El bastión de los libros
EL BASTIÓN DE LOS LIbrOS
I gnatius Oliver saludó a la propietaria de la tienda de té.
—Hola, Desdemona —dijo.
—Buenas, Ignatius —dijo Desdemona Macklin—. ¿Dónde has estado?
—Oh, he dado un paseo hasta Bethnal Green. Tenía un recado que hacer.
—¡Bethnal Green! Bueno, entonces te has levantado y salido temprano. Todavía no son las ocho y media.
—Sí, era bastante pronto. ¿Cómo va la venta de té y pasteles?
—Oh, va estupendamente —dijo ella, con la voz generosamente empapada en sarcasmo—. Vaya, de haber sabido que sería tan bueno para el negocio, habría deseado que estallara la guerra mucho antes.
—Bueno, debemos hacer lo que nos toca.
—Los bombardeos de la otra noche fueron feos —dijo—. Parece que has conseguido mantenerte de una pieza.
Él golpeó la puerta de madera con los nudillos.
—Tengo buena suerte —replicó.
—Vi que anoche tenías un visitante de última hora.
El librero se giró hacia la mujer.
—¿Sí?
—Sí.
—Tienes buena vista —le dijo sin sonreír.
—¿No es eso lo que nos pide el gobierno? En época de guerra pasan muchas cosas sospechosas.
—Sí, supongo que sí.
—Una hora curiosa para que a un tipo se le antoje un libro, teniendo en cuenta que era más de medianoche. Era un tipo bajito y rechoncho. Te vi abrirle la puerta antes de irme a la cama.
La mujer esperó su respuesta.
—Sí, bueno, es una especie de coleccionista que llegó tarde a la ciudad, del norte. Se marchaba esta mañana muy temprano y anoche era el único momento en el que podíamos reunirnos.
—Entonces, ¿buscaba un libro?
—Es lo único que vendo, después de todo —le contestó él.
Ella se sorbió la nariz; no parecía convencida.
—Los ratones de biblioteca son raros, ¿verdad?
—Yo me considero un ratón de biblioteca y no soy nada raro. Bueno, si me disculpas…
Se sacó un llavero del bolsillo e insertó la llave en la puerta para abrirla. La campanilla repicó y la puerta se cerró a su espalda.
Charlie esperó hasta que Macklin regresara a su tienda y después volvió sobre sus pasos a tiempo de ver a Oliver quitándose la chaqueta, colgándola de un gancho, levantando el mostrador elevable y desapareciendo a través de la cortina.
El chico se acuclilló allí, intentando decidir qué hacer.
Podía marcharse y comprarse unos zapatos y un abrigo, y un sombrero para la abuela porque el suyo se le estaba desintegrando en la cabeza.
Y unas gafas nuevas, porque le había dicho a Charlie que tenía cataratas.
Y después la llevaría al bar más cercano y comerían algo preparado por otra persona, para variar.
No obstante, ¿cómo le explicaría a la abuela de dónde habían salido los billetes y las monedas? La abuela era vieja y había cosas en las que conseguía engañarla, pero no era idiota.
Pero primero había una cosa que Charlie tenía que saber. Esa era la razón por la que había regresado.
Se acercó a la puerta y, temiendo el tintineo de la campana, la abrió despacio y apenas lo suficiente para deslizar unos dedos hábiles en la ranura y detener el sonido antes de que comenzara.
Después se dirigió a la caja registradora.
Junto a esta había una fotografía enmarcada en la que no se había fijado la noche anterior.
La mujer retratada era bastante guapa, con unos ojos castaños grandes e inteligentes, los labios gruesos y el rostro anguloso; todo ello prometía bondad en abundancia, si los rasgos podían expresarla de verdad.
Iba vestida con prendas parecidas a las que la madre de Charlie había llevado. ¿Sería la mujer de Oliver?
Alrededor del marco había una gasa negra. La tocó con cautela. El término correcto llegó hasta él desde algún lugar distante de su cerebro.
Crespón de luto .
Aquella persona había muerto.
Pasó junto a la fotografía enmarcada y se fijó en el abrigo que colgaba del gancho. Estaba tan raído como el suyo. El viejo sombrero de fieltro que había al lado estaba manchado y tenía varios rasgones y agujeros.
Charlie notó que empezaba a formársele un nudo en la garganta.
Reconocía la pobreza cuando la veía. Y el hombre había atravesado medio Londres a pie para devolverle la etiqueta de su abrigo y seguramente para preguntar por el dinero y el libro que le faltaba.
Y había arriesgado su vida para salvar a otros y había conseguido la Medalla de Jorge.
Despacio, Charlie se sacó los billetes y las monedas hurtadas del bolsillo y las miró.
Pasaron por su mente imágenes de zapatos y de un abrigo para él; de un sombrero y unas gafas para su abuela; y de una comida de algo que no fuera sopa de col aguada.
La visión pululó por los límites pulcros y lineales de su imaginación y después, como la arena con la marea, se vio arrastrada lejos de sus pensamientos.
Incluso los ladrones, al menos los que eran como Charlie, tenían principios.
Y empatía hacia otros que también eran pobres.
Solo robaba a aquellos que tenían de sobra. Estaba claro que aquel hombre no lo tenía.
Charlie dejó el dinero al lado de la caja registradora y retrocedió. Habría devuelto también las galletas, pero se las había comido todas. Y también estaba el libro. Buscó en su bolsillo y lo dejó cerca del dinero.
—No estabas en casa antes.
Charlie se giró. Ignatius Oliver estaba en la entrada acortinada.
Ágil y rápido como el rayo, saltó hacia la puerta y colocó la mano en el pomo.
Oliver no hizo ningún intento de detenerlo; solo miró el dinero sobre el mostrador, y después miró a Charlie.
—¿Por qué? —le preguntó.
En lugar de responder, Charlie dijo:
—Así que la «I» del escaparate es por Ignatius.
—No, es por Imogen —dijo el hombre, sorprendiendo a Charlie—. Mi esposa. Esta era su tienda. A mí… —Miró a su alrededor, como si viera el espacio por primera vez—. A mí nunca me gustó mucho leer. Yo solo me encargué de esto cuando… —Su mirada viajó hasta la foto con el crespón.
—Nunca había conocido a nadie que se llamara Ignatius.
—San Ignacio de Antioquía. Me pusieron ese nombre por él.
—¿Qué hizo pa ser santo? —preguntó Charlie con genuina curiosidad.
—En su martirio lo arrojaron a las fieras.
—¡A las fieras! ¿Quién haría eso?
—Gente que no estaba de acuerdo con él. Ocurre a veces, ¿sabes? Pasan cosas horribles continuamente. Esta guerra es un ejemplo excelente. ¿Te llaman Charles?
—No, solo Charlie. Vende un montón de libros, ¿no?
—No mucho, no. Si a la gente le sobra algún chelín, es improbable que se lo gaste en libros.
He vendido algunos vales para libros como parte de un programa nacional, lo que es una ayuda.
Es una idea bastante buena, en realidad, pero no han canjeado demasiados.
Creo que la gente está bastante… cansada.
Pero quizá eso cambie si la guerra sigue avanzando en una dirección positiva.
—Supongo que a su esposa le gustaban los libros.
—Sí, mucho. Decía que eran un modo maravilloso de superar las épocas difíciles, aunque mis ventas recientes no apoyan exactamente esa teoría. Puede que sea la ubicación. Es bastante difícil encontrar este callejón.
—Yo lo encontré —dijo Charlie.
—Así es. —Oliver se detuvo y miró el montón de billetes y monedas sobre el mostrador.
—Debió perderlo en la calle —le explicó Charlie—. Yo acabo de encontrarlo y lo he traído pa devolvérselo.
—Qué torpe soy. A veces soy muy torpe.
Charlie miró en la dirección del cajón donde Oliver había colocado el hato de documentos la noche anterior. Cuando levantó la mirada, Oliver estaba estudiándolo con atención.
—He oído que le dieron la Medalla de Jorge —le dijo Charlie—. Eso es que es valiente.
—Mucha gente es valiente. No sé por qué me dieron la medalla a mí, y no a otros.
— Pa no vender muchos libros, tie un montón de pasta.
—Esto son las ventas de muchos meses, me temo —contestó Oliver—. Así que no es tanto. —Miró el libro que había al lado del dinero—. Ah, sí, creo que también había perdido esto.
—No tie palabras dentro —dijo Charlie.
—Bueno, es como un diario o un cuaderno. Mi esposa llenó muchos de ellos con sus… pensamientos.
Charlie miró el extraño artilugio que había visto la noche anterior sobre el mostrador.
—Oiga, ¿esa cosa pa qué es? —preguntó, señalándolo.
Oliver lo levantó.
—Es una réplica del Disco de Alberti. ¿Has oído hablar de él? —Charlie negó con la cabeza—. Alberti fue un polímata del siglo quince.
—¿Un poli qué?
—Significa que era muy bueno en muchas cosas: poesía, idiomas, arte, arquitectura y criptografía , de la que esto es un ejemplo.
—Se lo enseñó—. Tiene dos anillos concéntricos.
El exterior tiene impreso el alfabeto estándar, y el interior también, pero con las letras desordenadas.
Cuando rotas el anillo interior y lo alineas con las letras del exterior, puedes crear un mensaje encriptado, o secreto.
—¿Por qué querría nadie hacer eso?
Oliver soltó el artilugio.
—Oh, solo para divertirse un poco.
—Tengo que irme ya —dijo Charlie.
Se quedaron allí, mirándose el uno al otro durante un momento.
—Charlie, ¿por qué no te quedas el libro?
—¿Qué?
—Agarra el diario y… Bueno, puedes escribir cosas en él, como solía hacer mi esposa.
—¿Qué cosas?
—Imogen describía lo que veía. Un hombre caminando. Un pájaro en la rama de un árbol. Un montón de escombros que antes era un hogar. Una mujer llevándole comida a la gente que lo necesitaba. Y después escribía qué pensaba sobre todo ello.
Charlie se limpió la nariz con la manga.
—¿La gente de verdad echa el rato haciendo eso?
—Alguna gente sí. Pareces observador y curioso, así que podría resultarte… Supongo que la palabra que busco es provechoso . Es irónico que al propietario de una librería le resulte difícil encontrar las palabras adecuadas.
—Seguro que se sabe un montón de palabras más que yo.
—Me atrevería a decir que tú me alcanzarás y superarás. Pero, por favor, llévate el libro. Tengo muchos más, como puedes ver. —Tomó el diario y se lo ofreció.
Charlie se acercó y cerró los dedos sucios alrededor del diario.
—Gracias.
—Gracias a ti por devolver el dinero. Es una suerte que lo encontraras. De hecho, supongo que sería adecuado que te entregara una recompensa.
Charlie miró el dinero, pero después levantó el libro.
—Me ha dao esto. Y gracias por devolverme la etiqueta. Debió caérseme por aquí.
—Ahí fue exactamente donde la encontré. Por aquí.
—Vi a un tipo bajo y gordo. ¿Estaba comprando libros?
—Era un amigo que quiere que lea un manuscrito. Me temo que no es demasiado bueno.
—Vale, adiós —dijo Charlie, preguntándose si el mismo hombre le habría entregado otro manuscrito, fuera lo que fuera eso, aquella misma mañana.
—Adiós —dijo Oliver, que no parecía contento.
La campanilla repicó con libertad cuando Charlie abandonó a Ignatius Oliver y su tienda.
Un momento después, volvió a asomar la cabeza.
—Y yo no soy honorable , contra.
—Bueno, hoy lo has sido, Charlie.