Extraños en el tiempo La sombra de i. oliver
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La sombra de i. oliver

LA SOMbrA DE I. OLIVER

A unque su formación había terminado prematuramente, los conocimientos de Charlie de lectoescritura eran aceptables, aunque su ortografía no fuera la mejor.

Y a pesar de su pobreza, la madre de Charlie siempre había conseguido tener algunos libros en el apartamento.

Después de salir del trabajo, a menudo llevaba a Charlie a la pequeña biblioteca que había cerca de casa, donde se sentaban y leían juntos, aunque solo fuera porque se trataba de un lugar cálido, tranquilo y con asientos cómodos.

Más tarde, cuando empezaba a anochecer, a veces se aventuraban hasta una cafetería cerca de la biblioteca donde Charlie tomaba una taza pequeña de cacao caliente y su madre disfrutaba de un té.

Y compartían un grueso panecillo con mantequilla, cuando los panecillos con mantequilla todavía eran posibles.

Pasó por donde habían estado esa biblioteca y esa cafetería. Lo único que quedaba de ellas era un montón de ladrillos, metal retorcido, vigas ennegrecidas y los olores mezclados del yeso mojado y de las partículas de bomba, junto con una persistente melancolía.

Charlie vio a un lechero, con una chaqueta de color crema y una cesta metálica llena de botellas sorteando los escombros con practicada habilidad. Él y muchos otros creían que, aunque fuera improbable, mientras la leche siguiera repartiéndose, el mundo no se terminaría.

Al otro lado de la calle había una mujer sentada en un taburete con tres patas pintando en un enorme lienzo la escena de destrucción que tenía delante.

Charlie se había enterado de que el gobierno había contratado a aquella gente para que captara la devastación para «la posteridad», significara lo que significara eso.

Pero tenía que admitir que los artistas que había visto eran bastante buenos, aunque los temas siniestros que pintaban lo enfermaban.

Mientras seguía caminando, Charlie pasó junto a automóviles que esquivaban espasmódicamente los obstáculos de su camino, emitiendo humeantes respiraciones por sus tubos de escape.

En el lateral de un autobús había un anuncio del Doctor Zanahorio, una campaña ideada por el Ministerio de Alimentación que pretendía recordar a la gente, sobre todo a los niños, no solo que debían comer zanahorias, sino que también debían gustarles.

El único momento en el que Charlie había oído a su abuela diciendo una palabrota fue durante un paseo en el que vio un letrero del Doctor Zanahorio.

Le dijo a Charlie que, aunque a ella le gustaban las zanahorias y eran buenas para la salud, no le gustaba que el «marrullero» Ministerio de Alimentación intentara ponerles una venda en los ojos a sus ciudadanos.

—Quieren que comamos zanahorias y esas cosas porque su gestión del suministro de alimentos ha sido un desastre, Charlie.

Es una chapuza, por llamarlo de alguna manera.

Claro, las zanahorias no tienen que traerlas de ningún otro sitio.

Y, bueno, a mí no me importa sacrificarme y todos lo hemos hecho en alguna medida, pero que no me mientan.

No me trates como si fuera una maldita idiota; dime la verdad, aunque eso te haga parecer idiota a ti.

De lo contrario, todos pensaremos una cosa: ¿qué más nos esconden?

Intentan que nos creamos que todo va muy bien, cuando todos podemos ver que no es así.

Se creen que estamos todos tontos. ¿Verdad, Charlie?

—Verdad, abuela —le había contestado él, como hacía siempre después de sus pequeñas diatribas contra el gobierno, sobre todo contra el Ministerio de Alimentación, uno de sus objetivos preferidos.

Incluso los trayectos breves por la ciudad incluían rodeos, atascos, montones de escombros y socavones en las calles.

Los peatones eran casi siempre más rápidos que los vehículos de motor.

Más adelante, vio a Oliver rodeando la acera al pasar junto a un soldado que protegía el inventario personal de un edificio bombardeado que había apilado en la calle.

Charlie siguió a Oliver por una calle y después por otra en el largo trayecto de vuelta a Covent Garden.

Cuando Oliver giró hacia un estrecho callejón, el chico se quedó desconcertado, porque este llevaría al hombre en una dirección que no era la del Bastión de los Libros.

Quizá tenía algún otro recado, además de la visita al apartamento de Charlie.

Oliver se detuvo ante una maltrecha puerta, llamó con los nudillos y lo dejaron entrar.

Charlie se escondió y esperó. Cuando Oliver salió, se estaba guardando algunos papeles en el bolsillo. En la puerta estaba el mismo hombre rechoncho y bajito que había estado en el Bastión de los Libros la noche anterior.

De qué irá to esto, pensó Charlie.

Cuando Oliver se dirigió de nuevo a la calle principal y giró en dirección a Covent Garden, Charlie decidió tomar un atajo con el que consiguió llegar rápidamente a la entrada del callejón donde se encontraba el Bastión de los Libros.

Aquello fue posible solo porque hizo el último cuarto del trayecto colgado con agilidad de la parte de atrás de un tempestuoso y rápido autobús que se dirigía a Covent Garden mientras evitaba el ojo y la mano del conductor, así como de los otros pasajeros que no sentían ningún aprecio por aquellos que se aprovechaban mientras que ellos tenían que pagar el billete completo.

Charlie corrió por el callejón y se detuvo al ver a una mujer delgada con el cabello canoso retorcido en un moño y una escoba junto al bordillo de la tienda que había delante del Bastión de los Libros.

Sobre su cabeza, atornillado a la pared, había un letrero que decía el jardín secreto.

En el escaparate había té y pasteles y otras cosas que a Charlie le gustaban mucho pero que no podía permitirse.

Se quitó la gorra.

—Hola, señora.

Ella se giró y lo miró con cara de pocos amigos.

—Hola, chico.

—¿Conoce al tipo de esa librería?

—¿Qué pasa con él?

—¿Ese tipo alto y flaco con gafas? ¿I. Oliver?

—Así es. Ignatius Oliver.

—Sí que le gustan los libros.

—Supongo que sí, ya que tiene una librería —dijo la mujer, con tono de condescendencia.

—¿Lleva aquí mucho tiempo?

Ella se irguió y sostuvo la escoba en una postura defensiva.

—¿Por qué? ¿A ti qué te importa? —Lo examinó con la mirada—. Espera un momento, ¿de dónde eres?

—De Londres.

—No seas tonto. Me refiero a de qué parte.

—Al este de aquí.

Ella le echó una mirada.

—Eso me pareció, aunque no hablas exactamente como los de allí.

Esto enfadó a Charlie.

—Exacto, señora, soy del East End, de la parte que fue bombardeada.

—Nos bombardearon a todos , señor Descarado, muchas gracias. —Pero se estremeció un poco—. Mi hermano pequeño trabajaba en los muelles. Lo mataron en el Blitz.

—Siento oírlo —dijo Charlie con sinceridad.

Ella se estremeció de nuevo y miró el fragmento de cielo visible desde el callejón.

—Esperemos no volver a ver nunca algo así.

—Bueno, entonces, ¿el señor Oliver es simpático? Pensaba pedirle trabajo.

La mujer lo miró con los ojos entornados.

—¿Trabajo? Todavía estás en el colegio, ¿no?

—Ya he terminado. Ahora tengo que buscarme la vida.

—Entonces puedes ir a trabajar a una fábrica, o a una granja.

—No hay granjas cerca de Londres, al menos que yo haya visto. Bueno, ¿es un tío simpático?

—Bastante. A ver, no es lo que llamaríamos extrovertido, pero lo he visto sonreír de vez en cuando.

Hoy en día, casi lo llamaríamos locuaz. —Cuando Charlie la miró con extrañeza, añadió—: Significa «que habla un montón».

También es uno de los vigilantes antiaéreos.

Sale con su sombrero metálico, con su antorcha y su capa brillante y busca aviones y bombas y ayuda a la gente que lo necesita.

La lleva a los refugios y cosas así. Por aquí se sabe el nombre de todo el mundo.

Tiene que hacerlo, para llevar la cuenta de quién está en los refugios y quién no.

Intenta reclutarme siempre, pero normalmente me quedo en mi sótano cuando suenan las sirenas.

Es valiente. Le dieron la Medalla de Jorge.

Sacó a algunas personas de un edificio bombardeado que se incendió.

Todavía tiene las cicatrices de las quemaduras.

Después consiguió apagar el gas antes de que estallara la manzana entera.

—¿Cómo es que no está en el ejército? ¿Es objetor? —preguntó Charlie, refiriéndose a la objeción de conciencia.

—Es demasiado viejo. —Ella se señaló la cara—.

Y no ve bien. Lleva gafas. Pero si la guerra sigue, vendrán a por los que son como él, estén ciegos o no, supongo.

No quedarán hombres aquí, ni jóvenes ni viejos.

Maldito Hitler. Sé que la radio dice que ahora estamos ganando y que la guerra podría terminar pronto, pero no lo parece.

—¿ Tie la tienda desde hace mucho?

—Oh, no era su tienda.

—¿No?

—No, era… Oh, aquí viene.

Charlie levantó la mirada para ver a Oliver entrando en el callejón.

—Será mejor que me vaya —le dijo rápidamente a la mujer.

—Creí que ibas a pedirle trabajo.

—Sí, pero primero tengo que asearme, ponerme mi mejor camisa y to eso.

—Bueno, buena suerte, aunque la mayoría no contratamos a nadie, me temo. Pocos clientes y poco que vender a los que tenemos. Pero vamos tirando.

—No le cuente que hemos hablado, señora. No quiero que me traiga mala suerte.

Ella lo observó con curiosidad mientras se marchaba corriendo del callejón.