Extraños en el tiempo De nuevo en casa
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De nuevo en casa

DE NUEVO EN CASA

M olly llamó y esperó, porque no tenía la llave.

La puerta se abrió de inmediato. Quien apareció no fue ni su madre ni su padre, sino su antigua niñera, la señora Pride.

Miró a Molly con curiosidad.

—¿Sí, señorita? —Mientras la miraba, algo titiló tras los ojos de la mujer.

—Señora Pride, soy yo, Molly. Escribí avisando de que regresaría hoy.

La señora Pride estaba ahora cerca de los sesenta años.

Era de estatura alta y su severidad se veía reflejada en el corte de sus amplios y rígidos trajes de tweed , que conseguían esconder cualquier rastro de feminidad bajo el plisado.

Su cabello se había vuelto blanco desde la época en la que cuidaba de Molly, pero en sus mejillas redondeadas todavía había un toque robusto de juvenil rosa.

Miró a la joven con una mezcla de emociones que la sorprendió.

Seguramente, pensó, la alegría sería el plato del día a su llegada.

Al momento siguiente, la señora Pride la abrazó con tanta ferocidad que la chica pensó que se rompería. Cuando la mujer la soltó, vio lágrimas en los rabillos de sus ojos hundidos y ansiosos.

—Molly, querida, cuánto has crecido. ¿Han pasado años o décadas, niña? Entra, entra. —Miró al conductor, que seguía allí, apoyado inestablemente en su pierna coja. El hombre levantó el petate de Molly—. A ver, dame eso. —La mujer agarró la bolsa mientras Molly le pagaba al conductor.

Él sonrió ante la generosa propina y se quitó la gorra.

—Bueno, buena suerte, señorita.

Molly entró y la señora Pride cerró la puerta.

—Deja que te mire. Por dios, eres toda una señorita.

Molly miró a su alrededor, un espacio que había conocido íntimamente durante la primera década de su vida. Parecía no haber cambiado, pero mientras recorría los límites con la mirada, le pareció decididamente más pequeño y descuidado de lo que recordaba.

Contra una pared junto a la puerta había unos ganchos para colgar los sombreros y abrigos con un espejo encima, y un paragüero metálico para los bastones y paraguas. La chica tomó un sombrero que estaba colgado de un robusto gancho de madera.

Era el sombrero de fieltro de su padre, Molly lo sabía. Había varios cabellos grises pegados al forro. Esto la sorprendió porque, cuando se marchó, el cabello de su padre había sido castaño oscuro.

Habría envejecido con los años, obviamente. Pensó en el taxista. Los años de guerra también lo habrían acelerado.

Junto al sombrero, en otro gancho, había una máscara de gas. Por el tamaño, supuso que pertenecía a la señora Pride. Y por supuesto, su padre tendría la suya consigo, allá donde estuviera en aquel momento. Pero no veía la máscara de su madre.

—¿Dónde está el señor John? Creí que me recogería en la estación con el Singer.

—Bueno, no recibimos tu carta, querida, pero eso no es inusual. El servicio postal ya no es lo que era.

—¿Y el señor John?

—Ya no está con nosotros, querida.

—¡Vaya! ¿Se encuentra bien?

—Sí, sí, estoy segura de que está bien. Pero consiguió otro empleo, ya sabes.

—Me sorprende que mi padre le permitiera marcharse. Le tenía mucho aprecio. Y a él no le gusta conducir.

—Sí, bueno, todos hemos tenido que hacer sacrificios —contestó la señora Pride con firmeza.

Molly sintió una repentina punzada de culpabilidad por expresar su preocupación por el hecho de que ya no tuvieran conductor para su lujoso automóvil.

—Sí, por supuesto. Oh, antes de que lo olvide. —Buscó en su monedero y sacó un pequeño panfleto—. Mi cartilla de racionamiento. La necesitará, con una boca más que alimentar.

La señora Pride la tomó.

—Gracias, querida. Según la ley, las tiendas en las que registras la cartilla tienen que poder abastecer de todo lo que esta incluye, pero no creo que eso esté funcionando así últimamente.

—Sí, en nuestro pueblo también había escasez.

—¿Has comido, querida? —le preguntó la señora Pride—. Puedo prepararte algo.

Molly la miró con sorpresa.

—¿Usted? ¿Tampoco está ya con nosotros la señora Brand?

—No, no está. Perdió a sus dos nietos en la guerra, la pobre. Y, bueno… Trabajar aquí ya no le venía bien.

—Siento oír eso. Recuerdo a sus nietos. Venían a veces, cuando yo era muy pequeña.

—Sí, sí venían. —La voz de la señora Pride bajó hasta casi desaparecer.

Molly notó su inquietud y pensó que sería mejor no seguir hablando de la pérdida de la señora Brand.

—Comí algo en el tren.

—Entonces, ¿quizá una taza de té?

—Sí, gracias. —Molly miró a su alrededor—. ¿Y mi madre y mi padre?

La señora Pride tardó un tiempo considerable en contestar a esa sencilla pregunta.

—Tu padre, que dios lo bendiga, está en el trabajo. Ahora está en el Ministerio de Alimentación. De haber sabido que venías, te hubiera recogido en la estación él mismo, por supuesto. Volverá a la hora de la cena, casi seguro.

Se retorció las manos al decirlo. No parecía ni remotamente segura de nada.

—¿Y mamá?

Una vez más, la señora Pride no respondió de inmediato.

—Sí, bueno, tu madre está descansando. Venga, puedes tomar el té y después veremos qué hacemos, ¿de acuerdo?

La señora Pride agarró el abrigo y el sombrero de Molly y los colgó, y después salió de la habitación. Molly comenzó a seguirla.

La mujer se giró y le dijo:

—Yo haré el té, querida. ¿Quieres subir a tu habitación y guardar tus cosas? Te llevaré la taza de inmediato.

Molly llevó la bolsa arriba. Su dormitorio era el de la derecha, al final del pasillo.

La habitación de sus padres estaba a la izquierda, justo al salir de la escalera.

Miró la puerta y después se apoyó en la barandilla.

Oyó la tetera repiqueteando sobre la hornilla y creyó oír el golpe seco del fósforo y el silbido de la ignición mientras la señora Pride calentaba el agua.

Molly se acercó a la puerta del dormitorio de sus padres y se pegó a la madera para escuchar.

Como no oyó nada, abrió la puerta despacio y se asomó, esperando ver a su madre dormida.

No obstante, la cama estaba hecha y no había nadie allí.

Miró a su alrededor. Los muebles seguían igual, al menos por lo que recordaba.

La alfombra estaba un poco raída, con algunos hilos sueltos que sobresalían.

Vio uno de los abrigos de su padre colgado de un gancho junto a un par de deshilachados tirantes marrones.

La habitación tenía un olor a humedad que nunca había notado antes.

La luz que atravesaba las ventanas era débil y difusa, le proporcionaba a todo lo que veía un sombrío relieve que, por alguna razón, le pareció ominoso.

Estaba segura de que la señora Pride había dicho que su madre estaba descansando. ¿Y dónde podría hacer eso, si no en su habitación?

Se dirigió a su propio dormitorio, abrió la puerta y se detuvo allí un momento, asimilándolo todo.

Su habitación estaba justo como la había dejado, como si el tiempo hubiera dejado de pasar.

En el centro de la cama descansaba una de sus viejas muñecas.

Y tenía algo en las manos. Se acercó rápidamente y vio que era una carta. Desplegó ansiosamente el recio papel.

Tenía el membrete oficial del Ministerio de Alimentación.

Querida Molly:

Me habría gustado estar aquí para verte cuando volvieras del campo. He estado bastante ocupado últimamente. Volveré a casa lo antes posible.

Con cariño,

tu padre.

Molly recordaba que el puesto de su padre le había exigido viajes frecuentes al continente. Ahora, al parecer, había aceptado un trabajo en el Ministerio de Alimentación, como la señora Pride había dicho.

No obstante, había una desconcertante omisión en su carta: no había mencionado a su madre.

Y la señora Pride le había dicho que no habían recibido su carta. Entonces, ¿cómo podría haber sabido su padre que volvería a casa aquel día?

Con la mente llena de inquietantes pensamientos, Molly se guardó el papel en el bolsillo mientras oía el silbido de la tetera.

Todavía estaba sacando la ropa de su bolsa cuando la puerta se abrió y la señora Pride entró con el té, una jarrita de leche y un plato con dos galletas finas y agrietadas y una cuchara.

—Aquí tienes, querida —le dijo, dejando la taza y el plato de las galletas sobre la mesa que había junto a su cama.

Vertió la leche en el té y lo removió—. No te imaginas cuánto me alegro de tenerte de nuevo en casa, Molly.

Estoy muy, muy contenta. Lo cierto es que apenas puedo creer lo que ven mis ojos. —Le entregó la taza.

Molly sonrió y tomó un sorbo de té.

—He… encontrado la nota de mi padre.

Los rasgos de la señora Pride se llenaron de inquietud.

—Oh, sí, supongo que sí.

—He mirado en la habitación de mamá, pero no había nadie allí. ¿No me dijo que estaba descansando?

—Bueno, debería haberte dicho que, aunque está descansando, no está aquí.

Molly soltó su taza con mucho cuidado y, cada vez más asustada, preguntó:

—¿No está aquí?

La señora Pride se llevó la mano a la boca y su dedo índice jugó con ella un momento.

—Lo cierto es, querida Molly, que tu madre no ha estado bien últimamente. Se ha marchado para recuperarse a otro… lugar.

—¿Otro lugar? ¿Qué lugar?

—Un sanatorio —le contestó, sin mirarla a los ojos.

Molly contuvo un gemido.

—¿Un sanatorio?

La señora Pride bajó la mano.

—Es un lugar al que va la gente que tiene problemas para conseguir algo de paz. Está… Está en Cornwall.

—¡En Cornwall! ¿Es que no hay sanatorios en Londres?

—Bueno, Londres ha sufrido muchos ataques, y aunque ya no sea cada noche como antes, los alemanes todavía vienen. Hace dos noches hubo un bombardeo, de hecho.

Molly notó que se le cerraba la garganta.

—Quiero ver a mi madre de inmediato.

—Sí, sospechaba que querrías hacerlo. El hecho es, Molly, que debería ser tu padre quien te hablara de esto.

—¿Está bien, señora Pride? Por favor, dígamelo.

La mujer la miró a los ojos por fin.

—La guerra ha sido dura para todos, Molly, desde el Rey hacia abajo. Pero ha sido mucho más dura para algunos, y por desgracia, tu madre es una de ellos.

Y, tras esta ominosa noticia, la señora Pride huyó de la habitación.