Un segundo visitante
UN SEGUNDO VISITANTE
M olly se tomó unos segundos para mirar a su alrededor y decidió que su segunda impresión de la tienda difería de la primera.
Sí, estaba abarrotada, pero era como el desorden de una mente que tiene mucho en lo que pensar.
Eso no siempre es algo malo, ¿verdad? En realidad, se descubrió sonriendo mientras se fijaba en las combadas estanterías y en las tambaleantes torres.
Al minuto siguiente, la cortina se abrió y apareció él.
—¿Sí, señorita? ¿En qué puedo ayudarte?
Parecía amable y entusiasta y para nada el «bicho raro» que Charlie le había descrito.
—¿Es usted Ignatius Oliver? —le preguntó, escuetamente.
—Lo soy.
—Tengo entendido que conoce a un chico llamado Charlie Matters.
Él levantó la solapa del mostrador y se detuvo a su lado.
—Lo conozco. ¿Puedo preguntar por la razón de esta pregunta?
—Me ayudó a hacer algo y le prometí que le pagaría, pero se marchó antes de que pudiera hacerlo. Esperaba que usted pudiera decirme dónde vive, para que pueda compensárselo.
Oliver se quitó las gafas, se las limpió en la manga y volvió a ponérselas.
—Entiendo que eso sea un dilema, ¿señorita…?
—Molly Wakefield.
—¿Vives en Londres? —le preguntó.
—En Chelsea.
—Sí, claro.
Sus palabras la hicieron fruncir el ceño.
—¿A qué se refiere con eso?
—Es solo que es una zona elegante, y que tú también eres sin duda una muchacha elegante.
—Supongo —contestó, mirando su ropa, adecuada y cara.
—Charlie es un buen chaval.
—Parece que la guerra no ha sido amable con él —replicó ella, mirando a Oliver de soslayo.
—Como no lo ha sido con muchos otros.
—Por eso quiero pagarle lo que le debo. Era media corona. —Se la sacó del bolsillo y se la enseñó.
—Eso es hoy en día una pequeña fortuna para alguien como Charlie —dijo Oliver, admirando su brillo—. ¿Y vives con tus padres?
Ella frunció de nuevo el ceño y decidió no contestar la verdad.
—Vivo con mi madre y mi padre, y con mi niñera.
—¿Están todos bien?
—Mi padre trabaja muchas horas. En el Ministerio de Alimentación —añadió, como si eso lo explicara todo.
—¿Y tu madre?
—No se siente demasiado bien —contestó Molly con cautela.
—Como muchos de nosotros.
—¿Aquí solo está usted, entonces? —preguntó, decidida a descubrir algunas cosas sobre el hombre.
—Sí.
Molly miró a su alrededor y vio la foto de la mujer con el lazo fúnebre.
—¿Es su…?
—Mi difunta esposa. Como le dije a Charlie, esta era su tienda.
—Ah, por eso pone «propietaria» en el escaparate —apuntó Molly.
—Sí, la «I» es de Imogen. Después de su muerte, empecé a ocuparme yo. No se me ha dado muy bien, y la guerra, desde luego, no ha ayudado.
—Siento lo de su esposa. ¿Puedo preguntar qué le pasó?
—Le pasó la guerra, por desgracia. —Siguió su mirada mientras vagaba por la tienda—. Veo que eres una lectora ávida —señaló.
—¿Cómo lo sabe? —le preguntó Molly, sorprendida.
—Los ojos de un bibliófilo son guías muy competentes. Prácticamente brillan cuando se posan en los libros, como los de un sibarita cuando prueba las delicadas creaciones de un chef, o las de un amante del vino cuando se le presenta una hilera de polvorientas botellas de burdeos.
—¿Usted lee muchos libros?
—Imogen lo leía prácticamente todo. Y me hablaba de todo lo que leía con el mayor detalle. También me leía en voz alta, con las más vívidas entonaciones. Así que, a través de ella, supongo que he leído bastante, sí.
—A mí me encanta leer libros. Y es evidente que usted tiene muchos aquí.
—Poco organizados, me temo. Así era como lo hacía Imogen. A mí me gusta ser un poco más ordenado. Pero ¿sabes lo que me dijo una vez? —Añadió con entusiasmo.
—Dígame.
—Si sabes dónde está todo, nunca te sorprendes ni descubres nada, algo que ella consideraba las más deliciosa de las sensaciones. Por eso este desorden. Esto permite a la gente escapar de su zona de confort, supongo. —La miró con nerviosismo—. ¿Estoy desvariando?
—No, para nada. Estoy de acuerdo en que hay que abandonar el entorno cómodo y descubrir nuevas cosas. Quiero decir, ¿no vivimos para eso?
—Sin duda.
—Volviendo a Charlie, ¿tiene su dirección?
El hombre tomó un lápiz grueso, escribió algo en un trozo de papel y se lo entregó.
Molly miró lo que había escrito:
Honorable Charles Elias Matters
Dapleton Terrace, 13, Apartamento 4A. Bethnal Green,
Londres E2
—Tengo entendido que Bethnal Green resultó muy dañado en los bombardeos.
—Sí. El East End entero fue un objetivo recurrente durante el Blitz —le contó Oliver.
—Al menos los bombardeos ya no son tan malos como antes. Lo oí en la radio.
—Pero los aviones todavía vienen. Y la gente todavía pierde a sus seres queridos. Y con ellos, quizá pierde también la esperanza.
—Charlie parece tener esperanza —dijo Molly.
—Creo que Charlie tiene más esperanza que nadie.
—¿Usted lo conoce bien?
—A algunas personas puedes leerlas con mayor facilidad que a otras. Pero ¿acabas de decir que oíste hablar de los bombardeos en la radio?
—Estuve viviendo en una pequeña aldea de Suffolk, muy cerca de la costa. Me enviaron allí durante el plan de evacuación. Acabo de regresar. —Como él parecía desconcertado, añadió—: Sé que la mayoría volvió hace mucho, pero… pero mis circunstancias han sido un poco… diferentes.
—Si tú lo dices —replicó él con cortesía.
Ella miró la abundancia de libros una vez más.
—Por favor, explora cuanto quieras. Imogen siempre decía que nunca se leen demasiados libros. Es como decir que tomar demasiado aire para respirar es un problema.
—Echaré un vistazo, gracias.
—Y, bueno, ¿te apetecería una taza de té y una tostada con Golden Shred?
Acabo de poner al fuego la tetera. Sé que el Ministerio de Alimentación no aprueba el té por la mañana, pero yo tengo un montón.
Lo compramos antes del racionamiento —añadió rápidamente—.
Así que no creo estar quebrantando ninguna ley, al menos en espíritu.
—No, no se moles… —Molly se detuvo cuando le rugió el estómago—. Bueno, sería maravilloso tomar una tostada y una taza de té. Gracias. ¿Y de qué conoce a Charlie?
—Bueno, pasó por aquí una noche.
—¿Una noche?
—Sí. Puede que hayas notado que le gusta bastante la noche.
—Lo he notado.
El hombre desapareció tras la cortina, y dejó a Molly explorando.
La chica se abrió camino despacio por el lugar, girando libros, hojeando sus páginas, leyendo fragmentos aquí y allá, y dos veces recitó en voz alta un párrafo concreto.
Miró una recia puerta de madera bajando un breve tramo de escalera. Se acercó a ella y giró el pomo, pero estaba cerrada. Retrocedió hasta la planta principal de la tienda y volvió a su deambular. Al final, un libro atrapó su atención.
Cuando Oliver regresó con el té y la tostada, le dijo:
—Me llevaré este. —Se lo mostró—. ¿Cuánto es?
—Te lo regalo, señorita Wakefield.
—No, de verdad, eso no es necesario.
—Oh, pero has venido aquí llena de buenas intenciones hacia otra persona. Así que, por favor, eso me haría muy feliz.
—Bueno, gracias. —Señaló la puerta cerrada—. ¿Qué hay ahí?
—Una habitación especial —dijo él—. Para momentos especiales en el tiempo.
—Entonces, ¿tiene libros ahí, y cosas así?
—Y cosas así.
—Es de Jane Austen —dijo ella, levantando el libro de nuevo.
Él le ofreció el té y un plato con una tostada y miró la portada con los ojos entornados.
—Ah, Mansfield Park —dijo. Ella asintió—. He leído otros libros de ella. Creo que es bastante buena.
Mientras Molly bebía té y mordisqueaba la tostada con mermelada, dijo:
—Aunque creo comprender que Austen utiliza la ironía, no me interesa especular sin cesar sobre con quién me casaré algún día.
—Creo que, cuando te hagas mayor, la agudeza de su ingenio, la refrescante sátira de sus observaciones y la sofisticación de su mensaje subyacente te impresionará mucho más.
Y creo que descubrirás que tienes algunas cosas en común con esta historia en concreto, ya que, al igual que tú, que acabas de regresar a Londres, trata sobre una joven dama en un territorio desconocido.
—Entonces, ¿usted lo ha leído? —le preguntó Molly.
—Imogen me lo leyó. Por supuesto, ella ya los había leído todos antes.
—¿Qué? ¿Todos estos libros? —preguntó Molly, asombrada.
—Como ella decía, ¿qué otra cosa puede hacer uno con los libros, además de leerlos y reflexionar después sobre lo que se acaba de leer? E, incluso más placentero, sobre qué se leerá a continuación.
—Bueno, era la propietaria de una librería, así que también podía venderlos.
—Ah, e Imogen era una entusiasta de ello. Decía: «Si no los leo primero, ¿cómo decidiré cuál merece la pena vender y cuál no?».
Molly pensó en ello.
—Ahí tenía razón.
—A mí siempre me lo pareció —dijo Oliver…
un poco triste, concluyó Molly, a la que también le pareció un poco perturbador que el hombre pareciera imitar la que había sido la filosofía de vida de su mujer en lugar de adherirse a la suya.
Quizá Charlie había tenido razón en que el señor Oliver era un bicho raro .
—Entonces visitaré a Charlie y le entregaré el pago acordado.
—¿Esa es la única razón por la que lo buscas? ¿Para pagarle lo que le debes? —le preguntó Oliver.
—Bueno, no, no es la única razón. Creo que… podríamos ser amigos.
—Creo que podrías tener razón en ello.
—Me parece que él podría necesitar una amiga, en realidad —afirmó Molly, mirando a Oliver con esperanza.
—Y, si me permites decirlo, creo que tú también.
—Gracias, señor Oliver. Espero que volvamos a encontrarnos.
—Estoy aquí casi siempre.
Ella se giró hacia la puerta, pero después se volvió para mirarlo y levantó el papel con el nombre y la dirección de Charlie.
—¿Por qué se refiere a Charlie como «honorable»?
—Porque tiene el potencial de serlo —contestó Oliver—. Como lo tenemos todos.