Extraños en el tiempo Un viaje finalizado
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Un viaje finalizado

UN VIAJE FINALIZADO

M ientras pagaban la tarifa y les entregaban los billetes para subir al autobús de dos plantas, el conductor uniformado de bigote gris miró con recelo a la pareja.

—Bueno, ¿qué hacéis vosotros dos despiertos a estas horas? Deberíais estar en la cama, ¿eh? ¿Creéis que soy bobo y no me he dado cuenta?

Molly parecía paralizada por su agresiva atención, pero Charlie tenía respuesta para todo.

—Nuestra madre trabaja limpiando en el Ministerio de Alimentación. Vamos a ayudarla. Llevo su cena en el bolsillo —y añadió, con una mirada artera a Molly—, porque en el Ministerio de Alimentación no hay alimentos.

El conductor se rio de su comentario mientras se servía una taza de té de un abollado termo metálico. Miró al desaliñado Charlie y después examinó a la bien vestida Molly.

—Tú pareces el hijo de una limpiadora, pero ella no. ¿Crees que puedes tomarme el pelo, chico? ¿Estás seguro de que vosotros dos tenéis la misma madre?

—¿Te crees que no conocemos a nuestra propia madre? —replicó un Charlie aparentemente enfadado.

—Entonces, ¿cuál de vosotros es el mayor? ¡Dime eso, tunante!

—Somos mellizos —contestó Charlie—. Y tenemos dinero pa subir al autobús, ¿vale? —Le dirigió aquello a la joven conductora, que asintió y le pidió a su colega que lo dejara.

El derrotado revisor se giró, tomó asiento cerca de la parte delantera y sorbió en silencio su té mientras el autobús arrancaba.

Charlie y Molly se sentaron juntos mientras la gente de aspecto cansado se acomodaba a su alrededor. Un joven con uniforme de marinero y la que seguramente era su novia se estaban besando con entusiasmo. Molly apartó la mirada con delicadeza.

—¿Es muy largo el viaje? —preguntó.

—Un poco —contestó Charlie, rascándose la mejilla—. Asegúrate de no perder esa moneda.

—La tengo justo aquí, en el bolsillo —replicó ella con firmeza.

—Bueno, ¿por qué no ha vuelto a casa tu padre?

—Trabaja muchas horas. Su trabajo es muy importante. Como sabes, se trata de conseguir alimentos para la gente que los necesita.

— Pos ya podría esforzarse más —le dijo Charlie mientras se bajaba la gorra sobre los ojos.

El autobús avanzaba tan despacio que a Molly le pareció que el viaje habría sido más rápido a pie. Hizo varias paradas en las que la gente subía o bajaba, y Charlie no se movió ni una sola vez. Al final, se levantó la gorra y dijo:

—Esta es nuestra parada.

Cuando bajaron a la acera, Molly dijo:

—¿Estás seguro? Me enfadaré mucho si este no es el lugar correcto.

—Por aquí —dijo Charlie con seguridad.

Caminaron calle abajo, trazaron una diagonal en otra intersección y se dirigieron a una amplia avenida tenuemente iluminada.

—Creo que nos hemos perdido —dijo una Molly molesta, deteniéndose porque Charlie se había detenido.

—Mira el nombre de la calle en ese edificio —le indicó él.

Cuando lo hizo, la chica supo que tenía razón.

—Oh, ya veo. Ahora solo tenemos que mirar los números, claro.

—Es ese —dijo Charlie, señalando un edificio ordinario de aspecto lóbrego con las ventanas oscuras. Se acercaron a él.

—Eres muy rápido localizando cosas —dijo Molly.

—Los tipos como yo tenemos que serlo.

—¿Viajas mucho en autobús? Pensaba que eso sería caro.

—Lo es si pagas el billete. El edificio está a oscuras. ¿Estás segura de que tu padre está aquí?

Ella llamó a la puerta tres veces, pero no salió nadie. Frunció el ceño.

—Podría ser que mi padre se haya marchado ya a casa. Podríamos habernos cruzado, ¿sabes?

Charlie se rascó la barbilla y asintió con pocas ganas.

—Supongo —dijo.

Ella sacó la moneda y la sostuvo.

—Pero aun así te has ganado el sueldo.

Charlie miró la media corona y se frotó los dedos con anticipación, pero su mano siguió en su costado.

—Bueno, tómala —insistió Molly—. Ahora es tuya.

—¿Cómo piensas regresar? —le preguntó.

—En autobús, por supuesto —replicó—. Tengo más monedas. Solo tenemos que hacer el trayecto contrario. Bueno, lo haré yo. No tengo ni idea de a dónde irás tú.

Él negó con la cabeza y señaló el reloj de otra torre.

—No lo creo, porque hemos llegado aquí en el último autobús de la noche.

Molly se giró para mirarlo.

—Entonces, ¿qué voy a hacer? Tengo que regresar a casa.

—Podemos andar —sugirió Charlie, mirando sus bonitos zapatos con hebillas con expresión vacilante—. Aunque eso no parece muy cómodo para caminar.

—Tus zapatos tampoco parecen muy confortables —replicó Molly.

—No lo son. Me aprietan una barbaridad.

—¿Entonces? —replicó ella.

—Nos los quitamos.

—Eso es ridículo. Llevo medias. Me las estropearé. No puedo aceptar tu sugerencia.

—No te lo tomes a mal, señorita, pero hablas muy fino.

—He recibido una muy buena educación. Y también he leído muchos libros, que es en realidad como recibir otra educación diferente.

—Yo sé un sitio donde hay montones de libros.

—¿Dónde?

—El Bastión de los Libros, en un callejón de Covent Garden.

Tie el toldo verde. El propietario es un tipo que se llama Ignatius Oliver.

Le pusieron ese nombre por un santo al que se lo comieron las fieras.

Al menos eso es lo que él dice. Es un tipo un poco raro.

La tienda está cerca del colegio San Salvador, ¿sabes cuál es?

—Conozco Covent Garden, por supuesto. Solíamos comprar allí a veces.

—Pero los libros no te ayudarán a llegar a casa —dijo con brusquedad.

—¿Tienes alguna otra idea?

Charlie miró sobre su hombro.

—Eso.

Ella se giró para mirar la bicicleta apoyada contra una farola.

—¿Qué pasa con eso?

—Así puedes regresar a casa.

—Pero no es mía.

—Oh, solo la tomaremos prestada. Pedalearemos hasta tu casa, ¿vale? Y después yo volveré con ella, en un periquete.

—Pero, ¿cómo regresarás tú a casa después?

En respuesta, él se señaló los pies.

—Con esto. Son solo unos kilómetros. He caminado mucho más.

—Pero ¿lo de la bicicleta no es robar? —preguntó Molly con temor.

—Solo es robar si no la devuelves. Y supongo que el que la dejó ahí lo hizo pensando que si alguien la necesitaba pa ir a algún sitio podía hacerlo. ¿No ves que no tie candado ni na?

Ella miró la bicicleta, y de nuevo a Charlie.

—Pero ¿cómo montaremos ambos? ¡Solo tiene un asiento!

—Yo en los pedales y tú en el manillar.

—¡En el manillar! —exclamó una desconcertada Molly—. Llevo vestido.

—Vale, de acuerdo, para ti los pedales y para mí el manillar.

—No, nos caeremos. No… Verás, es que nunca aprendí a montar en bici. A mi padre no le parecía importante, y la familia con la que he vivido no tenía ninguna.

—Entonces será mejor que yo me ocupe de los pedales y que tú vayas en el manillar.

Partieron y Charlie se mantuvo en el centro de la carretera e hizo todo lo posible por evitar sus numerosos baches para que Molly no sufriera demasiado con el traqueteo.

Tras lo que le pareció un periodo bastante breve de tiempo, se detuvieron delante de la casa de Molly. Charlie, con los pies firmemente plantados en el pavimento, se agarró a la barandilla de la escalera de entrada y sostuvo la bici para que Molly pudiera bajar sin caerse.

Ella se giró hacia él y le ofreció una vez más la moneda.

Él la miró de nuevo, mordiéndose el labio inferior con los dientes superiores.

—Será mejor que te la guardes —le dijo al final.

—¿Por qué?

—Podría venirte bien, aunque seas rica.

Antes de que ella pudiera decir nada, él dio la vuelta y pedaleó furiosamente sobre los adoquines.

—Qué chico tan inusual —se dijo para sí misma.

Molly usó la llave para entrar en la casa. Rápidamente vio que, después de todo, no se había cruzado con su padre. Su abrigo y su sombrero no estaban donde deberían, y cuando se asomó a su dormitorio, no estaba en su cama. Incluso lo llamó, por si estaba en el aseo.

Sus pensamientos pasaron entonces de su padre ausente a Charlie Matters. Había tenido suerte al toparse con él. Aun así, dudaba de que volviera a verlo. No era probable, en una ciudad tan grande en la que había tantos chicos como él.

Y con esa idea, se desnudó y se metió bajo las colchas.

Sin saber cuánto se equivocaba en eso.