Madre wakefield
MADRE WAKEFIELD
L a señora Pride seguía bajo las colchas cuando una Molly totalmente vestida atravesó el pasillo y abrió la puerta del dormitorio de sus padres sin molestarse en llamar primero.
Como había sido el caso cuando llegó a casa, no había nadie allí y la cama estaba intacta. Molly había colocado previamente uno de sus guantes debajo de la sábana y después lo había alisado todo. Si su padre hubiera dormido en la cama, seguramente habría visto el guante y lo habría quitado.
Encontró el guante justo donde lo había dejado.
A continuación, abrió la puerta del baño. La bañera no tenía ni un ápice de suciedad; no había pastilla de jabón. Había una toalla en el toallero, pero al tocarla la notó seca y estuvo segura de que llevaba mucho tiempo sin tocar la piel humana.
Bajó los peldaños hasta la planta de abajo y examinó el espacio. El sombrero y el bastón seguían junto a la puerta. La noche anterior no había oído el tintineo de la llave ni el crujido de la puerta. Ni ninguna otra noche.
Entró en la cocina. No olía a comida cocinada hacía poco.
No había ni un plato ni una taza fuera de su lugar; el fregadero y la hornilla estaban impolutos, y la encimera de madera de la cocina estaba inmaculada.
Era evidente que nadie había puesto un pie allí desde que la señora Pride y ella tomaron la última comida la noche anterior y ella ayudó a la niñera a limpiar.
Eso significaba que su padre no habría comido ni bebido nada incluso en el caso de que hubiera dormido en su cama con el guante de su hija en el trasero y de que se hubiera aseado en el baño sin dejar ni rastro de haberlo hecho.
Se dirigió al garaje y vio a través de la oscura ventana el Singer aparcado allí.
Usó su llave para abrir la puerta, entró y pasó el dedo por la capota del automóvil.
Apartó el dedo cubierto de suciedad. Abrió la puerta del vehículo y de inmediato la golpeó el olor a húmedo de un espacio que llevaba mucho tiempo cerrado.
Regresó a la casa a tiempo para ver a la señora Pride bajar las escaleras traseras de su pequeño apartamento, justo sobre la cocina. Su antigua niñera estaba atándose un delantal a la cintura cuando vio a Molly y se detuvo en seco.
—¡Molly! Vaya, te has levantado temprano. ¿No podías dormir?
—He dormido —dijo Molly con sequedad—. Pero no bien.
La señora Pride se recolocó un mechón de cabello.
—Creo que tu padre…
—No está aquí —la interrumpió Molly—. De hecho, sé que anoche no volvió a casa.
—Bueno, yo eso no lo sé, querida. No podría decirlo.
—Yo sí. No ha dormido nadie en su cama. Anoche, después de que se acostara, señora Pride, comprobé la cesta de la colada.
Su ropa no estaba allí, y toda su ropa limpia sigue colgada en su armario.
Así que, a menos que ahora tenga la costumbre de marcharse de casa sin cambiarse de ropa, seguramente faltaría algo.
Y en la cocina no hay nada desordenado. Su baño está intacto.
¿Por qué volvería a casa una persona si no es para comer, dormir, asearse y vestirse?
Y es evidente que nadie ha conducido el Singer en mucho tiempo.
En respuesta a todo esto, la señora Pride le mostró una sonrisa trémula.
—Bueno, seguramente te equivocas, querida.
—No me equivoco. Y estuve atenta hasta las tres de la mañana por si lo oía.
—Bueno, hay una explicación bastante simple. Podría haberse quedado toda la noche trabajando. A veces lo hace, ya lo sabes. El Ministerio de Alimentación…
—Fui a su lugar de trabajo y no estaba allí.
—¿Tú… fuiste al Ministerio de Alimentación? —le preguntó una sorprendida señora Pride.
—Sí, lo hice. El lugar estaba oscuro y vacío.
—Eso no fue muy prudente, querida, que fueras allí tú sola. Piensa en lo que podría haber pasado.
—No fui sola, y no pasó nada.
—Bueno, como he dicho antes, podría haber estado fuera de la ciudad todo este tiempo.
—No, señora Pride, no lo está. Lo que me ha estado contando son sin duda tonterías, y ya me he cansado de ellas. Así que le pido que termine con esta absurda farsa de inmediato y que me cuente la verdad.
La señora Pride se encogió, bajo este asalto directo.
—Molly, querida, esto no es propio de ti.
—Tengo casi dieciséis años. Soy una mujer joven, no la niña pequeña que usted recuerda.
La señora Pride se llevó una mano a la boca y abrió los ojos con sorpresa.
—Ha sido una época difícil, Molly. Desesperadamente dura.
—¿Y bien?
—¿Estás segura de que quieres oír esto?
—Estoy muy segura de que tengo que oírlo, quiera o no. Debería haberlo oído hace mucho.
La señora Pride se dejó caer en una silla.
—Siempre fuiste una niña de lo más práctica —le dijo. Molly se sentó y la miró con expectación—. Lo que te conté sobre tu madre es cierto. Está en un sanatorio de Cornwall. Dudé mucho antes de contártelo.
—¿Por qué?
—Bueno, algunos lo considerarían vergonzante, y yo siempre he sido muy protectora con tu madre. Era la mujer más buena que ha caminado sobre la tierra… antes de que aparecieran sus… comportamientos extraños.
Molly tomó aliento.
—¿Cuánto tiempo lleva en ese sanatorio?
—Unos cuatro años ya.
Molly se quedó boquiabierta.
—¡Cuatro años! ¿Qué diantres le pasó?
—Antes de eso ya había comenzado a actuar un poco raro, pero tu padre creía que lo solucionaríamos nosotros. Pero después… —Se detuvo y se miró las manos.
—¡Cuéntemelo, por favor! —le imploró Molly.
La señora Pride le echó una mirada feroz.
—Fueron los malditos alemanes, al menos en parte. Una noche llegaron con sus bombas. Yo estaba visitando a una amiga; era mi noche libre. Pero tu padre llevó a tu madre al refugio en el metro que hay no lejos de aquí y… —La señora Pride volvió a mirarse las manos.
—¿Y qué? ¿Bombardearon el refugio?
—No, pero con las prisas, tu madre y tu padre se separaron.
Él la buscó por todas partes, pero la estación estaba a reventar de gente, y también muy oscura.
Cuando las bombas dejaron de caer, siguió buscándola.
Y al final la encontró. —La señora Pride dejó de hablar y se delineó la boca con una mano temblorosa.
—¿Dónde estaba?
—Tu padre la encontró en un pequeño cuartucho al final de un pasillo largo y oscuro, según me contó. Unos… Perdona mi lenguaje, pero unos cabrones la habían llevado allí, sin duda aprovechándose de su miedo y de su confusión.
Molly se llevó una mano al pecho.
—Unos…
—No quiero llamarlos hombres porque ciertamente no se comportaron como hombres, sino como animales.
Los ojos de Molly comenzaron a llenarse de lágrimas.
La señora Pride se percató de ello y le apretó la mano.
—Oh, Molly, no es necesario que sepas esto.
Molly se recompuso lo mejor que pudo.
—Me temo que necesito oírlo todo, señora Pride. Sin importar lo… horrible que sea.
—Bueno, cuando tu padre la encontró, estaba despeinada, magullada y llorando.
Le habían quitado el bolso, le habían arrancado…
la ropa, le habían robado… la dignidad —continuó.
Molly soltó un pequeño gemido—. Por supuesto, tu padre se puso loco de furia.
Habían acudido allí para ponerse a salvo de los malditos alemanes y la había atacado su propia gente.
—¿Qué hizo mi padre?
—Buscó a un policía, eso fue lo que hizo. E intentó poner una denuncia, para que fueran a por los hombres que lo habían hecho.
—¿A qué te refieres con intentó ?
—Tu padre estaba sentado en la silla en la que tú estás ahora cuando me lo contó, mientras la señora Wakefield estaba arriba, llorando a mares.
El agente intentó hacerle algunas preguntas, pero ella estaba demasiado conmocionada para responder, por supuesto.
Se encontraba histérica, en realidad, y tu padre me dijo que el policía parecía más frustrado y molesto que preocupado o servicial.
Cuando tu padre intentó explicárselo, el poli no quiso oírlo, ¿sabes?
Tenía otras cosas que hacer, según parece.
Tuvo el descaro de decirle que estábamos en guerra.
¿Cómo podía él saber si había pasado algo de verdad?
Tuvo las agallas de sugerir que quizá ella se había perdido y caído y que por eso tenía la ropa rasgada y rota.
Que el bolso podía habérsele caído. Así, sin más —añadió con el ceño fruncido.
—¿Y qué hizo mi padre?
—Oh, no dejó las cosas así. Fue a ver a un inspector jefe, y después al comisario, y después, como con eso no consiguió nada, se dirigió a Scotland Yard.
—¿Y?
—No sirvió de nada, Molly. Para ellos era solo una minucia durante una guerra.
Agredían a las mujeres continuamente, dijeron.
También a los hombres. Era una pena, sí, pero muchas cosas eran una pena en una época tan convulsa.
No tenían hombres suficientes para investigar todas las denuncias, ¿sabes?
La mitad de sus agentes estaban en el ejército, le dijeron a tu padre.
Estaban empleando a jubilados, y jóvenes que habían sido considerados inadecuados para blandir una espada por Inglaterra ahora llevaban un uniforme de policía. Es un escándalo, eso es lo que es.
—Entonces, ¿no hicieron nada?
—No. Por lo que yo sé, ni siquiera buscaron a esos hombres.
—¿Y mi madre?
La señora Pride parecía dolida.
—Bueno, tu madre fue siempre una persona excitable y nerviosa, incluso antes de eso. Tú lo viste mientras viviste aquí. Se preocupaba por ti de un modo que no era muy saludable, supongo, pensándolo ahora. Y cuando te marchaste se preocupó todavía más. Estaba segura de que nunca regresarías.
—Podría haber venido a verme.
—Bueno, quiso hacerlo, pero no era tan fácil marcharse de Londres en ese momento. Y, si te digo la verdad, no creo que tu madre estuviera en condiciones de hacer un viaje tan largo. Y después de lo que le pasó en ese refugio… Bueno, las cosas empeoraron mucho y muy rápido.
—¿Cuánto?
—Intentábamos que saliera a pasear, incluso nos ofrecíamos a acompañarla, pero cuando llegábamos a la puerta empezaba a gritar y a golpearnos.
—Por Dios.
—Fue como si se escondiera en su caparazón. Caminaba por aquí como un fantasma.
—¿Mi padre no intentó ayudarla?
—Oh, sí, pero hoy en día no puedes encontrar a un médico para que te cure un hueso roto, para dar a luz a un bebé o para que te tome la temperatura, Molly, y mucho menos el tipo de médico que ella necesitaba.
No sé qué sería de las embarazadas de no ser por las matronas, la verdad. Nada bueno, seguro.
—Seguro —dijo Molly sin emoción.
—Te escribía cartas y las deslizaba por debajo de la puerta de tu dormitorio, como si todavía vivieras con nosotros…
Cosas así. O cosía un cuello nuevo en un viejo vestido tuyo y lo colgaba en tu habitación para que te lo pusieras al día siguiente.
Incluso tomaba el té y hablaba contigo como si estuvieras allí.
—¿Quiere decir que mi madre se estaba volviendo loca? —preguntó Molly con lentitud.
—Yo nunca diría eso. Es la criatura más amable y dulce del mundo.
—Uno puede ser amable y dulce y no obstante estar loco —replicó Molly.
—Bueno, yo eso no lo sé —dijo la señora Pride, mirándose las manos—. Pero creo que estaba intentando regresar a una época en la que no había guerra y su familia estaba unida y feliz. Ese era un lugar seguro para ella, así que fingía estar allí. ¿Y quién podría culpar a la pobre mujer?
—Creo que podría tener razón en eso, señora Pride —dijo Molly, pensativa.
—Bueno, yo no soy médico ni nada de eso, pero es de sentido común.
—Entonces, ¿cómo terminó en Cornwall?
La señora Pride se tomó unos segundos para aclararse la garganta y secarse los ojos con un pañuelo.
—Una mañana se levantó antes que los demás.
Bajó a la cocina, puso un poco de manteca en una sartén, encendió el fuego y al parecer se olvidó de ello por completo.
Cuando se dio cuenta de su error, fue y le lanzó agua para detener el humo.
Bueno, la manteca y el agua no se llevan demasiado bien, y casi la perdimos a ella y la cocina.
Por suerte, tu padre la oyó gritar y bajó a tiempo de evitar daños mayores.
Cuando ella vio lo que había estado a punto de hacer, bueno…
Supongo que podríamos decir que perdió un poco los nervios.
Gritó y golpeó a tu padre. Se arrancó la ropa y se tiró del cabello y… Bueno, estaba delirando.
—Por dios, señora Pride —dijo una Molly visiblemente perturbada.
—Por eso se marchó la señora Brand. Verás, tu madre también la atacó a ella cuando acudió en ayuda de tu padre.
«¿Tú quién te crees que eres? Deja de tomarte libertades con el señor Wakefield.
¡Eres una fresca!», le gritó. Y la señora Brand no tenía menos de sesenta años.
Como fuera, la mujer dijo que se iba aquella misma mañana, y tuvimos muchísimos problemas para conseguir reemplazarla porque tu madre insistía en entrevistar a las candidatas.
Y, bueno, la mayoría salía corriendo de casa después de unos minutos de gritos y reprimendas. Así que me quedé yo sola.
—Caramba —dijo Molly.
—Y después el pobre señor John tuvo varios encontronazos con ella.
Tu madre pedía el coche y después saltaba en marcha o intentaba hacerlo.
Cuando el señor John se detenía e intentaba que volviera a subir, le pegaba o decía que quería secuestrarla, hacerle cosas horribles.
Después de la tercera vez, el señor John entregó su renuncia.
Decía que sus nervios y sus rodillas ya no lo aguantaban más.
—Supongo que no.
—Cada vez que un hombre se acercaba a ella, ya fuera el lechero o el cartero, daba igual, se ponía furiosa.
Era incontrolable. Entonces se tomó la decisión de enviarla al sanatorio de Cornwall, donde tienen un lugar muy bonito junto al mar.
Tu padre la llevó en tren y la instaló allí, y después regresó. La visitaba tan a menudo como podía.
—¿Y le ha contado cómo está?
—Él nunca hablaba de ello —dijo la señora Pride—. Y a mí no me parecía correcto preguntar, si él no quería contarlo.
—¿Y dónde está mi padre ahora?
—Está… Se ha… Bueno, Molly, se ha marchado —dijo la señora Pride con recelo.