El adiós de la muerte
EL ADIÓS DE LA MUERTE
D espués de subirse a una camioneta de reparto y de ayudar al conductor a descargar las cajas de verdura en un almacén cerca de Covent Garden, llegaron al callejón y Charlie vio el toldo verde.
Rezó para que la puerta estuviera cerrada con llave.
Cuando llegaron allí, la luz estaba apagada y la puerta estaba efectivamente cerrada, con las cortinas opacas corridas.
No obstante, Eddie se sacó la ganzúa del bolsillo y comenzó a trabajar en aquel problema mientras Lonzo sujetaba a Charlie del brazo. Se encorvó y susurró:
—Cuando Eddie abra esa puerta, tú entras sin hacer ni un ruido, agarras la pasta y nos la traes, ¿entendió? Na de trucos. —Lonzo levantó la navaja.
Charlie asintió.
No obstante, la puerta no cedió y Lonzo ladró:
—Eh, ¿qué pasa?
—No sé —dijo Eddie—. He quitao el seguro, pero creo que tie un pestillo por dentro.
—Bueno, no pienso irme de manos vacías después de venir hasta aquí.
Lonzo empujó a Eddie a un lado y apoyó el hombro contra la puerta, para empujar una vez y después dos y después una tercera vez. La madera crujió y la puerta se abrió.
—¡Eh! —gritó una voz. El haz de una linterna cayó sobre ellos. El madero estaba en la entrada del callejón.
—Muchachos, quietos ahí.
Comenzó a correr hacia ellos.
El trío de chicos no se quedó allí. Corrieron en la dirección contraria, igual que habían hecho en todos sus encuentros con la policía.
Cuando el agente pasó junto al escaparate del Bastión de los Libros, la luz del interior se encendió y Oliver apareció con su bata y su pijama detrás de la cortina.
Miró la puerta, dañada y parcialmente abierta, levantó la solapa del mostrador y corrió hacia la entrada.
Salió al callejón oscuro a tiempo de ver la espalda del policía y de los tres chicos a la huida.
—¡Alto! —gritó el agente—. Chicos, parad o será peor.
Salieron del callejón con Charlie, que tenía los pies ágiles, en cabeza. Lonzo iba justo detrás, y Eddie, con sus piernas más cortas, en la retaguardia.
Cuando llegaron a la calle, Charlie la cruzó rápidamente y Lonzo lo hizo un momento después.
Ambos miraron atrás cuando oyeron el chirrido de unos neumáticos, el rechinar de los frenos, el bramido de una bocina y, lo más perturbador, el impacto de la carne contra el metal. Y lo más horrible de todo: los gritos.
El camión había atropellado al policía justo cuando este alcanzó a Eddie, lanzando su cuerpo más de tres metros por el aire. El hombre aterrizó con un sonido escalofriante. Eddie había visto venir al camión y se había agachado; la rueda del vehículo le había pasado sobre la cabeza.
Charlie se detuvo tan rápido que Lonzo colisionó con él.
Cayeron en un revoltijo de brazos y piernas.
Charlie vio que el policía y Eddie estaban tumbados en la calle a varios metros de distancia; ambos estaban inmóviles, y su sangre manchaba la carretera.
El conductor del camión salió y miró los cuerpos con expresión desconcertada.
Charlie se puso en pie y gritó:
—¡Eddie!
Estaba a punto de regresar cuando Lonzo lo agarró del brazo violentamente.
—No, Charlie. Tenemos que escapar.
—Tenemos que volver —protestó Charlie.
—Si volvemos ahí, vamos a acabar en la cárcel, fijo.
—Pero…
Lonzo sacó su navaja.
—Te rajo aquí mismo. Y después me cargo a tu abuela. ¡Muévete!
—¡Eh, vosotros! ¡Volved aquí! —gritó el conductor del camión, un hombre barbudo y corpulento, cuando los vio.
Charlie giró sobre sus talones y se alejó corriendo con Lonzo justo detrás. Corrieron durante lo que le parecieron kilómetros a través del dormido Londres. Al final se detuvieron, se encorvaron y resollaron intentando recuperar el aliento.
—¿Crees…? —le preguntó Lonzo, con voz entrecortada—. ¿Tú crees que Eddie…?
—No… No creo que esté bien —dijo Charlie, sin aliento—. Creo… Creo que está…
—Mierda.
El duro Lonzo miró a Charlie como si fuera a ponerse a llorar.
Charlie lo entendía. Eddie era lo único que Lonzo tenía.
El chaval lo miró con furia.
—Esto es tu puta culpa.
—Fue idea tuya ir allí, Lonzo.
—Pero si tú no fueras imbécil y no le hubieras devuelto el dinero… —Gruñó, compungido—. Y encima nos hemos cargao a un poli. Eso… Por una mierda así pueden ahorcarte.
Charlie no había pensado en eso.
—No van a colgarnos, Lonzo. No somos lo bastante mayores.
—¡Imbécil! Na más somos un par de tíos del East End, no valemos na. —Le agarró el brazo—. Mantén la boca cerrada, ¿me oyes? Si dices una puta palabra de esto, te rajo, y también a tu abuela. Te lo juro por la tumba de mi madre.
—No voy a decir na, Lonzo. No quiero que me ahorquen.
—Mejor será.
Lonzo lo soltó, se giró y desapareció en la noche.
Charlie, con las extremidades todavía temblorosas, regresó rápidamente a Bethnal Green.
Cuando volvió a su apartamento, abrió la puerta del dormitorio de su abuela y se quedó allí, mirándola tumbada sobre su colchón durante mucho tiempo. Una imagen atravesó su mente: Lonzo entrando en su casa, armado con la navaja; la abuela gritando mientras la hoja descendía…
Temblando de miedo y todavía conmocionado, corrió a su alacena. Se tumbó allí, completamente vestido, con la mente llena de una oscuridad mucho más negra que la brea de las ventanas.
Eddie estaba muerto. Y también un poli. Eran carne de patíbulo. Podían colgarlos por lo que habían hecho esa noche, pensó.
Todavía tenía los ojos abiertos cuando la abuela se levantó por la mañana y le dio un beso de despedida. Se levantó de un salto y la siguió, para asegurarse de que se subiera a su autobús y de que Lonzo no estuviera cerca.
Cuando regresó a su cama, se sumió por fin en un sueño exhausto, hasta que horas después llamaron a la puerta. Se levantó, creyendo que sería la policía y que tendría que huir por la ventana, hasta que oyó su voz.