Extraños en el tiempo Lonzo y eddie
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Lonzo y eddie

LONZO Y EDDIE

E l beso en la frente le dijo a Charlie que la abuela se había marchado a trabajar.

Un par de horas después despertó, parpadeando, y se incorporó despacio.

Como siempre, había dormido vestido para mantener el calor.

Se levantó, se lavó la cara en el grifo, se alisó el cabello y se comió el desayuno y el contenido de su fiambrera en la primera comida sin tener idea o perspectiva de una segunda.

Más tarde, se marchó con el libro en blanco guardado en el bolsillo del abrigo.

Todavía no había doblado la esquina de la siguiente calle cuando oyó una voz alegre.

—Vaya, pero si es Charlie Matters, ¿que no?

Charlie se giró para ver a los dos chicos que se dirigían hacia él.

Lonzo Rossi era quince centímetros más alto que Charlie y casi tres años mayor. Tenía la cara alargada y delgada, pero una nariz ancha y corta con unas agresivas fosas nasales.

Era Lonzo quien había hablado. Él siempre era el primero en hablar de los dos.

Eddie Gray era más bajito que el larguirucho Charlie, aunque tenía casi la misma edad que Lonzo. Charlie sospechaba que Eddie era más duro que su amigo, aunque este fuera más grande. Por goleada, además.

Eddie también tenía una cara más interesante: gruesas cejas y pestañas largas y rizadas, ojos tristes y hundidos y la boca seria. Eddie nunca hablaba mucho, pero cuando se animaba a hablar, uno solía escucharlo.

Charlie se llevaba bien con Eddie.

En realidad, nadie se llevaba bien con Lonzo.

—No te había visto desde que estuviste buscando zapatos —continuó un sonriente Lonzo mientras la pareja se detenía delante de Charlie.

Ambos estaban vestidos como él: pantalones, camisa, abrigo y gorra de segunda mano y unos zapatos que siempre eran demasiado pequeños.

Pero mientras que la abuela mantenía a Charlie razonablemente limpio (le exigía que se diera un baño caliente todos los sábados por la noche y le cortaba las uñas regularmente), en la vida de Lonzo o Eddie no parecía haber nadie que hiciera lo mismo por ellos.

Ellos también eran huérfanos. A Lonzo lo había devuelto su tercera familia, y a Eddie la cuarta.

No era por algo que ellos hicieran, no necesariamente.

Charlie lo sabía. Lo llamaban moral de guerra .

Cuando los chicos crecían y empezaban a comer más y necesitaban ropa nueva porque les crecían los brazos y las piernas, la mayoría dejaba de poder mantenerlos.

Y entonces eran expulsados, en favor de los hijos biológicos.

Ambos chicos vivían ahora en un edificio quemado, cazando y rebuscando lo que necesitaban para sobrevivir.

Y mientras lo hacían se mantenían un delicado paso por delante de los patrulleros y de la gente del orfanato.

A estos últimos les encantaría atrapar a la pareja, tanto para conseguir el dinero del gobierno como para llevarse el mérito por haber sacado a unos gamberros de las calles.

Lonzo miró los pequeños y descuidados zapatos de Charlie con una amplia sonrisa que mostraba casi todos sus dientes, desiguales y amarillentos.

—¿Y bien? —le preguntó a Charlie mientras Eddie se detenía a su lado, mirándolo con tanta intensidad como si fuera a tragárselo—. Veo que llevas en los pies los mismos zapatos de siempre. Bueno, ¿qué ha pasao ?

—Conseguí el dinero —dijo Charlie.

—¡Embustero! —bramó Lonzo—. Y sabemos que eso es mentira porque la puerta tenía dos cerraduras y las ventanas tenían rejas, ¿a que sí, Eddie? Mira, Eddie ya había probao la ganzúa en la segunda cerradura y no se abrió. Y a Eddie se le dan las cerraduras mucho mejor que a ti. ¿A que sí, Eddie?

Le dio un codazo en el brazo, sonriendo, pero su compañero siguió mirando a Charlie sin decir nada.

—Conseguí el dinero —dijo Charlie con obstinación, y levantó el diario—. Y me compré esto con él.

—¿Te has gastao pasta en eso ? —Ladró Lonzo—. ¿Estás pirao o qué…?

—¿ Pa qué es ese libro? —lo interrumpió Eddie.

Lonzo se lo quitó a Charlie de la mano y hojeó las páginas en blanco antes de devolvérselo.

—No hay ni una palabra dentro. —Y añadió, con rencor—: Estás chiflao , tío. ¿Sabe tu abuela en qué malgastas el dinero, imbécil?

Charlie se guardó el libro en el bolsillo y comenzó a caminar hasta que Lonzo lo detuvo con una mano en el hombro.

—¿A dónde te crees que vas?

—Tengo cosas que hacer.

Lonzo resopló.

—¿Qué cosas?

—Voy a vender el libro, eso voy a hacer —contestó Charlie.

Lonzo lo miró con incredulidad.

—¿Quién va a pagar por un libro que no tie na dentro? —le preguntó con desdén.

—Es papel —respondió Eddie—. La gente necesita papel.

Charlie asintió. De repente, Lonzo parecía interesado.

—¿Cuánto crees que van a darte por él? —le preguntó Eddie.

Charlie se encogió de hombros.

—Espero que al menos una libra.

—¡Una libra! —exclamó Lonzo—. ¿Por eso ?

—Tengo que irme —dijo Charlie. Como vio una expresión en los ojos de Lonzo que no había visto antes, echó a correr.

—¡Párate! —gritó Lonzo—. Queremos hablar contigo. Sabemos que nos has mentío …

Empezaron a correr tras él.

—¡Vuelve aquí! —gritó Lonzo—. Sabemos lo que hiciste esa noche en realidad…

Charlie no oyó nada más porque, con sus largas piernas, era excepcionalmente rápido, incluso con unos zapatos malos, y ya había doblado la esquina y huido por la acera. Se metió en un callejón que era un atajo hasta la siguiente calle y miró sobre su hombro, pero ya se habían rendido.

De acuerdo, ahora a trabajar.