Chico conoce a chica
CHICO CONOCE A CHICA
—¿ H ola? —dijo de repente, después de verlo una vez más, esta vez acechando detrás de un arce enfermizo y encorvado en lugar de desde un seto.
El mismo muchacho de antes se giró para mirarla.
—Hola —replicó Charlie Matters.
—¿Por qué te escondes detrás de ese árbol?
—Solo estoy descansando —dijo Charlie, metiéndose las manos mugrientas en unos bolsillos todavía más sucios.
—Vamos, ¿te escondías de ese automóvil de la policía que ha pasado antes? ¿Te has metido en algún lío?
Él la miró de arriba abajo y se apartó, molesto.
—Solo he salido a dar un paseo. Ninguna ley lo prohíbe. Y si por el camino encuentro algo, ¿qué le importa eso a nadie más que a mí?
Ella miró su cuerpo flaco y su ropa de mala calidad y su expresión se suavizó.
—Yo podría darte un poco de comida.
Charlie se sacó una mano del bolsillo y rechazó la oferta.
—No pido limosna.
—Pero no sería ningún problema. Vivo justo aquí. —Señaló la puerta de su casa.
Charlie miró la alta fachada de ladrillo blanco.
—¿Qué? ¿En to eso?
La extraña pregunta la hizo entornar los ojos.
—No te entiendo. ¿En todo qué?
Él señaló su casa.
—Que no sé si vives en to eso o solo en una de las habitaciones.
—Bueno, tengo mi propia habitación, pero la casa entera es de mis padres.
—Caramba, entonces eres rica, chica.
Molly parpadeó.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Charlie.
—¿Charlie qué más?
—Charlie Matters.
Molly miró al otro lado de la calle. No veía al hombre que había estado fumando allí antes, pero parte de la oscuridad parecía un poco más oscura, como si alguien… Bajó la mirada hasta la mano derecha de Charlie, donde había un corte largo y enrojecido.
—Eso está infectado —le advirtió—. Tienes que lavártelo bien con jabón y después aplicar medicina tópica y cubrirlo con una venda.
—Bueno, las he tenido peores —se burló Charlie.
—Tengo experiencia con esas cosas y te estoy diciendo que está infectado. No querrás que te provoque una septicemia.
—Septi… ¿qué?
—Septicemia. Es una infección bacteriana en la sangre. Esa bacteria puede extenderse rápidamente por todo tu cuerpo desde dentro. Puedes morirte, como si hubiera veneno en tu sangre.
Charlie se miró el corte con interés.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo sé. Bueno, ¿te estabas escondiendo de la policía porque has robado algo?
El interrogatorio hizo que Charlie frunciera el ceño.
—Oye, ¿cómo te llamas tú?
—Molly Wakefield.
—Bueno, ¿y qué haces fuera de casa cuando deberías estar en la cama? ¿Eh?
—No creo que sea asunto tuyo —le contestó con recato—. Eso da igual. Mi padre trabaja en el Ministerio de Alimentación. ¿Sabes dónde está? Me gustaría ir allí. Podría estar en Whitehall, pero no estoy segura.
—¿Esa cosa existe de verdad? —le preguntó Charlie, divertido.
—¿Qué cosa?
—El Ministerio de Alimentación.
—Bueno, la gente necesita alimentos .
—Ya, pero si de verdad hay un maldito ministerio de eso, entonces, ¿dónde están los alimentos? ¿Entiendes lo que quiero decir?
—No deberías decir «maldito». Es grosero e irrespetuoso, sobre todo en presencia de una dama —añadió con firmeza.
— Pos ya me perdonarás, pero no soy el único que tie preguntas sobre la comida, eso te lo aseguro.
—Bueno, lo siento. ¿Dónde vives?
—En ningún sitio cerca de aquí, vamos a dejarlo así.
—Si me llevaras al Ministerio de Alimentación, yo podría darte algo a cambio.
—¿Algo como qué? —le preguntó Charlie, visiblemente intrigado.
Molly se sacó una moneda del bolsillo del abrigo.
—Esto.
—¿Qué es eso? ¿Un cuarto de penique? —preguntó él en tono despectivo—. Yo diría que mi tiempo vale más que eso.
—¿Esto te parece un cuarto de penique?
Charlie miró con mayor atención.
—¡Media corona! ¿De dónde la has sacado? —exigió saber—. ¿La has robado?
—¡Claro que no! Me la dieron mis padres para las emergencias cuando me marché de aquí.
—¿Cuando te marchaste?
—Para ir al campo. Pero nunca tuve una emergencia en el lugar a donde me enviaron.
—Entonces, ¿te piraste antes de las bombas? —le preguntó.
Ella asintió.
—Sí. ¿Y tú?
Él negó con la cabeza.
—Mamá no quiso que me subiera al tren. Quiso que me quedara con ella —añadió, con una pizca de desafío.
Molly se sonrojó.
—Entiendo —fue lo único que se le ocurrió decir. Levantó la moneda—. Bueno, ¿puedes llevarme al Ministerio de Alimentación? Supongo que tendrán una sucursal en Londres.
—Tú sabrás, si tu padre curra allí.
Molly comenzó a negar con la cabeza, pero después se le ocurrió una cosa. Sacó la nota que su padre le había dejado. La dirección estaba justo allí, en el membrete superior. Se reprendió en silencio por no haberse dado cuenta antes. Se lo ofreció para que lo viera.
Charlie leyó la dirección bajo la luz de la luna llena.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó.
Él asintió.
—Pero está bastante lejos, señorita.
—No es necesario que me llames señorita. Soy solo Molly. Y no me importa que esté lejos. ¿Podríamos llegar allí de algún modo? Antes teníamos un chófer, el señor John, pero ya no está con nosotros. Y yo no sé conducir nuestro coche, claro.
—¿Qué tipo de coche es? —le preguntó Charlie con entusiasmo.
—Un Singer.
—¿Te refieres a uno de esos grandes, con la capota larga?
—Es bastante grande, sí —contestó Molly.
—¿Y dices que es tuyo? —le preguntó.
—Bueno, es de mi padre. Está en el garaje detrás de la casa.
—Entonces ya no hay ninguna duda, ¿eh?
—¿Sobre qué?
—Sobre que eres rica.
—De acuerdo. Llévame allí y el dinero será tuyo.
—De repente lo miró con cautela—. Pero conozco Londres bastante bien y sabré si me llevas a un lugar equivocado.
—Entornó los ojos y apretó la mandíbula—.
Y te aseguro que no conseguirás quitarme el dinero a la fuerza. Soy mayor que tú, y bastante fuerte.
—Yo nunca haría algo así —dijo un desconcertado Charlie.
Ella volvió a guardarse la moneda en el bolsillo y lo miró con expectación.
—Bueno, entonces, ¿cómo llegaremos allí? Yo nunca he ido en metro. ¿Podría ser así?
Charlie la miró con la boca abierta.
—¿Qué? ¿Nunca has ido en metro?
Molly parecía avergonzada.
—Mis padres preferían el automóvil, ¿sabes? Y a mi madre no le gustaba la idea de estar… ahí abajo, con tanta gente.
—Lo que pasa es que la mayoría de las estaciones cierran después de las nueve o así. Después de los últimos trenes, la gente se larga a casa pa pasar la noche por si vienen los alemanes. Pero hay una parada de autobús cerca de donde curra tu padre. No está lejos. Cuesta un chelín por cabeza.
Molly se sacó dos monedas del otro bolsillo.
—¿ Ties dinero en tos los bolsillos? —le preguntó Charlie.
—¿Vamos? —replicó Molly.