Un atisbo en un silencio incómodo
UN ATISBO EN UN SILENCIO INCÓMODO
M ás tarde aquella noche, Molly oyó que la señora Pride se acercaba a su cama.
Incluso después de tanto tiempo fuera, todavía reconocía el paso firme de su niñera.
La chica estaba en camisón, con las colchas subidas hasta el cuello.
La chimenea bostezaba, desprovista de carbón o leña.
Y aunque escuchó con atención, ni una sola vez oyó la llave seguida por el crujido de la puerta delantera, que anunciaba el regreso de su padre de su deber oficial en el Ministerio de Alimentación.
La señora Pride tampoco le había ofrecido ninguna explicación para su ausencia, además de decir: «Es la guerra, Molly.
Todo el mundo trabaja muchas horas. No te preocupes».
Aquella no era la alegre bienvenida que Molly había anticipado. El largo viaje y el cansancio que lo había acompañado superó finalmente a su ansiedad y se quedó dormida. Más tarde, se despertó sobresaltada y miró la ventana. Había oído algo fuera, o al menos creía haberlo hecho.
Se levantó, apartó las pesadas cortinas opacas y miró el exterior. Había una luz brillante al otro lado de la calle. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, Molly vio que era un hombre con un cigarrillo. Siguió mirándolo, esperando que se alejara, pero no lo hizo. Se quedó allí.
¿Estaba vigilando su casa? Claro que no, concluyó.
Imaginas cosas, Molly. Estás cansada y confusa y no es de extrañar, después del día que has tenido.
Un momento después, notó movimiento a su derecha.
Cuando miró en esa dirección, un muchacho desgarbado un par de años más pequeño que ella apareció y se escondió detrás de la pequeña hilera de setos en el diminuto sendero de tierra de los Wakefield.
Molly giró la cabeza a la izquierda y vio pasar un automóvil de la policía.
El chico esperó hasta que se marchó antes de volver a salir.
Después levantó la mirada y Molly le vio la cara.
Se apartó un poco, porque le pareció que estaba mirándola a ella.
Un momento después, echó a correr en la dirección contraria al vehículo.
Está muy delgado , pensó.
Mientras miraba el cielo oscuro, lleno de globos de barrena, de nubes dispersas y de la luminosa luna, Molly pensó que nunca había oído el rugido, el quejido y el chirrido del metal cargado de explosivo caer hacia la tierra como un puño impulsado por la gravedad.
Como le había contado antes al taxista, ella nunca había oído la explosión de una bomba.
Se preguntó si aquel chico habría experimentado esas cosas. Parecía que podría haberlo hecho.
Regresó a la cama, pero no podía dormir. Estaba acostumbrada al silencio absoluto del campo, pero sin importar lo tarde que fuera, la gran ciudad, en la que algunos de sus millones de habitantes siempre andaban moviéndose a deshoras, nunca se silenciaba de verdad.
Al final, Molly se sentó y tomó una decisión. Se vistió y, después de asegurarse de que su padre no estaba en su cama, bajó las escaleras.
Abrió la puerta de la calle con cautela y la cerró sigilosamente a su espalda.
Encontró la llave de repuesto donde siempre había estado, debajo de la escultura de un lastimero cocker spaniel con la pata derecha agrietada sentado con indiferente atención en el peldaño superior.
No había pensado en usar la llave cuando llegó a casa, porque quería llamar a la puerta y ver los rostros de alegría de su madre y de su padre cuando aparecieran.
Al menos, ese había sido su plan, ahora tachado.
Después de cerrar la puerta, Molly miró a su alrededor y se preguntó cómo llegaría a donde necesitaba ir.
Ni siquiera sabía dónde estaba el Ministerio de Alimentación.
Sabía, por supuesto, dónde estaba la cercana Downing Street, pero allí era donde trabajaba el primer ministro.
Después estaba Whitehall. Esa sería una posibilidad, ya que allí trabajaba un montón de gente del gobierno.
Conocía Londres bien, al menos ciertas partes.
Antes de que la enviaran al campo, Molly había ido muchas veces de pícnic con sus padres.
Caminaban con la cesta o el señor John los llevaba en el bien equipado Singer.
Habían ido a Regent’s Park y también al cercano St. James, a Green y a Hyde Park.
Le gustaba especialmente el Serpentine de Hyde Park, el árbol del revés y todas sus preciosas estatuas.
También habían paseado por el Támesis, visitado el Museo Británico, ido a obras de teatro en el West End y a conciertos en el Royal Albert Hall y a tomar chocolate y té en Fortnum & Mason, en Piccadilly.
Y, por supuesto, a Harrods, donde uno podía comprar cualquier cosa.
Para horror de su pobre madre, Molly se perdió un momento en el laberinto de la tienda cuando acababa de cumplir cinco años.
Esa le había parecido la mayor aventura de su joven vida.
Y habían almorzado en Claridge’s, en Mayfair, con amplios y coloridos sombreros, volantes y encajes, y montones de sabrosas delicias servidas por el personal más profesional.
Así que conocía Londres. Las partes divertidas. Las partes caras. Pero miró, vacilante, a un lado y al otro de su calle en Chelsea y empezó a tener la sensación de que ese Londres ya no existía. Aquel lugar, aquel mundo, seguramente se había transformado en los años que ella había pasado fuera.
Y yo también , pensó con cierto temor.