello era difícil, pero esto… esto era el antiguo némesis de Oliver. Su Waterloo, por así decirlo.
El manuscrito a medio terminar y todavía sin título era de Imogen.
Ella había escrito ciento sesenta y cinco páginas antes de que su vida terminara.
Estaban en la caja de documentos que había junto a la máquina de escribir.
Él había leído todas las páginas. La historia era buena; no, era mejor que buena.
En realidad, pensaba que el manuscrito sin terminar era excepcional.
En esa masa de palabras estaba la perspectiva de su difunta esposa sobre la guerra, o al menos sobre el efecto de la guerra en su ciudad natal tejida en una novela narrada desde distintos puntos de vista: ricos y pobres, desde Mayfair a Stepney, desde pacifistas a héroes militares, desde líderes importantes a sus prosaicos seguidores, desde los miembros del partido conservador a los enérgicos anarquistas.
Ella había completado ciento sesenta y cinco páginas, las había guardado en la caja metálica, había colocado el siguiente folio en blanco en la Crown para tenerlo preparado al día siguiente, se había levantado de la mesa, había salido de su despacho y jamás había vuelto a entrar, y todo debido a la crueldad de la guerra.
La página ciento sesenta y seis seguía colocada en la máquina de escribir, esperando la impresión de las teclas.
Casi un año sin ella. Casi un año desde que sus dedos hábiles colocaron esa página en la máquina de escribir. Casi un año desde que me dejó para siempre. Solo. Y totalmente abandonado.
Oliver iba allí cada día a la misma hora exacta.
Acudía allí buscando inspiración, con la intención de terminar la novela de su difunta esposa y verla impresa con el nombre de esta.
Y cada día se sentaba en aquella butaca, inhalaba largas bocanadas de los antiguos vestigios del fuego y del humo de pipa, se bebía su té hasta que se enfriaba y ni una sola palabra que pudiera transferir al papel acudía a su mente.
Hacía todo lo que debía hacer, suponía. Colocaba sus dedos sobre las teclas, organizaba sus pensamientos y esperaba a que llegara la epifanía.
Esta nunca se acercaba a menos de un kilómetro de él.
Su dilema estaba bastante claro. Cuando intentaba unir las palabras, el rostro de Imogen reptaba hasta su mente y se instalaba en ella.
Con ese semblante delante, Oliver no encontraba la revelación ni experimentaba inspiración o lo que sea que ocurriera cuando lo que había en los pensamientos de uno se convertía en palabras y se ubicaba dramáticamente sobre el papel.
Nervioso, se sacó el Disco de Alberti del bolsillo y lo toqueteó, creando con agilidad un cifrado encriptado tras otro. Siempre se había sentido mucho más cómodo con los números y los acertijos que escribiendo historias de la nada.
Cuando era pequeño, su padre, profesor universitario de Matemáticas, lo desafió a resolver algunas técnicas de encriptado después de que mostrara ciertas habilidades para ello.
—Esta es la tabla de Vigenère, Ignatius —le dijo su padre—. Te daré una pista: se basa en el cifrado César, con el que te puse a prueba previamente.
Oliver sabía que el cifrado César había desconcertado a las mentes más brillantes durante más de tres cuartos de un milenio, y que habían tardado ocho siglos más en encontrar un modo de encriptado mejor. Su padre le había encargado que descubriera sus secretos y lo hizo en pocos minutos.
—No quiero presionarte, pero la tabla Vigenère ha permanecido invicta durante tres siglos, Ignatius —le había dicho su sonriente padre antes de entregarle el mensaje encriptado.
Rápidamente descubrió que el encriptado Vigenère se basaba en secuencias de varios cifrados César. El código que su padre le había presentado era una pregunta sobre el regalo de cumpleaños para su madre. Oliver le entregó a su padre su propia respuesta codificada aquella tarde.
—Tienes un don, Ignatius —le había dicho este, después de descifrar la respuesta de su hijo pequeño—. No lo malgastes.
Pero ¿lo malgasté? No, viví la vida que quería con la persona con la que quería vivirla. Aunque no durante tanto tiempo como esperaba.
A continuación, hizo lo que siempre hacía: abrió la caja metálica y leyó el primer capítulo que Imogen había escrito, y después el último.
El personaje principal en el primer capítulo era una chica joven llena de talento y agallas, aunque también de un dolor desgarrador.
El último capítulo contenía el destino de un chico que se preguntaba si conseguiría vivir mucho más mientras las bombas caían a su alrededor.
Después, como si siguiera un manual de instrucciones para escritores asediados, cerró los ojos y su mente regresó a las conversaciones que había mantenido con Imogen sobre su libro, sobre qué pensaba, cuáles eran las posibilidades de la trama y cómo establecer los «arcos de personaje», como ella los llamaba.
Esto conducía invariablemente a una conversación con su querida esposa que Oliver jamás olvidaría.