Extraños en el tiempo Breve encuentro
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Breve encuentro

brEVE ENCUENTRO

— H ola, Charlie Matters —le dijo.

Él la miró desde el otro lado del maltrecho umbral.

Molly le devolvió una mirada triunfal. Llevaba un vestido verde claro con un sombrero blanco y un abrigo beige . Sus zapatos también eran de color crema. En una mano llevaba un bolso y en la otra una auténtica cesta de pícnic de mimbre con tapa.

—¿Cómo te has enterao de dónde vivo? —le preguntó con recelo.

—Tuve una agradable conversación con el señor Oliver. Él me dio tu dirección. —Miró sobre su hombro—. ¿No vas a invitarme a entrar?

—No veo por qué debería.

—Sería grosero que no lo hicieras. He venido a verte, ¿no?

—¿Cómo has llegao hasta aquí, a to esto?

—Caminé parte del trayecto y después tomé un taxi. Hace buen día. —La chica reparó en su expresión desconsolada—. ¿Ha pasado algo malo?

—No, ¿por qué debería?

—Es que pareces distinto. ¿Están tus padres en casa? Aunque es sábado, supongo que tu padre podría estar fuera, trabajando. Charlie dudó, y después dijo:

—Está en el ejército, señorita.

—Sí, claro, qué tonta soy. ¿Tu madre trabaja?

Él no respondió de inmediato. Pensó rápido. No conocía bien a Molly. ¿Y a qué venía tanto interés por sus padres?

—Sí, limpia edificios y cosas así, como le dije a ese tipo del autobús.

—¿Por la noche, quieres decir?

—Sí. Está acostá. Volvió a casa hace un rato.

Molly soltó la cesta, abrió su pequeño bolso y sacó un bote de pomada y una venda.

—Deja que te vea la mano.

—¿Qué?

—El corte.

Charlie levantó la mano despacio.

—¿Te lo has limpiado, como te dije que hicieras?

—Bueno…

—Eso pensaba. No te muevas. —Sacó de su bolso un bote de agua jabonosa y un paño, vertió un poco en la tela y limpió y secó el corte concienzudamente—. Ahora un poco de pomada y una venda. No te preocupes, no te dolerá.

—No me preocupa —murmuró, pensando con remordimiento en la cabeza aplastada del difunto Eddie.

Ella lo miró mientras le aplicaba la pomada. Después, le envolvió la mano con la venda y terminó con un recio nudo.

—Bueno, eso debería bastar. Deberías pedirle a tu madre que te cambie las vendas a diario, hasta que deje de estar rojo y la herida comience a curar. Puedes quedarte la pomada, y te dejaré algunas vendas más.

Le entregó todo esto a Charlie, que se lo guardó en distintos bolsillos.

—Gracias, señorita. Bueno, ¿al final nos cruzamos con tu padre?

—¿Qué? —replicó ella, visiblemente sorprendida por su pregunta.

—Tu padre. ¿Estaba en casa cuando volviste esa noche?

—Uhm… No, en realidad no. Trabajó hasta muy tarde y no regresó a casa.

—¿A tu madre le da igual que trabaje hasta tan tarde y to eso?

—Todo el mundo tiene que hacer su parte —dijo Molly con determinación.

—Entonces, ¿lo has visto?

—Uhm, sí, sí, lo he visto. Está bastante… Bueno, sí… cansado.

Charlie miró la cesta.

—¿Huele a carne ?

—La señora Pride, mi niñera, ha ido de compras. Pasé por el parque Victoria de camino aquí. Pensé que podríamos hacer un pícnic, aunque había algunas barricadas en la entrada.

—El Vicky está cerrao por la guerra. Ahora tienen ahí las defensas antiaéreas.

—Bueno, si no te importa andar bastante, podríamos ir a Hyde Park. Aunque también podríamos llamar a un taxi. No sé si el metro llega tan lejos ahora.

Charlie agarró su gorra y su chaqueta de los ganchos junto a la puerta.

—No me importa andar si es necesario. Y comer siempre es necesario. Y, como tú has dicho, hace buen día. —Charlie se miró los pies, doloridos y apretados—. Aunque, si te sobra el dinero, un autobús hasta el West End no estaría mal.

Charlie estaba terminándose el último bocado de salchicha frita, pescado en conserva y fruta seca, junto con un trozo de cheddar.

Molly estaba sentada frente a él sobre la manta, bebiendo un vaso de agua.

Miró la lata vacía.

—Donde yo vivía, en la costa, había pescado de verdad.

—Aquí solo tenemos conservas —dijo Charlie.

—¿Y eso por qué?

—Los submarinos. Nadie quiere que lo hunda un torpedo mientras pesca en el canal.

—Oh, claro.

—Mi abuela dice que a las tiendas llega una cosa que no parece ni huele a pescao . Carne de ballena, puede que sea. Bueno, si no llegas a probarla nunca en tu vida, mejor.

—A ver, la gente tiene que apañarse con lo que tiene. Donde yo vivía, las mujeres se ponían maquillaje en las piernas porque ya no hay pantis de nailon. Medias líquidas, se llama. Viene en un frasco. Las mujeres incluso se dibujan las costuras con un lápiz de ojos negro.

Charlie apartó los ojos de la comida.

—¿Maquillaje pa las piernas? Vaya, nunca había oído hablar de algo así.

—¿Tu abuela vive con vosotros?

—Sí —dijo Charlie en voz baja—. Mi abuelo murió hace un tiempo y ella se vino a vivir con mamá y conmigo.

—¿Tu padre regresa a casa de permiso a menudo?

—No mucho, no —dijo Charlie, mirando de nuevo su plato.

Molly miró una estatua cercana.

—Recuerdo haber visto eso cuando era mucho más pequeña. ¿Te gusta?

Charlie se giró para ver a un niño desnudo encima de una enorme criatura marina. Frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No sé qué es eso, pero parece que le está haciendo daño.

—Es un delfín. Lo he leído todo sobre ella. La esculpió Alexander Munro. Era amigo de Lewis Carroll, el que escribió Alicia en el país de las maravillas . Aunque Lewis Carroll era su seudónimo. Su verdadero nombre era Charles Dodgson. ¿De verdad crees que le está haciendo daño?

—¿A ti te gustaría que alguien te clavara la rodilla en la espalda? —replicó Charlie, acaloradamente—. Y mira cómo retuerce la cola y cómo baja la cabeza.

—No deberías enfadarte tanto por una estatua, Charlie.

—No estoy enfadao —dijo, irritado. Volvió a mirar la estatua—. Pero no me gusta que la gente le haga daño a algo que no ha hecho na malo.

—Sí, por supuesto —dijo Molly, desprevenida por su respuesta—. A mí… A mí tampoco.

Miró las enormes armas antiaéreas envueltas en tela de camuflaje acurrucadas en el centro de lo que en el pasado había sido un bonito parterre de flores.

Podía ver al menos una docena de armas así, algunas estacionadas y fijas y otras sobre carretas con ruedas.

Había soldados con cigarrillos en las manos por todas partes, preparados por si las sirenas sonaban y los aviones alemanes aparecían.

Los cañones de casi cinco metros apuntaban al cielo como gigantescos dedos metálicos señalando algo interesante.

Molly había leído que aquellas armas podían lanzar proyectiles de doce kilos a doce kilómetros de altura.

Aunque los cañones no eran muy precisos, se esperaba que en un cielo abarrotado de aeronaves alemanas al menos golpearían algo, o harían que los aviones de la Luftwaffe se elevaran todavía más, lo que disminuiría drásticamente la precisión de sus bombardeos.

Molly miró los caminos pavimentados y recordó los días en los que los vendedores ofrecían allí todos los manjares y delicias que uno podía desear, como esponjosas magdalenas y jugosos pastelillos de té y polos de hielo.

Y en aquel entonces había cómodas tumbonas en el parque donde uno podía pasar la tarde bronceándose la cara o echarse una siesta en serena contemplación.

Ahora había agujeros horribles en la tierra y fuentes agrietadas y árboles caídos y cañones enormes en lugar de flores.

Más allá de una zona de césped, un hombre la sorprendió enfocándola con su cámara y haciéndole una fotografía. La bombilla de la cámara se calentó y enfrió en un suspiro.

Molly se levantó.

—Disculpe, ¿qué está haciendo?

Charlie se giró para mirar al hombre.

—¿Qué pasa?

—Me ha hecho una foto.

Mientras Molly caminaba hacia él, el hombre salió corriendo y desapareció entre un grupo de transeúntes.

—Puede que estuviera haciéndole una foto a esa escultura —dijo Charlie.

—Puede, pero…

—Pero ¿qué?

—Ay, no lo sé. Seguramente te parecerá una locura, pero creo que alguien me sigue. Que vigilan mi casa… Ese tipo de cosas. Y ahora este hombre con la cámara.

—Pero ¿por qué iban a hacer eso?

—Esa es la cuestión, Charlie, que no sé por qué. —Molly negó con la cabeza—. Bueno, ahora no hay nada que pueda hacer al respecto. —Levantó la mirada—. Parece que va a llover.

Charlie jugó con una esquina de la manta de pícnic.

—Entonces, ¿fuiste a ver al señor Oliver?

—Sí, necesitaba tu dirección.

—¿Por qué?

Ella sacó la media corona.

—Porque quería darte esto.

Antes de la noche anterior, Charlie habría aceptado la moneda. Pero ahora, ver el dinero lo hizo acordarse del poli muerto. Y de Eddie. De la enorme camioneta pasando sobre su pequeña cabeza. De las amenazas de Lonzo. No hizo ademán de aceptar el pago ofrecido.

—Te lo prometí a cambio de los servicios prestados —le dijo ella—. Y me prestaste esos servicios. Por tanto, te mereces que te pague. Es lo justo.

—No me merezco na —dijo Charlie. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.

—Charlie, ¿qué pasa? ¿Algo va mal?

Él se secó los ojos.

—Será mejor que nos vayamos. Puedes tomar un taxi allí.

—Puedo caminar. Mi casa no está muy lejos de aquí. Y puedo pasar por Harrods por el camino. No he estado allí desde que me fui al campo.

—Pero está a punto de ponerse a llover. Y un taxi será mejor, que vas cargada con la cesta y to eso.

—Pero ¿y tú?

Él se encogió de hombros.

—Siempre estoy más mojado que seco. Y no me importa andar mucho. Lo hago to los días.

—¿Tan lejos está el colegio de tu casa?

—Es… No, no está tan lejos. Pero voy a otros sitios, después del colegio.

Recogieron las cosas y las guardaron en la cesta. Y en la parada de taxi que había junto al parque, Molly dijo:

—Me gustaría conocer a tu madre.

—Ya, y a mí me gustaría conocer a la tuya —replicó él.

Molly se ruborizó un poquito.

—Es que… Mi madre no se encuentra bien.

—A tu padre entonces.

—Sí. Bueno, ya veremos, ¿no?

Mientras hacían cola, Molly miró un periódico que habían dejado sobre un banco.

—Oh, qué horrible.

Lo recogió y le enseñó a Charlie la portada. Había una fotografía de dos cuerpos cubiertos por sábanas delante de un camión.

—«Un agente de policía y un niño han muerto en un trágico accidente» —leyó Molly—.

«El agente ha sido identificado como Ambrose Tapper, de treinta y un años.

Estaba casado y tenía dos hijos pequeños.

El niño sigue sin identificar. El conductor del camión informó a la policía de que el agente estaba persiguiendo a tres jóvenes cuando el accidente ocurrió».

—La chica miró a Charlie—. ¿No te parece terrible?

Charlie miró fijamente los cadáveres bajo las sábanas y no respondió.

Molly siguió leyendo.

—«El conductor ha entregado a las autoridades descripciones de los otros muchachos.

Y están examinando las denuncias de la zona, ya que creen que los tres estaban involucrados en actos ilegales.

El agente de policía cumplía con su deber al perseguirlos cuando encontró su triste final».

—Miró a Charlie—. Algunas personas no tienen ningún respeto por la ley o por las vidas de los demás.

Oh, escucha esto. —Continuó leyendo—: «Salieron corriendo, —declaró el conductor del camión—.

Salieron corriendo y dejaron a su amigo muerto.

¿Qué tipo de persona hace eso?». —Molly plegó el periódico y volvió a dejarlo en el banco—.

Bueno, espero que atrapen a esos otros chicos.

Y espero que se sientan fatal por haber abandonado a su pobre amigo.

Mirando sobre su hombro, con el roce frío de la soga de la horca adherido a su garganta, Charlie consiguió decir:

—Ahí está tu taxi, señorita.

Ella se subió al vehículo y sacó la moneda por la ventanilla.

—Por favor, acéptala.

—Gracias por el pícnic. Ha estao bien —dijo Charlie. Después se giró y se alejó.

Mientras el taxi se marchaba, Charlie agarró el periódico y se lo guardó en el interior de la chaqueta. Caminó hasta casa bajo la lluvia, preguntándose cómo pudo dejar a Eddie allí muerto de ese modo.

Me merezco que me cuelguen.