Extraños en el tiempo Mamá
14%

Mamá

MAMÁ

M olly sacó de su monedero una carta que su madre le había escrito.

Querida Molly:

Tu padre y yo solo volveremos a sentirnos una familia de verdad cuando tú estés en casa.

Todavía me rompe el corazón haber permitido que te mandaran lejos.

Sabes que no queríamos hacerlo, querida Molly, pero tu padre dijo que era lo mejor y él casi siempre tiene razón.

Aun así, cuento los minutos hasta que regreses sana y salva a los brazos de tu mamá.

No consigo pensar en otra cosa. Hasta que te abrace de nuevo y te llene de besos esa dulce carita.

con todo mi amor,

mamá

Molly dobló cuidadosamente el papel y volvió a guardarlo en su monedero.

A pesar de las palabras amables y cariñosas de la carta, había algo en ella que la inquietaba de verdad.

La carta era de hacía casi cinco años, muy poco después de que Molly se marchara de casa.

Desde entonces no había recibido ninguna otra de su madre, aunque su padre le había escrito con frecuencia.

Ella le había escrito a su madre siempre que los Cooper podían comprar sellos. Su madre nunca le había contestado.

Hacía casi un año, Molly fue al pueblo y llamó a su casa de Londres desde la cabina telefónica de la plaza.

Había respondido su padre, que la informó de que su madre estaba descansando pero que le contaría que ella había llamado.

Su padre le pidió que siguiera siendo valiente, y que no fuera una molestia para los Cooper.

Y después colgó antes de que ella pudiera preguntarle por qué no la había llevado a casa después de tanto tiempo.

Molly jugó con la cadena en la que llevaba un relicario.

Se quitó el colgante y lo abrió, para revelar una pequeña fotografía de su madre.

Se preguntó cuánto habría cambiado desde la última vez que la vio.

Ella sin duda se quedaría asombrada al ver cuánto había cambiado Molly en los últimos cinco años.

Volvió a ponerse el colgante mientras el taxi giraba hacia una carretera principal y avanzaba con paso sosegado a través de los escombros y de calles desoladas hasta que llegaron a su vecindario.

Allí también había daño, pero no tanto como Molly había visto antes.

No obstante, había una melancolía muda y omnipresente en el aire, algo que comprendía, aunque no identificaba del todo.

El taxi se detuvo delante de la enorme casa de ladrillo de dos plantas pintada de blanco. Dos columnas gemelas de alabastro pintado flanqueaban la respetable puerta delantera, con su llamador de latón.

—Bonito sitio, señorita —dijo el conductor—. Solo he estado en Chelsea para dejar gente. Por ninguna otra razón, ¿sabe?

El hombre cojeó con la bolsa de Molly mientras la seguía hasta la puerta.

A ella le sorprendió que estuviera más estropeada y que fuera mucho más vieja de lo que recordaba.

Los arañazos y las grietas y la pintura descascarillada seguramente no habían estado allí antes.

Y el llamador metálico tampoco estaba tan brillante como lo recordaba.

La pequeña zona de hierba estaba marchita casi por completo, y no había flores en los tiestos agrietados del pequeño porche.

Las ventanas estaban sucias, y también lo parecían las cortinas del otro lado.

Pero al menos la puerta seguía allí, y su hogar con ella. Sabía que había muchos en Inglaterra que no podían decir lo mismo.

Molly Wakefield tomó aire despacio, nerviosa.

—Aquí tiene, señorita —dijo el conductor, dejando el petate a su lado.

Cuando Molly se giró para mirarlo, sus ojos se detuvieron al otro lado de la calle. Un hombre con abrigo largo y sombrero la miraba con lo que parecía una expresión de extrañeza. Cuando ella lo miró, se giró y se alejó.

Qué raro , pensó. Pero quizá Londres se había vuelto bastante extraño con la guerra.

La chica se giró de nuevo hacia la puerta y se preparó para lo que había al otro lado.