Extraños en el tiempo Padre wakefield
34%

Padre wakefield

PADRE WAKEFIELD

—¿ S e ha marchado? ¿A qué se refiere? ¿Está…? ¿Está muerto? —preguntó Molly.

—No lo sé.

—¿Cómo es posible que no sepa algo así? —gritó Molly.

La señora Pride señaló la parte delantera de la casa.

—Lo vi bajar las escaleras una mañana con su maletín.

Se puso el sombrero y un abrigo y agarró su paraguas, porque llovía a mares.

Se giró para mirarme y me dijo: «Señora Pride, por favor, ocúpese de todo mientras no estoy».

Esto me sorprendió, porque no había mencionado que fuera a salir de viaje.

Así que le dije: «¿Y a dónde va, señor Wakefield?

¿Y cuándo volverá, señor?». Como ama de llaves, yo tenía que saber esas cosas, por supuesto.

—¿Y qué le respondió? —le preguntó Molly sin aliento.

—Me dijo: «Señora Pride, si tuviera las respuestas a esas preguntas no sé si se las diría. Pero no las tengo, así que esa se convierte en una decisión que no habré de tomar». Eso fue lo que me dijo, palabra por palabra. Lo recordaré hasta el día en que me muera.

—¿Y dejó que se marchara? —le preguntó Molly, incrédula.

—¿Qué iba a hacer yo, Molly? Él es el señor. Si quería marcharse, ¿qué derecho tenía yo a impedírselo?

—¿Y cuándo ocurrió todo eso?

—Hace seis meses, casi exactos.

—¡Seis meses! Pero ¿y la carta que me dejó en la cama?

La señora Pride parecía profundamente azorada.

—Por favor, no te enfades, Molly, pero fui yo quien la puso ahí la mañana de tu regreso.

—Pero usted me dijo que no había recibido mi carta y que por eso no sabía que iba a volver.

La señora Pride parecía todavía más avergonzada. Se amasó los muslos con los puños huesudos.

—Era cierto que no recibimos tu carta, pero te vi desde la ventana de arriba cuando llamaste. Supe que eras tú de inmediato, aunque habías cambiado mucho. Agarré la carta y la puse sobre tu cama antes de abrir la puerta, y después… fingí que no te había reconocido.

—Pero era la letra de mi padre. ¡Él escribió esa nota, estoy segura de ello!

—Él escribió esa nota, sí. Me la entregó antes de marcharse por esa puerta.

Me dijo: «Solo por si acaso, señora Pride.

Cosas más extrañas han pasado, por supuesto, pero solo por si acaso, por si mi querida Molly regresa.

Gracias». Después inclinó su sombrero, abrió la puerta y salió a la lluvia. No he vuelto a verlo desde entonces.

—Pero, cuando pasó el tiempo y no regresó, ¿por qué no se puso en contacto conmigo?

—Yo nunca te habría molestado con algo así, Molly. Y además…

—Además, ¿qué? —preguntó con brusquedad.

—Tu padre me hizo prometerle que no te lo diría. No quería cargarte con ello. Y yo no podía oponerme a sus deseos. Él es el…

—… el señor de la casa, sí, lo sé. Pero ¿por qué no acudió a las autoridades en algún momento para contarles que había desaparecido?

La mujer parecía desconcertada.

—Molly, esa habría sido una traición a tu padre.

Él nunca me dijo que podía hacer algo así.

Y estamos en guerra. Ha desaparecido un montón de gente sin ni siquiera decir adiós.

Puede que no hayas visto nada de eso allí donde estabas, pero aquí en Londres ocurre constantemente.

—Se detuvo y pareció prepararse para continuar—.

Pero, dicho eso, después de cuatro meses sin saber nada de él, yo…

Lo cierto es que fui a la comisaría que está cerca de aquí con la idea de decir algo sobre la desaparición de tu padre.

—¿Y qué pasó?

—Había centenares, literalmente centenares de carteles de desaparecidos en esa única comisaría, preguntando si los habías visto y todo eso. —Se quedó callada y bajó la mirada—. Y…

—¿Y qué?

La señora Pride levantó la mirada. Su rostro estaba ahora lleno de lágrimas.

—Si les decía que el señor Wakefield había desaparecido y que la señora estaba en un sanatorio y que tú estabas en el campo… Bueno, ¿qué harían conmigo? ¿Perdería mi puesto? ¿Me quedaría sin un techo? ¿Me echarían a la calle? Hay muchos así.

Empezó a sollozar contra sus manos y Molly se levantó y se acercó a ella, le dio una palmadita en la espalda y la consoló al oído hasta que la mujer se calmó.

Entonces volvió a sentarse.

—Supongo que esto explica por qué nunca me pidió que volviera a casa.

La señora Pride se sonó la nariz en el pañuelo y miró a Molly con expresión dolida.

—Teniendo en cuenta el estado de tu madre, esa no habría sido una buena situación para ti.

—¿Eso significa que mi padre no quería que yo la viera así?

—Sí, así que siguió enviando dinero a los Cooper todos los meses para tu manutención.

—Pero los Cooper me dijeron que el dinero había dejado de llegar hacía poco. Sin embargo, me ofrecieron que siguiera con ellos, pero yo quería volver a casa. Ya era hora, ¿sabe?

—Yo no sabía nada de eso. Cuando se marchó, tu padre me dejó algún dinero para el mantenimiento de la casa. Con eso he estado pagando las facturas.

—Pero ¿por qué no me contó lo que estaba pasando? Podría haberme escrito. Yo podría haber regresado para ayudar con mamá. Mi padre me habría tenido a mí para hablar y para planear las cosas. Si yo hubiera estado aquí, quizá no…

—¿Quizá no se habría marchado, quieres decir?

—¡Sí! —dijo Molly.

—Bueno, estoy segura de que él hizo lo que creyó que era mejor para ti. Pero…

—Pero ¿qué?

La vieja niñera miró a Molly.

—Tu madre no fue la única Wakefield que cambió después de lo que ocurrió esa noche.

Tu padre también lo hizo. Entraba en la cocina y empezaba a quejarse de que él era un hombre inglés, leal a la Corona, que pagaba sus impuestos, que hacía todo lo que se esperaba de él, que llevaba a cabo su deber abnegadamente, un verdadero patriota.

Y no obstante se había permitido que le pasara aquello a su esposa.

Era como si lo hubieran despojado de su fe en Inglaterra.

No sé, en realidad, a quién afectó más esta desgracia, si a tu madre o a tu padre.

Pero el señor Wakefield era un hombre distinto después de eso, radicalmente distinto.

Cuando la policía no hizo nada, cuando no consiguió encontrar ningún médico en Londres que ayudara a tu madre, cuando descubrió que a nadie parecía importarle…

Eso lo destrozó, Molly. No creo que haya vuelto a levantar cabeza después de eso.

No se trataba solo de la brutal injusticia.

Era… Bueno, creo que se culpaba de lo ocurrido.

Era como si le hubiera fallado a tu madre, como si todo esto fuera culpa suya.

Y esa es sencillamente una carga demasiado pesada para cualquiera, en mi opinión.

—Pobre papá —dijo Molly con tristeza—. Me siento fatal por haber pensado tan mal de él.

—Bueno, tú no podías saberlo, ¿verdad? —replicó la señora Pride con firmeza.

Después de algunos segundos de silencio, Molly se irguió, intentando mostrarse tan circunspecta como le fuera posible, aunque sus nervios a la huida amenazaban con paralizarla.

—Señora Pride, ¿puedo seguir viviendo aquí sin mi madre y sin mi padre? ¿No hay ninguna…? No sé, ¿ley? Aunque tengo casi dieciséis años, todavía se me considera menor, ¿no?

La señora Pride se frotó las manos en el delantal; sus dedos nerviosos alisaron unas arrugas errantes en la tela.

—No… No lo sé, Molly. Supongo que es posible.

He oído en algún sitio que tienes que tener veintiuno para que te consideren adulta.

Aun así, yo me casé cuando no era mucho mayor que tú, aunque mis padres tuvieron que dar su consentimiento.

Y tu padre podría volver a entrar por esa puerta en cualquier momento —añadió con determinación.

—O no.

La señora Pride volvió a alisar las arrugas y no dijo nada.

—¿Recibimos al menos noticias regularmente de Cornwall sobre mi madre?

—Tu padre tenía bastantes cartas y creo que las dejó aquí.

—¿Puedo verlas? —preguntó Molly con expectación.

—Puedo traerte la primera que recibió —dijo la señora Pride—. Sé exactamente dónde está.

—¿Dicen las cartas que se está recuperando?

—Yo… Bueno, yo no tengo formación médica, pero estoy segura de que, si les escribes, responderán a todas las preguntas que puedas tener.

—Eso haré, señora Pride —dijo Molly con decisión.

—Y sé que lo único que quieres es que tu mamá y tu papá estén aquí. Desearía con todo mi corazón que fuera así —añadió con voz temblorosa.

—Bueno, desear algo y tenerlo son dos cosas muy distintas, señora Pride. En la vida es así a menudo. Bien, ¿y la carta?

La señora Pride salió rápidamente de la habitación, regresó con un sobre y se lo ofreció a Molly.

La chica se levantó.

—La leeré, me haré una imagen más clara de su condición, pensaré las cosas y avanzaremos a partir de ahí, ¿de acuerdo?

—Suenas… Suenas muy adulta, Molly —dijo la señora Pride, con vacilación.

—¿Tengo otra opción?

Antes de que la señora Pride pudiera contestar, Molly subió de nuevo la escalera, corrió por el pasillo hasta su dormitorio, cerró la puerta a su espalda, se desplomó en su cama y aplastó la cara contra las almohadas para que nadie excepto ella pudiera oír su llanto.