Extraños en el tiempo El día de la independencia
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El día de la independencia

EL DÍA DE LA INDEPENDENCIA

— N o… No sé qué habrá pasado —dijo la señora Pride—. ¿Puede que tu padre tuviera que salir de viaje? Y es evidente que no sabe que estás en casa, pues de lo contrario estoy segura de que habría escrito o telefoneado. Yo no sé cómo contactar con él.

Molly miró a la señora Pride como si estuviera hablando deliberadamente en un idioma extranjero. Estaban en la cocina y la niñera acababa de dejar el plato del desayuno y una taza de leche en polvo delante de Molly.

A juzgar por la expresión desvalida de la mujer, a Molly le pareció que su niñera sabía que aquella farsa tenía que terminar tarde o temprano.

Añadió con nerviosismo, quizá reaccionando a la pétrea mirada de Molly:

—Bueno, sé que debes estar decepcionada y frustrada. Yo lo estaría, en tu lugar. Pero la guerra ha… ha cambiado muchas cosas.

—Sin duda, pero llevo en casa más de una semana y todavía no lo he visto ni una vez. Estoy empezando a creer que, como mi madre, él ya no vive aquí.

—Este es su hogar, Molly —replicó la señora Pride, indignada.

—Entonces sería de esperar que lo usara —le espetó.

—Como he dicho, la… la guerra ha cambiado muchas cosas. —¿Dónde trabaja?

La señora Pride sonrió con nerviosismo.

—Eso ya te lo he dicho, Molly.

—Sí, sí, lo sé, en el Ministerio de Alimentación, pero ¿dónde, exactamente?

—Oh, no estoy segura. Habrá muchos despachos distintos, supongo, por eso no tengo modo de ponerme en contacto con él.

Es muy grande. Supongo que todos los ministerios son enormes.

Mira el de Hacienda. O el Ministerio de Pensiones.

—Añadió, con un resoplido—: Aunque dudo de que ahora haya muchos con pensiones.

Yo diría que se están aferrando al sueldo con ambas manos.

—Pero ¿y mamá? Quiero verla. Hoy.

—Es lógico, pero está en Cornwall y no podemos ir sin más a Cornwall, ¿verdad? Bueno, cómete el desayuno antes de que se enfríe. Hay muchos por aquí que no se molestan en sentarse a la mesa porque no tienen nada de comer en ella.

Una señora Pride claramente aturullada se marchó apresuradamente antes de que Molly pudiera hacerle otra pregunta.

La chica miró su plato de comida. Había un huevo en polvo, una única tostada integral con un poco de margarina, una loncha diminuta de algún tipo de carne y un trocito de cheddar.

Untó la tostada, se la comió con el huevo y la carne y el queso y se bebió su leche en polvo, que no sabía a nada más que a leche de verdad. Cuando terminó, sintió algo que nunca había experimentado antes de volver a casa: hambre.

Aquello también la hizo pensar en Charlie Matters.

Puede que él fuera uno de esos que no se sentaban a la mesa porque no tenían nada que comer, como la señora Pride había dicho.

La moneda que todavía tenía en el bolsillo…

En realidad, él se la había ganado, y quizá podría usarla para comprar comida.

Pero ella no tenía ni idea de dónde vivía, o de con quién vivía.

Quizá con nadie. La guerra había convertido en huérfanos a muchos niños.

Y parece que yo tampoco tengo madre ni padre, al menos por ahora.

Sacó la media corona y la movió entre sus dedos. Después se puso el sombrero, el abrigo y los guantes, y le dijo a la señora Pride que iba a dar un paseo.

—¿Crees que eso es prudente? —le preguntó su antigua niñera.

—Creo que es más prudente que esperar aquí a que mi padre no aparezca.

—Molly, querida, sin duda debo protestar.

—Sí, señora Pride, supongo que debe. Adiós.

Molly cerró la puerta a su espalda, echó una mirada a su alrededor y se orientó. Iba a dirigirse a Covent Garden. No estaba tan lejos, y era una bonita mañana sin bombardeos. Y, pensó, durante una guerra mundial, ¿por qué perder una gloriosa oportunidad de aventura?