Extraños en el tiempo Una breve educación
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Una breve educación

UNA brEVE EDUCACIÓN

M olly pasó junto a un edificio con las ventanas rotas y la puerta echada abajo; el interior estaba destrozado, con las mesas y las sillas volcadas y rotas, aunque no había indicios de que una bomba hubiera explotado allí.

Entonces levantó la mirada y vio que alguien había pintado «Tally» sobre el nombre, CAFÉ DE EDOARDO .

Molly no tenía ni idea de que tally era un insulto hacia los italianos.

Al final consiguió detener un viejo y trastabillante taxi negro de capota rígida que se detuvo en el arcén mientras el conductor bajaba la ventanilla.

El hombre tenía la piel grisácea y las mejillas hundidas, y las arrugas de su rostro bigotudo parecían un enjambre interseccional de líneas de ferrocarril.

Llevaba un par de gafas gruesas que le agrandaban mucho los ojos.

Tenía en la chaqueta distintivos y medallas militares, y cicatrices de aspecto doloroso en sus manos maltrechas y nudosas, seguramente por haber luchado en una guerra anterior.

—¿A dónde se dirige, señorita? —le preguntó.

Ella le respondió con la dirección de su casa en Chelsea y el hombre arqueó más las cejas.

—Muy bien —le dijo—. Tiene dinero, ¿verdad? No trabajo gratis, bonita.

Abrió su pequeño monedero y le enseñó un puñado de monedas.

—Acabo de bajarme de un tren en Liverpool y he caminado hasta aquí. Sé que esto es suficiente para llegar a donde voy.

Él carraspeó.

—De acuerdo, señorita, solo me aseguraba. Son tiempos extraños.

El automóvil comenzó a moverse despacio, y la velocidad nunca aumentó.

—¿De dónde viene, señorita? —le preguntó el hombre, mirándola por el espejo.

—Suffolk.

—¿Qué hacía allí?

—Nací en Londres. Me enviaron al campo cuando comenzó la guerra y ahora he regresado.

—Creí que todos los niños habían vuelto hacía mucho —dijo él con sorpresa.

Las mejillas de Molly se sonrosaron.

—Sí, bueno. Veo que tiene medallas. ¿Son de la guerra anterior?

Él pisó el pedal con cautela, sin duda para ahorrar la valiosa gasolina, y negó despacio con la cabeza.

—No, señorita. De esta.

Molly se mostró sorprendida.

—Oh, lo siento, no… Pensé…

—Acabo de cumplir treinta y cuatro años, señorita.

Sé que parezco algo mayor, pero… Bueno, la guerra le hace eso a la gente.

Regresé el año pasado. Si no puedes sostener un fusil ya no sirves para nada, y mis ojos…

Bueno, ya no son lo que solían ser después de que un proyectil de mortero cayera cerca.

Aunque con gafas veo lo bastante bien para conducir durante el día, si no voy demasiado rápido.

Y… Bueno, tengo una pierna mala. Con metal dentro.

Me duele cuando cambia el tiempo, sin duda, y caminar con ella ya no es tan fácil como antes, así que conducir un taxi es lo único que puedo hacer, señorita.

—Claro. Lo siento mucho.

Su bigote áspero se erizó.

—No quiero que nadie me tenga lástima. Estoy vivo, ¿no? Muchos hombres no pueden decir eso. Yo hice mi trabajo, eso es todo. Y estoy vivo.

Se concentró en la carretera y ambos se quedaron un rato en silencio.

—¿De verdad bombardearon el palacio? —le preguntó Molly—. Lo oí en la radio, pero no me lo pude creer.

El conductor asintió.

—Yo estaba en activo entonces, pero mi señora me lo contó. El rey y su familia están bien. Solo fue una pequeña molestia, en realidad. Y todavía están allí, esperando a que esto termine, como todos los demás.

—Bueno, ese es el espíritu.

—Será necesario algo más que espíritu para derrotar a los jerries. Serán necesarios más hombres que los que tenemos, y más aviones y tanques y bombas y también balas, bien lo sabe Dios.

—Bueno, los norteamericanos llevan varios años luchando con nosotros. Comparten una base aérea con la RAF en Leiston, cerca de donde yo vivía. Veíamos Spitfires y Mustangs americanos sobrevolando el pueblo. Hacían que todo el mundo mantuviera la esperanza.

Él frunció el ceño.

—La gente cree que los yanquis son la salvación, que podemos bajar las armas y dejar que ellos ganen por nosotros. Bueno, por lo que he visto, todos seremos necesarios para derrotar a los malditos alemanes.

—Sí, estoy segura de que tiene razón.

—¿Y cómo era la vida en el campo, señorita? ¿Les bombardearon?

—Nunca, aunque he oído que Leiston lo fue en varias ocasiones, pero yo ni siquiera oí las bombas.

Al parecer, vinieron por la noche. —Molly dudó.

Una parte de ella quería hablarle de su trabajo ayudando a los heridos, pero estaba segura de que él había visto muchos más horrores que ella, y que había sufrido mucho más.

Así que solo añadió—: Y me alegro mucho de estar en casa.

—¿Y por qué ha vuelto, entonces? —le preguntó.

Molly no supo qué responder exactamente a una pregunta tan directa.

El hecho era que su padre había dejado de pagar su alojamiento.

Los Cooper se habían ofrecido a mantenerla a pesar de ello, pero después de tanto tiempo, ella quería volver a casa.

Había escrito a sus padres con la fecha de su regreso.

Estaba preocupada porque no había recibido respuesta y nadie había ido a recogerla a la estación de Liverpool.

—Ya era hora, supongo.

Se reclinó y se preguntó qué estaría esperándola en Chelsea.