La morada de satanás
LA MORADA DE SATANÁS
M ientras Charlie bajaba la calle, la ciudad comenzó a despertar. La lluvia había amainado, pero las nubes negras y rápidas y el aullante viento amenazaban con más inclemencias.
Charlie repasó en su mente lo que Lonzo había dicho. ¿Saben que les he mentido? ¿Saben lo que hice esa noche en realidad?
No tenía ni idea de qué había querido decir Lonzo con ello.
Charlie volvió a concentrarse en la tarea que tenía entre manos.
En realidad, nunca antes había intentado vender algo.
Birlaba cosas que él o su abuela necesitaban; no se deshacía de nada.
Pero le había dicho a Lonzo y a Eddie que iba a vender el libro, así que no tenía opción.
Pasó por varios distritos característicos de la ciudad.
Había descubierto que Londres era como un enorme puzle en el que cada pieza era completamente distinta de sus vecinas, al menos en cierto sentido.
Cuando más al oeste se aventuraba, más rico y elegante se volvía el entorno.
Miró los escaparates de las tiendas al pasar.
Algunas estaban cerradas; otras acababan de abrir.
Estaban limpiando las limas, barriendo la entrada, fregando los toldos.
Había reparto, aunque incluso allí los suministros que veía saliendo de las furgonetas eran escasos.
No obstante, valoraba que la gente siguiera esforzándose por mantener la normalidad tanto como fuera posible cuando la vida era cualquier cosa menos normal.
Sabía que en la siguiente calle había normalmente una cantina móvil. Estas acudían a las zonas bombardeadas y abrían a las horas de comer. Alimentaban tanto a los ciudadanos como a los trabajadores de los servicios de rescate.
Charlie se desvió, ayudó a las mujeres a repartir la comida, barrió y limpió un poco y fue recompensado con una taza de leche en polvo, pan tostado integral untado con mermelada y Spam disfrazado de salchicha. A Charlie no le importó. En realidad, le gustaba el Spam.
—Ahora no tires nada de eso en la acera, chico —le había advertido la mujer de la cantina—. Si un pájaro llega y se lo lleva, un guardia podría meterte en la trena por alimentar a un pobre animal con comida humana .
—¿Eso es verdad? —preguntó un visiblemente incrédulo Charlie.
—Me gustaría decir que solo es una broma pesada, muchacho, pero es lo que dice la ley.
Con cuidado de no tirar ni siquiera una miga mientras comía, Charlie retomó su camino. Su diario sería un buen libro de contabilidad, puede que en una contaduría de algún tipo. Charlie había oído a su abuela usar el término, pero él no sabía qué «contaban» allí.
Una hilera de escolares uniformados pasó junto a él con su alta y oficiosa maestra liderando la manada.
Charlie miró a los estudiantes que no eran mucho más pequeños que él.
Cuando se percató de que la profesora lo estaba mirando con recelo, se caló la gorra, intentó parecer más alto y más grande de lo que era y se apresuró.
Podías dejar el colegio a los catorce años, pero Charlie todavía no los tenía.
Y la abuela seguramente tendría que firmar algo y dudaba que lo hiciera porque la educación era importante para ella.
Pero él creía que podías instruirte de muchos modos distintos.
Y vivir gracias a tu ingenio y a tu habilidad era uno de ellos.
En Trafalgar Square, en el centro de Londres, pasó junto a un monumento, una alta columna de piedra con un hombre de arcaico atuendo en la parte superior y cuatro leones enormes abajo.
El tipo de piedra era un antiguo héroe de guerra de la Armada de su Majestad, o algo así recordaba haber oído.
Como San Salvador y San Pablo, Charlie no sabía cómo había esquivado las bombas.
Mientras pasaba con cuidado sobre y alrededor de los escombros que se acumulaban en montones por toda la ciudad, Charlie oyó el repiqueteo de la campana de un camión de bomberos acompañado por el chirrido de los neumáticos.
Se estaba acercando, y sonaba dolorosamente fuerte.
Habría sido aterrador si Charlie no lo hubiera oído tantas veces antes.
De hecho, a veces le sorprendía no oírlo.
Al menos, las sirenas antiaéreas no estaban bramando. Esas todavía lo asustaban.
Se detuvo abruptamente cuando un guardia alto y corpulento se interpuso en su camino, con los brazos extendidos para evitar que Charlie y varias personas más siguieran avanzando por la acera.
—¿Cuál es el problema, agente? —preguntó un hombre con un traje arrugado y un bombín y una maltrecha cartera de piel.
—Quedaos donde estáis hasta que yo diga lo contrario —contestó el agente diligentemente, con la correa del casco clavada bajo su barbilla afilada.
Charlie miró detrás del policía para ver el coche de bomberos que doblaba la esquina justo más adelante. Se giró para ir por el otro lado. Había andado unos veinte pasos cuando lo oyó.
—Seguramente es otro artefacto sin detonar.
Charlie miró y vio a un hombre desaliñado sentado en la acera, apoyado en un desmoronado muro de ladrillo. Ante él tenía un pequeño vaso de cristal con cerillas y otro con algunas monedas dentro. Tenía los ojos frenéticos y el cabello encrespado, y también una barba larga y rebelde.
Charlie sabía que ese hombre seguramente vivía en la calle. Había muchos así, y también sabía que él mismo estaba peligrosamente cerca de convertirse en uno de ellos.
—¿Un qué? —le preguntó Charlie.
—Un artefacto sin detonar, chico. Una bomba que no ha explotado —dijo el hombre en un susurro ronco.
Charlie asintió. Había muchas de esas por allí, lo sabía, medio hundidas en las calles o en los laterales de los edificios, e incluso más peligroso, totalmente ocultas de la vista.
—¿Sabes a qué profundidad vive Satanás, chaval? —le dijo.
Charlie parpadeó, negó con la cabeza y se apartó despacio del hombre.
—A diecinueve metros y sesenta y cinco centímetros.
—¿Y eso? —preguntó un sorprendido Charlie.
—Hay una bomba de los jerries a la que llaman Satanás.
Cuatro metros de largo, eso mide. Esa maldita cosa se entierra diecinueve metros y sesenta y cinco centímetros.
Crea un cráter lo bastante grande para alojar dos malditos autobuses de dos plantas, te lo juro.
Pero nosotros lo sacamos. Ya te digo si lo hicimos.
—¿Lo hiciste tú ?
El hombre miró detrás de Charlie, quizá hasta regresar al Blitz. Con voz más tranquila, dijo:
—Yo estaba con los zapadores, en aquel entonces.
Desactivación de bombas. Un asunto peliagudo.
Fusibles retardados, células fotoeléctricas, trampas explosivas.
La mayoría de las bombas entran en un ángulo de ochenta grados.
Se entierran solo tres metros y medio o así, pero Satanás no.
Satanás se hunde cinco veces más. Cuando excavas, y esa es la parte más difícil porque cavar puede crear vibraciones y eso puede hacer que la bomba estalle, no puedes pensar demasiado en ello.
Estarías muerto antes de que te dieras cuenta, de todos modos, así que, ¿qué más da?
Los jerries son listos, eso hay que reconocerlo.
Pero nosotros éramos más listos. —Se detuvo y se dio una palmada en la parte superior de los muslos.
Charlie vio entonces que no había piernas más abajo. Lo siguiente en lo que se fijó fue en el tablón rectangular con ruedas sobre el que el hombre estaba sentado.
—Hasta que una bomba cayó en East Ham, pero no estalló —el hombre continuó con tono más bajo—.
Nos enviaron a desactivarla, pero explotó mientras trabajábamos en ello.
Los jerries se llevaron a tres de nosotros ese día.
Y medio, contándome a mí. La única razón por la que estoy aquí es porque fui a por un poco de agua para mis compañeros. Estalló cuando volvía.
—Lo siento —murmuró Charlie, pero el hombre hizo un gesto de desdén.
—La guerra no tiene reglas, aunque mienten y dicen que las hay. —Miró a Charlie de arriba a abajo—. Apuesto a que tu padre está en el frente, ¿eh, chaval?
—Dunquerque —fue todo lo que Charlie dijo.
Esta respuesta desdibujó la expresión del hombre.
—Ya. —Miró el diario que Charlie tenía en la mano—. ¿Eso es un libro de verdad, con palabras dentro y todo eso? —le preguntó con asombro.
Charlie negó con la cabeza. Lo abrió para que el hombre pudiera verlo.
—Quiero venderlo —dijo, mirando las escasas monedas del vaso.
El hombre se acarició la barba sucia.
—¿No te parece útil?
—Me parece más útil el dinero —contestó Charlie, todavía mirando las monedas del vaso.
—Como a todos —dijo el hombre—. Pero no mires mi vaso de monedas. No me sobran. Aunque ellos usan un montón de papel.
—¿Quiénes?
El hombre señaló al otro lado de la calle.
—Ellos.
Charlie miró en esa dirección. Era un edificio de ladrillo oscurecido por el tiempo y la guerra.
Tenía la puerta de madera pintada del rojo de las cabinas telefónicas.
A su lado había ventanas con persianas negras.
En el ladrillo, junto a la puerta, había una placa de latón. Charlie no podía leerla desde allí.
—King & Chauncey, procuradores —dijo el hombre de la calle amablemente.
—¿Qué es un procurador? —le preguntó Charlie.
—Forman parte de la corte de su majestad —dijo el hombre—.
Los abogados son los que hablan en el tribunal, pero los procuradores, bueno, ellos redactan todas las cosas legales, ¿sabes?
Testamentos, escrituras y cosas así. Papel , chaval.
Necesitan montones de papel. Ve allí a venderles tu libro, y ponle un buen precio.
La pluma y el papel son mejores que las bombas y las balas.
Charlie le dio al hombre las gracias y cruzó corriendo la calle. Esquivó un automóvil, un errático autobús y por último un caballo que tiraba de una carreta de leche conducida por un somnoliento conductor.