Cuánto tiempo
CUÁNTO TIEMPO
C harlie miró a ver si Lonzo tenía el cuchillo en la mano o no. No lo tenía. El chaval se acercó mientras Charlie se mantenía firme.
—Eddie está muerto —dijo Lonzo con tristeza.
—Lo sé, lo vi en el periódico.
Lonzo miró el suelo.
—Mira, to el mundo sabe que Eddie y yo éramos colegas. Si la poli se entera… entonces sabrá… Y yo diría que ese camionero se quedó con mi cara.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Charlie.
—Yo qué sé. Podría largarme de aquí, pero no tengo ningún sitio a donde ir, ni dinero pa llegar allí.
—¿Te ayudaría media corona?
Lonzo lo miró.
—¿Tú ties media corona?
—Puedo conseguirla. Después te la daré.
Lonzo parecía desconcertado.
—¿Por qué…? ¿Por qué harías eso, Charlie?
—No queríamos que Eddie o el poli murieran, Lonzo. Fue un accidente.
—No soy buen tío, Charlie. Eso lo sé. Antes…
Antes lo era, antes de… la guerra. Mi madre era estupenda, me crio lo mejor posible.
Y cuando mi padre se emborrachaba y se quitaba el cinturón pa pegarme, ella no se lo permitía.
Y después la guerra se lo llevó. Y mamá…
—Volvió a mirar el suelo—. No quiero tu dinero, Charlie. Dáselo a tu abuela.
—Pero entonces, ¿qué harás?
—Ya se me ocurrirá algo. Siempre se me ocurre algo, aunque Eddie no esté por aquí. Era un buen tío. Lo pasó peor que yo. En serio. En el orfanato y to eso. Lo que esos cabrones le hicieron porque era pequeño…
—Sí —dijo Charlie.
—Podría alistarme. Luchar contra los jerries. Parezco lo bastante mayor. —Alargó la mano—. Buena suerte, Charlie.
Le estrechó la mano y después Lonzo se marchó.
Charlie pasó junto a los restos de un avión Dornier, cuyo morro cortado descansaba a medias en el interior de un edificio abandonado y cuya cola destrozada, con la cruz alemana, yacía a tres metros y medio de distancia.
Un sargento de la RAF lo había vigilado un tiempo después de que el avión se estrellara, pero cuando terminaron de destriparlo, el sargento no volvió.
La gente se hacía fotografías delante o tiraba piedras al casco destrozado.
Charlie lo miró un rato, imaginándose a los pilotos del interior planificando sus bombardeos. Se alegraba de que estuvieran muertos.
Dos esquinas después, un hombre le entregó un chelín a cambio de sacar a paladas las ratas muertas de un edificio que estaba siendo rehabilitado , o eso había dicho el hombre.
Charlie no sabía qué significaba eso, pero sacó los flacos bichos grises muertos y se ganó su dinero.
No sabía qué había usado el hombre para matar a todas aquellas ratas, pero olía fuerte.
En realidad, el olor estaba revolviéndole el estómago.
Cuando terminó de trabajar con la pala y consiguió su moneda, corrió hasta el río y vomitó la bilis que tenía en el estómago, como hicieron otros cuatro chicos que sacaron a las ratas con él.
El hombre de los chelines no había llegado a entrar en el edificio.
Se había quedado a una buena distancia, fumando su pipa.
En la dichosa paz del intervalo de horas que se encuentran entre la oscuridad y el verdadero amanecer, Charlie miró el lazo negro del serpenteante Támesis.
Una gran ciudad medio enterrada en ruinas donde los corazones de los supervivientes estaban igual de dañados.
Millones de hombres habían caído en campos de batalla de todo el mundo, y el enfrentamiento entre los países estaba lejos de haber terminado.
Se preguntó cómo llamarían a la siguiente guerra mundial, además de con el número tres.
Lanzó una piedra plana a las aguas oscuras, pero fue incapaz de ver las ondas.
En realidad yo tampoco puedo verme, pero estoy aquí, por ahora. Hasta que me ahorquen por lo de Eddie y el poli. O hasta que una bomba haga el trabajo.
Caminó a lo largo del río, en dirección oeste.
Le gustaba mantenerse en movimiento. Para los chavales como Charlie, esa era siempre una buena idea.