Los restos de jane
LOS RESTOS DE JANE
L a noche siguiente, Charlie se aventuró, como hacía a veces, a un lugar sagrado.
Habían pasado varios años, pero el cráter seguía lleno de escombros.
Y aun así plantas como la malvarrosa, la budleia y los epilobios, desde las más enclenques a las más robustas, habían reclamado la tierra donde se había alzado el colegio, creando vida allí donde en el pasado se había producido una muerte violenta y repentina.
Había sido el primer día de Charlie en el colegio nuevo; los habían trasladado a otro vecindario después de que bombardearan la casa donde vivían.
Su madre y él habían caminado por la calle de la mano.
No obstante, cuanto más se habían acercado a su destino, más nervioso se había puesto Charlie, hasta que terminó tirando con fuerza de la mano de su madre, suplicándole que se quedara con él y que no lo dejara en aquel lugar desconocido.
Su madre se agachó ante él para mirarlo a los ojos, le alisó el cabello y le arregló la ropa y le dijo que los otros niños lo recibirían como a un nuevo amigo.
Leerían juntos y jugarían juntos y aprenderían tanto que su cabeza estaría tan llena como su estómago después de una buena comida, y esa sensación sería maravillosa.
Y como él quería a su madre más que a nada y como ella nunca jamás le había dicho algo que fuera mentira, siguieron caminando. Un abrazo en el vestíbulo del colegio y se despidieron, llorosos.
Ninguno podría haber sabido en ese momento que una ansiosa bomba de la Luftwaffe nacida en Bremen que viajaba en el vientre de un Dornier 17 a lo largo de la característica línea del Támesis estaba a punto de terminar con la vida de su madre y de transformar el futuro de su hijo de un modo inimaginable.
Charlie se sentó en una zona de ladrillo que en el pasado había sido parte del muro del colegio, se quitó la gorra, apoyó sus codos huesudos sobre sus muslos esbeltos y cerró los ojos. Recordó las sirenas, y justo después de eso el silbido de las bombas al caer.
Había creído que era un niño silbando. No había tenido ni idea de que era el viento empujado a través de un conjunto de tubos de órgano que los alemanes habían sujetado con remaches a las aletas de la bomba para instilar incluso más miedo en la gente de abajo. Las Trompetas de Jericó, las apodaron.
Por alguna razón, las sirenas de advertencia sonaron tarde, y por esto les dijeron que no había tiempo para acudir a un refugio adecuado.
Con sus máscaras de gas puestas, todos regresaron rápidamente a la clase y la maestra cerró la puerta.
Se agacharon debajo de sus pupitres, temblando de miedo, mientras los sonidos de los aviones se filtraban a través del techo.
Cuando cayó la primera oleada de bombas, el recuerdo de Charlie de ese día se emborronaba, y regresaba cuando volvió a abrir los ojos.
Sobre él solo había oscuridad porque había quedado enterrado en el derrumbe de lo que antes había sido un refugio seguro para los niños.
Durante la mayor parte, Charlie había pensado que estaba muerto y que así era el Paraíso que el vicario les había prometido.
No se sentía ni los brazos ni las piernas.
Tenía el pequeño pecho comprimido, y los pulmones llenos de cosas que no deberían estar allí.
En sus oídos no había nada más que un estridente zumbido sordo que al parecer no podía atravesar ningún otro sonido.
La oscuridad lo abandonó por fin cuando unas manos ansiosas se acercaron y tiraron de él de nuevo hacia la luz. Un penetrante olor lo golpeó con fuerza, pero no lo reconoció: cordita, presente en todos los explosivos.
Se llevaron a Charlie en una camilla hasta un autobús con muchos otros heridos porque las ambulancias estaban saturadas trasladando a otras víctimas al hospital.
Sus heridas (un brazo y la clavícula rota, un tobillo torcido, magulladuras por todo el cuerpo) eran relativamente leves comparadas con las de otras víctimas, le habían dicho.
Y su cabeza no estaba llena del horror de la experiencia porque todo había sucedido muy rápido.
Una negrura sofocante y sostenida antes de un estallido de luz, como volver a nacer.
Nadie sabía cómo él y otros del colegio habían sobrevivido. Un milagro, habían dicho los periódicos, sin duda ansiosos por tener algo positivo de lo que informar a pesar de la tragedia.
Charlie se olvidó de todo lo demás cuando dos hombres con trajes holgados fueron a visitarlo al hospital aquella noche con sus abuelos.
La abuela parecía no querer seguir viviendo, mientras que su abuelo se miraba fijamente los zapatos.
Sollozando, la abuela había abrazado a Charlie con tanta fuerza que todas sus heridas gritaron en protesta, pero él estaba concentrado en los hombres, que lo miraban con una extraña mezcla de sincera tristeza y de agotamiento profesional.
Fueron ellos quienes le dijeron que su madre se encontraba entre los que habían muerto.
Cuando las tardías sirenas sonaron por fin, ella ignoró su seguridad personal y corrió al colegio para sacar a su hijo de allí.
Justo antes de que llegara, una bomba cayó a apenas tres metros de ella, habían dicho los testigos.
Y después ella, como el edificio, había dejado de existir. Jane Matters se había transformado en un simple recuerdo, solo porque había querido que su hijo fuera a un colegio adecuado y lo había acompañado hasta allí el primer día porque lo quería mucho.
Charlie había sabido que su madre estaba muerta mucho antes de que se lo dijeran. De lo contrario, habría estado sentada a su lado todo el tiempo, sosteniéndole la mano, refrescándole la frente y susurrándole cosas que serían de gran importancia para el único hijo que tendría jamás.
Y ahora, tanto tiempo después, la conmoción subyacente seguía siendo tan parte de él que ni siquiera se daba cuenta de que lo era.
Al igual que el corazón latía, sincronizado, del mismo modo en el que los pulmones se hinchaban y los riñones filtraban, la conmoción palpitaba sin cesar en su interior, como si fuera un nuevo órgano de incesante y debilitante ansiedad.
La última imagen que Charlie tenía de su madre era ella alejándose por el vestíbulo. Se había girado una vez y había sonreído, consiguiendo calmar, solo con su mirada, el miedo de su único hijo a quedarse allí sin ella. Después se giró de nuevo y se marchó para morir.
Charlie miró el otro lado de la carretera, donde estaba la estación de metro más cercana, que había salido milagrosamente ilesa del bombardeo que destruyó el colegio.
Allí habían dormido Charlie y sus abuelos, noche tras noche, en las vías o en los andenes junto a centenares de otros mientras los explosivos caían por toda la ciudad.
Proyectiles incendiarios o bengalas luminosas eran a menudo lo primero en caer, en enormes grupos a los que llamaban «cestas de pan», para incendiar edificios e iluminar así el camino a la oleada de proyectiles alargados que causaría la mayor parte del daño y arrebataría la mayor parte de las vidas.
Los incendiarios eran unas cosas desagradables hechas de magnesio que alcanzaban la temperatura suficiente para fundir el acero macizo.
Golpeaban edificios y provocaban conflagraciones que eran casi imposibles de extinguir, porque el magnesio era impermeable.
Charlie pensaba a veces que la creatividad para matar en tiempos de guerra era a menudo inimaginable.
Tumbado en las vías o suspendido sobre ellas en una tosca hamaca hecha con un saco de arpillera rajado, Charlie había cerrado los ojos e intentado no escuchar lo que estaba pasando sobre su cabeza.
Después la tierra temblaba de un modo que provocaba un terror incontrolable a todos los que se encontraban allí abajo.
Charlie escuchaba con atención el fuego en respuesta desde tierra y rezaba para que todos los proyectiles británicos dieran en su objetivo.
Alguien había llevado un piano a la estación y la gente se entretenía cantando cada noche.
El Servicio Voluntario Femenino, o WVS , también repartía té y bocadillos, que Charlie esperaba con ganas porque a menudo suponían la mayor comida que tomaría en el día.
Y las bibliotecas donaban libros, así que a veces se sentaba a leer e intentaba mantener las bombas alejadas de su mente.
Pero eso no era fácil, porque tenía la sensación de que esperar así la muerte no era natural.
Durante el camino a casa, después de que se diera la señal de despejado, sus abuelos y él esquivaban los agujeros donde antes habían estado cosas y apartaban la mirada de los cuerpos rotos y destrozados que poco tiempo antes estuvieron vivos.
Era un campo de escombros engendrado por la depravación de la humanidad, sin la humanidad.
El nuevo colegio al que Charlie había terminado yendo después de la muerte de su madre era una habitación en el sótano de un destartalado y abandonado edificio del gobierno.
En ella había una sola pizarra, algunas sillas y una maestra cansada para cuarenta niños.
La mayoría de los estudiantes se sentaban en el suelo con las máscaras de gas puestas, lo que era un descamado recordatorio de lo que a Charlie y a su madre les había pasado aquel día.
Cada vez que se acercaba al sótano, su corazón parecía agarrotarse, se le tensaban los músculos y se le emborronaba la visión.
Cuando estaba en el interior de la húmeda y oscura habitación con la máscara puesta, su mente se apagaba y la maestra lo miraba, encorvado en una pequeña bola, con lástima.
Después, se concentraba en los niños que todavía podían aprender.
Un día, Charlie escribió una carta imitando la letra de la abuela y la dejó en el sótano antes de que llegara nadie. Y aquel fue el final de su educación formal, y el principio de la informal.
La mente de Charlie regresó al presente.
Se levantó del muro y abandonó el lugar en el que su madre había muerto.
Se pasó el resto del día del Señor limpiando un cobertizo junto al río por dos chelines y una manzana pocha.
La manzana constituyó tanto su desayuno como su almuerzo, porque la abuela apenas había tenido nada que ponerle en la tartera para el desayuno, o para el almuerzo del domingo.
Habían tardado en pagarle su reducido salario y, de todos modos, los estantes de las tiendas donde podía comprar usando su cartilla de racionamiento y algunas monedas estaban vacíos.
Después de una escasa cena aquella noche, Charlie le entregó a la abuela los chelines y le explicó que, de camino a casa después de dar un paseo, un hombre con un sombrero elegante se había sentido inclinado a ser generoso.
—Bueno, al corazón le gusta saber que todavía queda gente decente ahí fuera —dijo la abuela—. Que la gente se preocupa. Los ricos y los pobres luchamos juntos, ¿eh, Charlie?
Poco después de que sus suaves ronquidos llegaran hasta su alacena aquella noche, Charlie se escapó por la salida de incendios.
—Eh, Charlie.
Se giró para ver a Lonzo allí de pie, esperándolo.