Una primera mentira
UNA PRIMERA MENTIRA
E n su camino, Molly pasó junto al gigantesco Hyde Park a su izquierda y el mucho más pequeño Green Park a su derecha, con el palacio al suroeste. Las zonas elegantes de Mayfair y el Soho estaban frente a ella, siguiendo Piccadilly. Covent Garden estaba en el Strand, al este del Soho.
Mientras paseaba, la ciudad empezó a despabilarse.
El cielo estaba despejado, y el sol de la mañana ya había empezado a calentar el aire gélido.
Por el camino se detuvo para preguntar a la gente si había oído hablar del Bastión de los Libros, en Covent Garden.
Nadie lo conocía. Quizá no existía esa librería.
Charlie Matters podría ser más díscolo de lo que parecía.
Y esa frivolidad podría costarle media corona, pensó.
Cuando estaba en el campo caminaba kilómetros de golpe, pero tenía que admitir que hacerlo allí era diferente.
Había más personas que eludir, así como escombros que esquivar o por los que trepar, y había automóviles, bicicletas, autobuses y la ocasional carreta tirada por caballos con los que tener cuidado, ya que de vez en cuando abandonaban la calzada e invadían la acera.
Mientras ampliaba su búsqueda y avanzaba hacia el Támesis, Molly se detuvo en una esquina cerca del Savoy, donde había tomado té y donde también le arreglaron un vestido en una tienda de las galerías del hotel.
Ahora parecía lóbrego y árido, aunque había un botones uniformado en la puerta y algunos taxis que esperaban ante la entrada.
Habían levantado un enorme muro que bloqueaba la vista del río, y había sacos amontonados por todas partes.
Supuso que debía ser para proteger el hotel de las bombas.
Molly no sabía que justo debajo del edificio había un exclusivo refugio antiaéreo para los huéspedes del Savoy, lujoso y en nada parecido a los refugios a los que huían los londinenses cuando las bombas caían.
Miró a su alrededor y se fijó en un Riley de dos puertas con un par de hombres en su interior aparcado al otro lado de la calle.
No había nada inusual en ello. Pero lo extraño era que Molly estaba segura de que había visto el mismo automóvil con los mismos dos hombres delante de su casa cuando salió aquella mañana.
O me estoy volviendo loca, o me están siguiendo.
Cuajado el coche arrancó de repente, decidió, como antes, que solo se sentía inquieta por su difícil situación y que estaba pensando tonterías.
Volvió a concentrarse en su misión, decidida a tener éxito, como intentaba hacer en todo lo que se proponía.
Molly siempre había sido una estudiante ejemplar.
Su madre le había dicho que, cuando creciera, sería cualquier cosa que quisiera.
Su padre le había dicho lo mismo, siempre que se tratara de ser maestra o quizá la secretaria de un hombre poderoso.
Y, por supuesto, estaba el inevitable matrimonio con la persona adecuada.
Pero Molly quería ir a la universidad. Y eso la hizo pensar en algo que Charlie había mencionado y que podría ayudarla en su búsqueda.
«Colegio San Salvador». Alguien sabría, seguramente, dónde estaba.
Y, efectivamente, lo supo un caballero con el que se topó.
Inclinó su sombrero con elegancia, se mesó el respetable bigote y le contó que él mismo había estudiado allí antes de indicarle el camino.
Aunque parecía desconcertado por su pregunta, ya que el colegio San Salvador, según le informó, era solo para chicos.
—Se trata de mi hermano —dijo Molly—. He quedado allí con él.
—Ah, entonces bien —le dijo el hombre con una sonrisa antes de alejarse.
Bueno, esa ha sido la primera mentira que he dicho nunca.
Y la sorprendió lo satisfactorio que fue sacarle provecho.
Se apresuró en la dirección del San Salvador, pero nunca llegó allí.
Al pasar por la entrada de un callejón, miró por casualidad y vio el toldo verde que Charlie le había descrito.
Bueno, para ser justos, sabía que había muchas marquesinas verdes en la ciudad.
Se apresuró en esa dirección y la sorpresa fue tan agradable como la que uno se lleva cuando recibe el regalo de cumpleaños que verdaderamente quería en lugar del que quien te lo regala creía que querías.
EL BASTIÓN DE LOS LIbrOS
I. OLIVER, PROPIETARIA
Allí estaba tan claro como el día. Y eso significaba que Charlie no le había mentido, lo que la hizo sentirse bastante aliviada. Pero también se sentía confusa.
¿ Propietaria ? Estaba segura de que Charlie había dicho…
Cuando miró a través de la luna sucia, el batiburrillo de libros la encontró desprevenida. Había estado en muchas librerías de Londres y ninguna se parecía a aquella. ¿Es que la guerra lo había cambiado todo? Esperaba que no. Después de todo, había estándares que debían cumplirse.
Cuando se despidió de ella en el tren que la llevaría al campo, su padre se lo había advertido.
«Debe evitarse la anarquía a cualquier precio».
Los alemanes presumían de eficacia y método, le había dicho.
Aquello se refería a sus trenes, a sus uniformes e incluso a su Blitzkrieg, que Molly había comprendido que era una guerra apresurada contra un enemigo mucho más débil.
Pero lo que los nazis querían en realidad, según su padre, era la anarquía.
La anarquía del alma , le había explicado, que era la peor anarquía de todas.
Y después le había dado un beso en ambas mejillas húmedas por las lágrimas, le había acariciado la cabeza y colocado bien las trenzas y la había visto marcharse.
Aquella era la última vez que había estado con su querido padre.
Su madre había quedado demasiado afectada por la marcha de Molly para acompañarlos a la estación de tren.
Y eso seguramente fue bueno. Había muchos padres y madres diciendo adiós a niños con etiquetas de identificación sujetas a los abrigos y máscaras de gas en la mano y pequeñas bolsas sobre los temblorosos hombros que contenían todo lo que poseían.
Era una necesaria huida de los inocentes ante la llegada del mal, sin duda, pero también una de las más tristes de toda la historia.
Abrió la puerta de la tienda, la campanilla tintineó agradecidamente y Molly entró en el Bastión de los Libros de I. Oliver con una poco manejable combinación de inquietud y esperanza en el corazón.