Icing & chauncey
ICING & CHAUNCEY
C harlie se abotonó el abrigo remendado, se quitó la gorra y se alisó el cabello, usó saliva para limpiarse los churretes de la cara, se secó las manos en los pantalones y golpeó la madera con firmeza.
Retrocedió de un salto cuando la puerta se abrió de inmediato y apareció una mujer alta, delgada y de aspecto severo con el cuello almidonado y unos puños que parecían tan tiesos como ella.
Tenía un monóculo insertado en un ojo y su cordón rojo enganchado con un broche a su lechosa blusa blanca.
—¿Sí? —preguntó con tono bastante agresivo, mirándolo con desdén—. No recibimos visitantes sin una cita, jovencito.
Lo miró de un modo que decía claramente que a él le sería imposible conseguir una cita en King & Chauncey, procuradores. Charlie levantó el libro.
—Tengo esto pa venderlo, señora. Es papel. Papel en blanco . Ese… Uhm. Ese tipo de ahí me ha dicho que aquí se usa papel, así que…
La mujer miró sobre el hombro de Charlie al hombre de la acera, que estaba atareado entregándole unas cerillas a un hombre bien vestido a cambio de medio penique.
—Sí, ¿eh?
—Sí —replicó Charlie—. Y no hay bastante papel. Lo racionan. Es terrible, sí.
El monóculo perdió un poco de su agresividad.
—¿Sabes que los autores tienen que esperar años para ver sus libros publicados porque no hay papel en el que imprimirlos? —le dijo—. Cuando durante una guerra deberían leerse más libros que en cualquier otro momento. ¿No es horrible, jovencito?
—Una verdadera vergüenza.
—Déjame verlo —le exigió.
Charlie se lo entregó y ella lo hojeó, al parecer asegurándose de que estaba, efectivamente, en blanco. Se lo devolvió.
—Ven —dijo, girándose e indicándole que entrara.
Charlie siguió a la mujer por un amplio pasillo que estaba bien iluminado tanto con lámparas eléctricas como por titilantes apliques con velas.
El olor de la leña llegó hasta sus fosas nasales y Charlie se preguntó de dónde habrían sacado la madera.
Eso era en Londres incluso más escaso que el carbón.
Miró el elegante interior, cada vez más incómodo.
Tenía la barriga razonablemente llena gracias a la mujer de la cantina, y las buenas perspectivas parecían aumentar con cada paso que daba.
Había empujado la idea de conseguir una sola libra hasta el fondo de su cabeza.
Suponía que aquella gente tendría en realidad muchas libras para gastar en un papel tan bueno como aquel.
¿Y no sería gracioso que el farol que se había marcado con Lonzo resultara ser más que verdad?
La mujer lo condujo hasta una habitación con un escritorio, firmes estantes llenos de voluminosos tomos y de paquetes de papel con cordones rojos alrededor, y sillas con respaldos de madera y asientos acolchados de rayas.
Había una pintura de un puente colgada de una pared empapelada.
Un alegre fuego ardía en la chimenea. Charlie se percató de todo esto y después miró a la mujer, que lo observaba con atención.
—Bonito lugar, señora —le dijo.
—Gracias. —Le señaló una silla para que se sentara. Charlie se quitó la gorra, se pasó las manos por las sucias posaderas de sus pantalones y se sentó mientras ella ocupaba su lugar tras el escritorio.
Miró a Charlie y él la miró a ella.
—Entonces, ¿usted es King o Chauncey, señora? —le preguntó con su tono más educado.
Esta pregunta pareció sorprenderla, y quizá complacerla.
—No soy ninguno de los dos. El señor King y el señor Chauncey se encuentran hoy en otro lugar. Son procuradores. Mi nombre es Virginia Woodley. Yo los ayudo.
Charlie asintió.
—Esto de la procuración parece estar bien pagado.
—Son necesarios años y años de rigurosa educación para convertirse en procurador.
Charlie se desanimó. Ya suponía que tenía que haber alguna trampa.
—¿Y tu nombre cuál es, jovencito?
Charlie empezó a responder, pero se lo pensó un momento.
—Honorable Charles E. Matters, señora.
Ella unió las cejas y procedió a elevar su larga frente como el ascensor de un edificio en movimiento.
—¿Y dónde conseguiste el libro, señor Matters?
—No lo robé, si eso es lo que está pensando. Me lo dio alguien.
Ella deslizó su monóculo sobre la fachada desaliñada del niño.
—¿Estás seguro? Porque estoy totalmente en contra de la compra de artículos robados.
Charlie no rompió nunca el contacto visual.
—Me lo dieron —repitió.
—¿Quién?
—¿Eso importa?
—Las cosas así importan, por supuesto.
—Ignatius Oliver, el propietario del Bastión de los Libros, junto al colegio San Salvador. Él fue el tipo que me lo regaló.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—Tú seguramente no serás alumno del San Salvador.
—Seguramente no lo seré, señora.
Por un momento, Charlie pensó que sus labios iban a curvarse en una sonrisa, pero no lo consiguieron.
—¿Y por qué te regaló el libro?
Charlie se encogió de hombros.
—Él… Él me dijo que su esposa solía escribir… cosas en un diario. Y supuso que a mí también podría gustarme eso.
—Entonces, ¿por qué estás aquí, intentando venderlo?
—Porque el dinero me vendría mejor que poder escribir lo que pienso y esas cosas. Dudo que merezca la pena.
Ella miró con incomodidad su ropa deshilachada y su constitución delgada.
—¿Cuánto pides?
Charlie se mordió el labio.
—Estaba pensando en cinco libras, pero por ser usted se lo dejaré en dos.
—¿Y por qué me ofreces una ganga así? —le preguntó ella con recelo.
Él decidió decirle la verdad.
—Porque la charla ha sido agradable. Y aquí se está calentito —añadió—. Y nunca me había sentado en una silla tan suave como esta. Esas cosas me parecen importantes, señora.
Ella colocó las manos ante ella, pero no parecía excesivamente desalentada por la cantidad pedida.
—De acuerdo. Pero dos libras siguen siendo mucho dinero.
—Bueno, no todo será para mí.
—¿No?
—Claro que no. El tipo de la acera de enfrente me habló de usted, así que supongo que se merece unos peniques.
Estuvo ayudando a ocuparse de las bombas hasta que le volaron las piernas en East Ham.
Y mi abuela necesita un sombrero y unas gafas.
Después, me gastaré una parte en unos zapatos y un abrigo para mí, si es que los encuentro a buen precio, o si los encuentro, sin más.
Si sobra algo… Bueno, a mi abuela le gusta comer pudin de vez en cuando.
—¿A tu abuela? ¿Vives con ella?
Charlie asintió.
—¿Y tus padres?
Charlie se encogió de hombros.
—Solo tengo a mi abuela.
Ella se aclaró la garganta y, sin mirarlo, dijo:
—Creo que cinco libras es el precio correcto para un libro como este. Es una buena cantidad de papel. Permíteme un momento, y me ocuparé de ello.
Mientras se levantaba, Virginia Woodley se secó los ojos con un pañuelo que se sacó de la manga. Mientras comenzaba a pasar junto a él, Charlie le dijo con firmeza:
—No necesito limosna, señora. Hay un montón de gente que está peor que yo. Yo tengo a la abuela, y un techo.
—Por supuesto, señor Matters. Y yo diría que en San Salvador seguramente no se merecen a un muchacho tan bueno como tú.
Le dio una palmada amable en el hombro y se marchó.
Charlie siguió sentado en la silla, mirando a su alrededor. Si un lugar como aquel existía allí, entre tanta pérdida y escombros, entonces quizá algún día conseguirían dejar la guerra atrás y avanzar hacia tiempos mejores. Era una idea bonita, al menos.
Detuvo la mirada en el libro. Ya no era papel cosido y protegido con cuero. ¡Era cinco libras! Pasó las páginas y, al hacerlo, de repente se dio cuenta de que ya no veía páginas en blanco. No estaba totalmente seguro de qué veía, quizá posibilidades de un tipo imprevisto e incluso incognoscible.
Las perspectivas que proporcionaban cinco libras estaban bastante claras: un sombrero y unas gafas para la abuela, abrigo y zapatos para él, una o dos monedas de seis peniques para el tipo del vaso de latón y quizá algo de sobra para pudin.
¿Y en el otro plato de la balanza? Cosas invisibles. Brumosos fantasmas de la mente, quizá.
Charlie saltó de la silla, corrió por el elegante pasillo y salió por la puerta antes de que la señora Virginia Woodley volviera con las cinco libras.