Extraños en el tiempo El tiempo a punta de navaja
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El tiempo a punta de navaja

EL TIEMPO A PUNTA DE NAVAJA

D espués de una saciante cena en el salón parroquial, donde Charlie devoró una tartaleta de crema y probó una cucharada del pudín de la abuela, regresaron caminando a su apartamento.

La abuela se había mostrado extrañamente reservada durante la comida especial, y por eso Charlie sabía que pasaba algo.

La mujer condujo a Charlie hasta la sala de estar y le pidió que se sentara. No lo miró a los ojos, lo que hizo que el muchacho temiera lo que estaba a punto de decirle.

Ella colocó una envejecida mano sobre una de las rodillas huesudas de su nieto.

—No hay un modo fácil de decir esto, Charlie.

—¿Estás…? ¿Estás enferma, abuela? —balbuceó él.

—¿Qué? No, Charlie, no. Estoy bien, cielo.

Pero hay… malas noticias. La cuestión es que las cosas en la panadería no están yendo del todo bien.

No conseguimos producto suficiente para vender y, cuando lo hacemos, la gente no tiene el dinero para pagarlo.

Y aunque no me han despedido ni nada de eso, el sueldo…

Bueno, me han bajado el sueldo a la mitad.

—¿Qué significa eso? —le preguntó Charlie, aunque sabía que no podía significar nada bueno.

—Bueno, para empezar, significa que no podemos quedarnos aquí. Vamos a tener que mudamos.

—¿Mudamos a dónde? —le preguntó Charlie, con voz atemorizada.

—Bueno, todavía no lo he pensado. Acabo de enterarme de todo esto hoy.

Pero la gente nos ayudará, Charlie, estoy segura de ello.

Y creo que hay un ministerio que ayuda a la gente con el alojamiento y esas cosas.

Bueno, podríamos tener que compartir con otros, pero tendremos un techo sobre nuestras cabezas. Estoy segura de que nos irá bien.

—¿Cuánto nos costaría quedarnos aquí?

Ella palideció.

—Charlie, soy yo quien tiene que resolver este problema, y lo haré. Ahora, vete a la cama y descansa bien esta noche. Las cosas nos parecerán mejores por la mañana.

La abuela se levantó y se dirigió a su dormitorio mientras él se apresuraba a la alacena y se tumbaba en su caja para pensar en todo aquello y trazar un plan.

Ni siquiera esperó a que la abuela se quedara dormida.

Se levantó, salió por la ventana sin hacer ruido y corrió al callejón.

Necesitaba conseguir dinero, y rápido. Su plan era ir a casa de Molly y ver si ella podía entregarle la media corona.

Eso ayudaría a su abuela. Esperaba que no fuera demasiado tarde para hacerle una visita.

Cuando dobló la esquina, se detuvo al ver a Lonzo y a Eddie. Lonzo llevaba una chusta de tabaco en la boca; las volutas del humo del tabaco se unían a la niebla que se agrupaba a su alrededor, emborronando sus siluetas.

Un momento después, el chaval aplastó la colilla contra la acera con el tacón de su bota de tercera mano. Con las manos en los bolsillos, miró a Charlie.

—Nos hemos enterao de lo de tu abuela. Le han bajao el sueldo. ¿Qué vas a hacer?

—Voy a conseguir dinero.

—¿Cómo? —Esto se lo preguntó Eddie.

—Todavía no lo sé —mintió Charlie. No quería que Lonzo se acercara a Molly Wakefield.

Lonzo avanzó un paso.

—La cosa es que te seguimos hasta el colegio y te vimos entrando en esa tienda de libros.

—Clavó un dedo en el flaco pecho de Charlie—.

Te lo íbamos a decir el otro día, pero saliste por patas, ¿eh?

Y a la mañana siguiente te seguimos otra vez y te vimos devolverle la pasta a ese tipo. ¿Estás chalao o qué?

A pesar del frío, una fina línea de sudor apareció en la frente de Charlie.

—Era un montón de dinero, Charlie —añadió Eddie—. De sobra pa ayudar a tu abuela.

—Y pa ayudarnos a nosotros, colega —dijo Lonzo con una sonrisa maliciosa.

Charlie retrocedió y negó con la cabeza.

Lonzo se sacó algo del bolsillo. Charlie vio que era su navaja plegable. El chaval la abrió y reveló una hoja pequeña y letal.

—Bueno, tu abuela es una vieja simpática, ¿eh, Charlie? Sería una pena que le pasara algo.

Un furioso Charlie saltó para atacar a Lonzo, pero Eddie lo agarró y lo sujetó con fuerza mientras su amigo acercaba la hoja de la navaja al tembloroso cuello de Charlie.

—Ahora vamos a ir tos a por el dinero que le devolviste a ese tipo. Después nos separaremos en tres direcciones, fácil y rápido, como siempre hacemos. Porque tú no eres de esos que dejan tiraos a los colegas, ¿a que no, Charlie?

Charlie forcejeó para zafarse de Eddie, pero el otro chico era mayor y más fuerte que él.

—No seas cabrón, Charlie —le pidió Eddie, sin aliento—. Ni siquiera lo echará en falta.

—¡Sí lo hará! —exclamó Charlie—. No tie mucho.

—Bueno, tie más que nosotros —dijo Lonzo—. Así que andando.

Charlie consiguió soltarse por fin de Eddie.

—No voy a ayudarte a hacer eso.

—De acuerdo —dijo Lonzo, cerrando su navaja—. Entonces iremos y pa ti no habrá na. Pero si ese tipo intenta detenemos… Bueno, seguramente termine en el hospital.

Charlie pensó con rapidez, desesperado.

—De acuerdo, voy con vosotros. Entraremos y saldremos sin que siquiera se dé cuenta.

Lonzo agarró a Charlie del brazo.

—Vamos.