Cedric
CEDRIC
I gnatius Oliver había arreglado él mismo la puerta porque no podía permitirse un servicio de reparación de verdad.
También quitó la campana del interior de la puerta y la atornilló a la madera del exterior.
La policía lo había interrogado sobre el intento de robo.
Le habían contado lo del accidente con el camión y los dos muertos.
Y lo del par de chicos que habían escapado, uno más alto y mayor y otro más bajito y pequeño.
Ahora mantenía la puerta cerrada y tenía un cartel escrito a mano en el cristal para que tocaran la campana si querían algo.
No creía que recibiera muchas peticiones.
En la BBC habían dado la inquietante noticia de que los alemanes pronto reanudarían sus bombardeos habituales, día y noche.
Parecía que Hitler estaba cada vez más desatado, ahora que la guerra estaba volviéndose en su contra, y había decidido matar a tanta gente como fuera posible antes de que todo estuviera perdido.
Cómo podía hacer tanto daño en el mundo un único loco, pensó Oliver. Estaba claro que Dios estaba poniéndolos a todos a prueba.
Oliver escuchaba religiosamente su radio, una vieja Philips que chisporroteaba y zumbaba, aunque la BBC todavía conseguía oírse con suficiente claridad.
Si tuviera que elegir entre dormir y escuchar la radio, elegiría esto último.
La gente atendía a la predicción del tiempo de la BBC con la misma intensidad con la que lo hacía a los discursos de su Rey, para saber si un bombardeo parecía inminente.
No obstante, no todo eran malas noticias. Tenían programas para elevar los ánimos y hacer reír a la gente, que era muy importante, porque de lo contrario no habría mucho con lo que divertirse en aquel mundo en guerra.
Más tarde, llevó su cartilla de racionamiento a las tiendas y reunió la comida para los siguientes días. De vuelta en la librería, les quitó el polvo a algunos tomos y volvió a colocarlos en los abultados estantes mientras pensaba en sus tareas como guardia aéreo.
Los refugios proporcionaban un lugar a salvo a aquellos a los que aterraban los bombardeos, pero a veces no eran espacios seguros y eso no tenía nada que ver con los alemanes.
El ambiente era insalubre, con tantos cuerpos juntos.
También había mosquitos, piojos y ratas; los brotes de sarna eran abundantes.
Y otros gérmenes que se propagaban en esos lugares eran a veces más letales que las bombas.
También había siempre algunos hombres que se cebaban a cerveza antes de ir allí y a menudo llevaban consigo hostilidad y enfrentamientos físicos.
Oliver había tenido que mediar en muchas peleas en los refugios, y a menudo había recibido algunos golpes en el intento.
La gente no estaba diseñada para sentarse tranquila y pacíficamente mientras otros intentaban matarla tirándole bombas desde el cielo.
Y después estaba esa pobre mujer que siempre aparecía en el mismo refugio con la misma muñeca en la mano, reemplazando a la hija que había perdido en la guerra.
Oliver se sentaba con ella y acariciaba el cabello de la muñeca, a la que hablaba a petición de la mujer para que la «niña» se mantuviera tranquila durante el ataque.
Oliver no sabía si en realidad estaba ayudando o dañando a la pobre mujer al hacerlo, pero hacía lo que ella le pedía.
La gente llevaba a los refugios radiadores eléctricos, y también radios y a veces gramófonos manuales para poder escuchar algo que no fueran las bombas que explotaban.
Niños pequeños con «medallas» e insignias de la Guardia Nacional en sus brazos delgados corrían por allí con sus diminutas pistolas de dedo jugando a la guerra, siempre derrotando aplastantemente a los alemanes.
Las enfermeras acudían a algunos de los refugios para instruir a las madres recientes sobre cómo tejer ropa adecuadamente para sus recién nacidos, seguros en el interior de papeleras volcadas.
Como los bombardeos se prolongaban, en algunas estaciones habían puesto planchas sobre las vías para acomodar a más gente, y otras estaciones añadieron incluso catres para que la gente pasara allí las noches.
Oliver a veces hacía trucos de magia sencillos para que los más pequeños mantuvieran la mente alejada de lo que pasaba sobre sus cabezas.
También contaba mentiras inocentes para intentar que la experiencia fuera más fácil para los niños.
No obstante, había descubierto que, en cuanto cumplían cinco años, esas mentiras y distracciones dejaban de funcionar.
Y la peor tarea de todas era ayudar a crear la lista de víctimas que colocarían en los edificios del gobierno de la zona para que la gente supiera qué había sido de sus seres queridos.
La campanilla tintineó, interrumpiendo estos pensamientos, y Oliver levantó la mirada para ver al hombre a través del cristal.
Se acercó rápidamente y abrió la puerta, mirando la tienda de té al otro lado, El Jardín Secreto, desde cuyo escaparate Desdemona Macklin miraba como siempre.
La mujer estaba fumando un cigarrillo. Siempre estaba fumando un cigarrillo, parecía.
No podía imaginar cómo conseguía pagar la cartilla de racionamiento de su marca de tabaco favorita, Player.
Oliver sonrió y la saludó. Ella le devolvió el saludo, pero estaba claro que había despertado su interés. Y no en el buen sentido. Al menos para Oliver.
El que es entrometido una vez, lo es siempre. Y ella ya lo había interrogado sobre aquella visita a altas horas de la noche. Eso no era asunto suyo, en absoluto.
Oliver cerró la puerta a la espalda de su visitante y quitó al hombre bajito de la vista de Macklin. Era el mismo hombre al que Charlie había visto en la tienda justo antes de birlar el dinero y las galletas.
—Cedric, no te esperaba hoy, y menos a esta hora del día. No es seguro. Y Desdemona ya te vio cuando viniste aquí la última vez. Y ahora también.
—¿Desdemona?
—Desdemona Macklin. Tiene la tienda de té al otro lado del callejón. Me preguntó por tu visita. Parecía sospechar algo. Eso no es bueno. Es bastante indiscreta.
—Era inevitable, Ignatius —dijo Cedric encogiéndose de hombros, mirando en la dirección de la tienda de té. De un bolsillo de su larga gabardina sacó un hato de papeles que entregó a Oliver—. Las cosas se han acelerado. Tienes que tener mucho cuidado y ocuparte de esto como siempre.
Oliver guardó los papeles en el mismo cajón con llave de antes.
—¿Qué se ha acelerado, exactamente?
—La guerra, Ignatius. Los ingleses habéis mostrado más agallas de lo que esperábamos. Y los americanos ya no son solo un incordio. Hemos llegado a un punto crítico.
—Pensaba que todo era crítico, cada momento de esto. Excepto las partes divertidas, por supuesto.
—Tenías que soltar tu chistecito. Bueno, ¿qué tienes para mí? Siempre estás preparado. Eso es lo que nos gusta de ti.
En respuesta, Oliver se acercó a una estantería, buscó en ella y sacó un tomo de un estante alto.
—Este es bastante bueno. Creo que lo disfrutarás.
Cedric tomó el libro.
—¿ Consuelo de George Sand?
—Muchos lo consideran la mejor obra de la autora.
—¿Autora? Pero si se llama…
—George Sand es un seudónimo. Su verdadero nombre es Amantine Dupin, es francesa. Murió en el siglo pasado.
—Francesa, ¿eh? —dijo Cedric, que parecía un poco disgustado.
Abrió el libro y miró los documentos ocultos en el espacio cortado donde deberían haber estado las páginas.
Contenían números, símbolos y letras en largas columnas—.
Mis superiores me dicen que tu técnica de encriptado rivaliza en ingenio con la de Enigma, Ignatius.
—Es una gran alabanza.
—Es una suerte que decidieras trabajar para nosotros. ¡Hurra!, como decís los ingleses.
—Te acompaño a la puerta —dijo Oliver, sosteniéndola abierta. Cuando Cedric desapareció en el callejón, el librero miró a Macklin. Estaba detrás del mostrador, terminando una compra para un cliente, pero miraba a Oliver fijamente. Él sonrió y la saludó de nuevo.
Ella le devolvió la sonrisa, pero no había nada excepto sospecha tras ella.
Cuando terminó con su cliente, Desdemona salió al callejón.
—Veo que tu coleccionista ha vuelto a la ciudad.
—Sí, así es.
—¿Otro libro, entonces?
—Es muy aficionado a ciertos escritores franceses.
Ella se cruzó de brazos.
—Sí, ¿eh?
—Sí —dijo Oliver. Después regresó al interior de la tienda y cerró la puerta con llave.