Extraños en el tiempo Una toma de decisión
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Una toma de decisión

UNA TOMA DE DECISIÓN

L a lluvia repiqueteó en la ventana mientras Charlie se comía despacio su fiambre de lata junto con una zanahoria pequeña y media patata cocida.

Su abuela lo miró mientras usaba la mantequilla mezclada con margarina que quedaba y un poco de manteca de ternera para untar un trozo de pan duro que había traído a casa.

Lo cortó en dos y le pasó el trozo más grande a Charlie.

Él se percató de su acto de generosidad, pero eso no lo hizo sentirse mejor.

—Abuela, no es necesario que siempre hagas eso.

—Un hombrecito necesita alimentarse, Charlie.

Aunque, ¿quién diría que esto es una comida adecuada?

Han reducido la panceta semanal de cuatro a tres, y la manteca para cocinar a la mitad.

Tengo una libra entera de azúcar en cada cartilla de racionamiento y, ¿qué consigo?

Dos onzas. Ni siquiera es suficiente para mojarse los labios.

Y en tu cartilla hay un paquete de huevo en polvo y tres onzas de queso, pero en las tiendas no lo tienen, ¿verdad?

Vaya, ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me comí un sándwich de panceta en condiciones que creo que no lo reconocería ni aunque lo oliera.

Y no he visto una cebolla en la frutería desde 1940.

Creo que me caería muerta si pusiera mis ojos sobre un plátano o una naranja, aunque al parecer eso nos lo traen los yanquis, así que cualquiera se fía.

—Sí, abuela. —Charlie oía aquella diatriba en casi todas las comidas.

Ella sonrió entonces, como satisfecha por algo.

—Bueno, he ahorrado lo suficiente y dentro de una semana o dos iremos a la cantina de la iglesia. Tomaremos una buena comida, Charlie, con pudin y natillas de postre.

Aquello pareció alegrar a Charlie.

—Genial, abuela.

La sonrisa de la mujer se amplió.

—Y esta semana he encargado un pastel de carne en la freiduría.

—¿Un pastel de carne? —repitió Charlie, que pensó que la vida estaba por fin empezando a mejorar.

—De la freiduría, sí. Los nuestros solían comer solo pescado con patatas, pero ahora los pijos de Kensington y Mayfair también lo comen.

—Sonrió—. Incluso vi una foto del Rey tomando un bocado, en el periódico y eso.

Pero nosotros nos adelantamos, Charlie. Descubrimos que estaba bueno antes que ellos, ¿verdad?

—Verdad.

—Y la familia real tiene las mismas cartillas de racionamiento que nosotros.

Piensa en ello. Un sacrificio compartido, eso es.

Aunque el palacio en el que viven es un poco más bonito que nuestra casa.

—Se rio con nerviosismo de su pequeño chiste—.

El espíritu del Blitz, lo llaman, aunque eso fue hace años.

Parece que hace más de un siglo. El espíritu del Blitz de Gran Bretaña, lo llamo yo.

Pero lo bueno es que en el colegio te dan un poco de comer, además de tu fiambrera.

De lo contrario, estaría aún más preocupada por ti.

Charlie ni siquiera pestañeó.

—Tengo más de lo que necesito. Además, está muy bueno.

—Vaya, me alegro mucho de oírlo, Charlie.

La luz parpadeó y luego se apagó, sumiéndolos en la oscuridad, pero ninguno reaccionó.

El gas y la electricidad se habían racionado desde 1942, y su edificio se quedaba a oscuras con bastante asiduidad.

Por eso mantenía la abuela una lámpara de aceite sobre la mesa. La encendió y siguieron comiendo.

Dos minutos después, la electricidad regresó y la abuela comenzó de nuevo, como si necesitara una luz adecuada para desahogarse.

—Es que los estantes están tan vacíos como si los hubieran robado.

¡Es un escándalo! Vaya, a mí me alimentaba más un tarro de pasta de pescado cuando tenía tu edad que una comida entera hoy.

Shippams era la pasta que a mí me gustaba, pero a tu abuelo le pirraba el Bovril.

Espero que en el cielo estén alimentando a los pobres soldados mejor que aquí.

Todos hacemos nuestra parte para luchar contra los hunos, ya sabes, pero por el amor de Dios, ¿no podemos tener nada que sepa bien?

Y si lord Woolton, del importante y poderoso Ministerio de Alimentación, nos sermonea una vez más sobre que deberíamos estar locos de contentos de poder mordisquear zanahorias como conejos, bueno, puede que me olvide de que soy una dama y le diga a ese hombre una o dos cosas. Tendríamos una buena pelea.

—En el camino a casa del colegio conocí a la hija de un tipo que trabaja en el Ministerio de Alimentación —le contó Charlie.

—¿La hija de alguien que trabaja en un ministerio va a tu colegio? —le preguntó su abuela, incrédula.

—No, la conocí en el camino a casa. Ella iba con su madre. Estaban… donando ropa a la tienda de segunda mano. Porque tienen mucha.

—Bueno, está muy bien que la gente ayude. Espero que se lo dijeras —dijo la abuela.

—Lo hice, abuela. Supongo que el Ministerio de Alimentación es bastante grande.

—Oh, lo es. Ellos también hacen las cartillas de racionamiento y organizan eso de los programas de cocina.

—Puso los ojos en blanco—. Oh, sí, como si tuviera tiempo en todo el día para conducir hasta Harrods y asistir a una clase de cocina de dos horas sobre legumbres.

¡Están locos! Eso son tonterías, si me preguntas a mí.

Y dicen que un paquete de huevo en polvo equivale a una docena de huevos de verdad.

Bueno, puede que sí, pero está claro que a mí eso no me sabe a huevo.

Y se necesita algo con lo que mezclarlos, Charlie.

Bueno, los mezclamos con leche en polvo .

Polvo de esto y polvo de lo otro y ¿qué hay en el condenado polvo?

—Lo señaló con el tenedor—. ¿Sabías que lord Woolton dice que las salchichas deben contener al menos un diez por ciento de carne?

¡Un diez por ciento, Charlie! Bueno, la pregunta es qué es el otro noventa por ciento, ¿no?

Si lo sabes, será que eres más listo que yo, porque no he encontrado a nadie en todo el East End que pueda respondérmelo.

—Sí, abuela.

—Oh, administran las cosas muy bien. Todo es papeleo y regulaciones oficiales y muecas de desaprobación.

Y te lo digo, tienen almacenes secretos llenos de comida repartidos por toda Gran Bretaña, por si nos invaden.

Bueno, los hunos no van a venir, ¿verdad?

Así que yo digo que nos den la comida. Pero no, no lo harán, ¿verdad?

Solo habría que averiguar eso, y santas pascuas.

Charlie la ayudó con los pocos platos sucios. Después, la abuela preparó dos tazas de un té flojo y se sentaron en la sala de estar. La chimenea solo albergaba los desolados aullidos del viento y las ociosas gotas de lluvia que entraban por su agrietada garganta.

—Ahora el señor Abernathy ha prometido más carbón —dijo la abuela, con tono frustrado—. Pero supongo que todavía no ha llegado. Y mis viejos huesos me dicen que el próximo invierno será tremendo. El frío ya ha llegado, al menos para mí, pero yo soy más vieja que Matusalén.

Cuando dijo esto, Charlie se sacó dos trozos de carbón de los bolsillos.

—¿Qué diantres…? —comenzó cuando los vio—. ¡Charlie!

Charlie se dispuso a quemar los trozos en la pequeña chimenea.

—Se cayeron de un camión —le explicó—. Y yo estaba allí por casualidad.

—¿No quiso el conductor que se los devolvieras?

—El tipo no se dio cuenta. Grité y grité, pero debía estar sordo o algo. Ahora hay un montón de sordos, por lo de las bombas.

En realidad, Charlie había robado los carbones usando su herramienta metálica para forzar la cerradura de la carbonera. En los bolsillos no pudo guardarse más. Sopló un par de veces para insuflar vida a las pequeñas llamas y la abuela se acercó más al hogar.

—La humedad se te mete en los huesos, ¿no, Charlie?

El chico se frotó las manos cerca de las llamas azuladas. El humero de su chimenea nunca había funcionado bien, pero a él no le importaba que el humo se reuniera en la habitación y se asentara a su alrededor, aunque le daba hambre. Bueno, casi todo le daba hambre.

—Yo… El otro día me encontré una cosa, abuela.

Ella soltó su té, tomó su madeja de lana y sus agujas de punto y reanudó la labor de lo que sería un jersey de invierno para él, si la lana y sus dedos reumáticos aguantaban.

—¿Encontraste algo? Me pregunto qué podría ser.

Charlie sacó el diario y se lo enseñó.

—Las páginas están en blanco —le dijo.

Con un repiqueteo, dejó a un lado las agujas y levantó el libro.

—¿Dices que lo encontraste? ¿Dónde?

—En un callejón. Usé un atajo pa ir al colegio —añadió rápidamente. Por regla general, a su abuela no le gustaba que se metiera en callejones.

La mujer lo hojeó.

—¿Qué vas a hacer con él?

Charlie se encogió de hombros.

—Podría venderlo. La gente necesita papel.

—Entonces, ¿no quieres quedártelo?

Él puso una mueca en su cara huesuda.

—¿Quedármelo? ¿Pa qué?

Su abuela lo miró con recelo.

—Espera un momento, ¿para hacer los deberes no tienes que escribir?

Charlie había estado preparado para eso.

—Nos dan cuadernos, abuela. Tenemos que usar los suyos, ¿sabes?

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Oh, comprendo. Sí, ya comprendo. —Le devolvió el libro y reanudó su labor de punto.

—Estoy molido, abuela, me voy a la cama —anunció Charlie con un bostezo.

Ella miró de inmediato el pequeño reloj de cuerda sobre la repisa, igual que el que tenía en su dormitorio, y después observó a su nieto con sorpresa. Le puso una mano en la frente.

—¿Te sientes mal, Charlie? Pareces un poco pachucho, cielo.

—Solo estoy cansado. Cansado de la cabeza. Las matimáticas —añadió con fingida fatiga.

Y con la última mentira de la noche, se marchó a su alacena y se tumbó en su pequeña caja después de cerrar la puerta para que estuviera muy oscuro.

Rozó con los dedos los bordes del libro.

No tenía lápiz ni pluma, aunque quizá podría birlar una.

No obstante, ¿qué sentido tendría escribir cosas en él?

Dejó el diario en el suelo y le dio la espalda deliberadamente.

Vendería el libro. El papel era inútil para él, pero las monedas no. Como le había dicho a Molly Wakefield, le vendrían muy bien. Y con esa idea comenzó a pensar en la chica. Cuando se topó con ella, había estado intentando birlar algunas cosas útiles.

Como un cazador que amplía su radio cuando la caza escasea, uno tenía que ir a la parte de la ciudad que coronaba reyes y reinas para conseguir cosas buenas.

Chelsea estaba bastante lejos de Bethnal Green, pero se agarró a la parte de atrás de un camión nocturno y saltó cuando aminoró la velocidad para doblar una esquina cuando se acercaba a su destino.

Eso lo condujo hasta la calle de Molly, y aun así al final había regresado a casa casi con las manos vacías.

Una cerradura demasiado difícil, una ventana demasiado alta, un par de ojos recelosos demasiado alertas.

Mientras se quedaba dormido, la lluvia comenzó a arreciar.

En la desvanecida bruma de la consciencia, pensó que al menos los alemanes no los bombardearían con tan mal tiempo.

Charlie siempre rezaba por tener el peor clima posible.

Nada lo aterraba más, a él y al resto de Londres, que una noche despejada y sin viento.