Extraños en el tiempo Una chica llamada molly
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Una chica llamada molly

UNA CHICA LLAMADA MOLLY

Aquella mañana se había levantado especialmente temprano para iniciar el viaje de regreso.

Había tres paradas de tren entre el pueblo costero al que la habían enviado a vivir al principio de la guerra y su Londres natal.

Debería estar agotada, pero estaba demasiado nerviosa para sucumbir al cansancio del largo viaje.

Molly se había trasladado al campo después del inicio de la guerra en un plan urdido por el Ministerio de Sanidad al que se había llamado, de un modo extraoficial, Operación Flautista de Hamelin.

Bastante más de un millón de personas, más de la mitad de ellas niños, fueron evacuadas al campo durante este proceso, aunque Molly sabía que la mayoría había regresado hacía mucho.

Ella, que cumpliría dieciséis el año siguiente, no había visto a su familia en todo ese tiempo.

Estuvo sonriendo hasta que el tren aminoró la marcha y comenzó a deslizarse entre los suburbios de las afueras y después en el propio Londres.

Lo único que veía eran los restos irregulares de los edificios derribados, que parecían dedos cortados y ennegrecidos extendidos hacia el cielo; montones de escombros, calles sucias y llenas de basura; pocos coches, y hombres y mujeres ansiosos que caminaban con un propósito singular, aunque cauto.

Un retorcido autobús de dos plantas estaba curvado alrededor de los restos de un edificio cuyo tejado había desaparecido, con las entrañas abiertas a los lóbregos cielos nublados.

No había una hilera de taxis esperando cuando salió de la estación de tren, así que cargó con su petate de ropa mientras caminaba por la calle, con suerte en la dirección correcta.

Vio una iglesia con la fachada arrancada y el púlpito visible desde la calle.

A pesar de ello, se estaba celebrando una boda dentro.

Molly se detuvo para observar la ceremonia que se desarrollaba entre el caos de la guerra.

La imagen puso una sonrisa de esperanza en su cara.

Después, se marchó y siguió con su trayecto a casa.

En una calle secundaria, una familia de cuatro estaba sentada sobre un montón de ladrillos humeantes.

La niña miraba una casa de muñecas parcialmente aplastada y chamuscada, que era obvio que habían sacado de entre los escombros.

Molly se detuvo y les preguntó si se encontraban bien.

Ellos la miraron sin expresión y no respondieron.

Molly no sabía que un escuadrón de Junker y Dornier se había colado en Londres durante la noche y reducido las casas de aquella calle a pilas de material de construcción destruido y posado en ángulos extraños.

Cuando vio el humo que se elevaba de entre los restos, se dio cuenta de que el calor residual de las bombas explotadas era lo único que mantenía caliente a la ahora familia sin hogar.

Se apresuró, utilizando algunos puntos de referencia como guía. Aunque había nacido en Londres, no estaba familiarizada con aquella zona. Y los años de devastación habían alterado severamente el aspecto de la ciudad, al menos para ella.

Un grupo de niños harapientos se había reunido para calentarse alrededor de un brasero en el que ardía un pequeño fuego. Miraron con curiosidad el elegante atuendo de Molly, como si fuera un fantasma del lejano pasado en el que el mundo estaba en paz.

Había sacos de arena amontonados por todas partes, y parecía que todos los edificios importantes tenían un letrero anunciando que eran refugios antiaéreos públicos. Las ventanas estaban uniformemente pintadas de negro y tenían cinta de fibra de vidrio dibujando una cruz sobre el cristal.

Los bares estaban abiertos y bulliciosos. La mayoría de sus clientes eran viejos o jóvenes a los que les faltaba alguna extremidad. Estaban en las calles agrietadas, con medallas y lazos sujetos a los abrigos, murmurando y quejándose sobre sus pintas y sus pipas.

Molly vio a un grupo de sudorosos soldados trabajando duro para eliminar los escombros de las calles, con sus elegantes chaquetas apoyadas en un muro bajo.

Pasó junto a varias tiendas que tenían carteles que decían abierto como siempre pegados a los marcos de las ventanas en las que ya no había cristal.

Una estructura ennegrecida y destripada, que recordaba porque era un negocio bien conocido, tenía un letrero en la fachada que decía: REAPERTURA DENTRO DE UNA SEMANA, CON NAZIS O SIN NAZIS .

Había hileras de amas de casa haciendo cola en la puerta de la carnicería y de la panadería, con las cestas abiertas, expresiones tensas e impacientes y listas de la compra cortas.

En el pueblo, a Molly le habían contado poco de lo que ocurría allí, pero había visto retazos de los sucesos bélicos de Londres en los periódicos locales.

También había oído cosas en la radio que había en la casa donde vivía con sus anfitriones, los Cooper.

Los noticieros de la BBC también contaban las novedades sobre la guerra.

Durante años, los pronósticos sobre la supervivencia de Gran Bretaña habían sido débiles.

No obstante, la marea había comenzado a cambiar últimamente.

Su padre había pagado a los Cooper ocho chelines y seis peniques a la semana por el alojamiento de su hija.

También le enviaba ropa cada año, mientras crecía.

Los hijos de los Cooper habían observado con envidia cómo ella abría los elaborados paquetes de Harrods y Selfridges llenos de trajes caros.

Herbert Wakefield los elegía para ella. A cambio, Molly regalaba su ropa vieja a las hijas pequeñas de los Cooper.

La familia la había tratado muy bien; incluso le hacían una pequeña fiesta de cumpleaños cada año.

La señora Cooper era maestra de escuela, y una buena.

Molly había sido precoz desde muy pequeña, porque su madre y su niñera le leían con regularidad, y había asistido a un colegio privado para señoritas antes de marcharse al campo.

La señora Cooper había continuado con su rigurosa educación durante el tiempo que Molly había pasado allí.

Además de hacer sus deberes escolares normales, la chica había leído un buen montón de libros, había aprendido lecciones adicionales y había usado cajas enteras de lápices casi gastados poniendo en el papel tanto ideas como cálculos matemáticos.

El señor Cooper era vicario y bastante erudito, con una biblioteca bien abastecida.

Y se mostró encantado de ayudar a expandir los horizontes académicos de Molly.

Como era inteligente y curiosa por naturaleza, la chica había florecido en un entorno así.

La hermana soltera del vicario, Eleanor Cooper, era una enfermera bien entrenada.

Los mercantes que traían a los heridos de la guerra solían amarrar en la costa a tres kilómetros de Leiston, la ciudad más grande que había cerca del pueblo de Molly.

Los soldados heridos eran entonces transportados por tierra hasta las instalaciones hospitalarias de Leiston.

Eleanor acudía cada día a uno de los hospitales para ayudar con los heridos.

Después, cuando Molly cumplió catorce años, comenzó a llevársela con ella.

Al principio, a Molly solo se le permitía colocar vendas, asear a los enfermos y ayudar con el reparto de la comida y con la limpieza de las camas, la lavandería y los aseos.

Pero como había poco personal médico, Eleanor comenzó a entrenarla rigurosamente en el cuidado de los heridos.

Debido a su edad y a su relativa inexperiencia, al principio solo le permitían ayudar a aquellos hombres que tenían heridas menores.

Pero cuando estuvo claro que, además de ser excepcionalmente lista, tenía una llamativa aptitud para ese tipo de trabajo, le dieron mucha más responsabilidad.

Parte de ella se sentía horrorizada por las terribles heridas que había visto y ayudado a tratar.

Y se había sentido inmensamente triste por los hombres que habían abandonado los hospitales en ataúdes improvisados, y por aquellos que habían vuelto a casa con menos extremidades de las que tenían al empezar a vivir.

Pero una enorme parte de ella se sentía orgullosa y satisfecha por estar ayudando a su país.

Eleanor Cooper le había dicho una vez que cuando creciera sería una buena enfermera, a lo que Molly había contestado, quizá con un poco de descaro, que creía que sería una buena doctora.

Y su mentora se había mostrado de acuerdo de inmediato, tras una mirada artera a su sorprendido y eclesiástico hermano, que había estado escuchando por encima la conversación hasta que la réplica progresista de Molly llamó su atención.

Le había dado pena despedirse de los Cooper, lógicamente, pero la mayor parte de ella se alegraba de regresar con su verdadera familia.

En ese momento, mientras miraba los escombros y el deterioro y las figuras sucias, flacas y mal vestidas que caminaban por un Londres profundamente golpeado, Molly notó que su alegría por regresar a casa comenzaba a disiparse.