Recuerdos en la pared
RECUERDOS EN LA PARED
C harlie se quedó en su caja tumbado, mirando el pequeño trozo de techo mohoso.
Una parte de él se sentía mal por haberle mentido a su abuela.
La otra parte creía que ella sabía que le mentía, lo que de algún modo suavizaba el engaño.
Su abuela había crecido pobre, en el East End, y eso le hacía pensar que en realidad había estado familiarizada con el aullido del asilo.
Pero era excepcionalmente lista y había leído muchos libros y se había instruido, le había contado a Charlie su madre.
—Debería haber sido profesora o enfermera —le había dicho a su hijo.
—Entonces, ¿por qué no lo fue? —le había preguntado él una vez.
—A veces, el problema no está en ti, ni en lo que puedes hacer, sino en el lugar de donde procedes, Charlie.
—Eso no es justo.
—No, hijo, no lo es. —Le había alborotado el cabello y añadido—: Y quizá tu generación consiga cambiar eso algún día.
Desde entonces, Charlie había descubierto que el tipo de trabajo al que podían acceder las mujeres como su abuela y su madre eran pocos y normalmente se limitaban a frotar de rodillas los suelos y las chimeneas, a cocinar y coser para otros, o a trabajar en una panadería, frutería o pescadería.
La abuela había ayudado a Charlie a aprender cosas fuera del colegio, como había hecho con la madre de este.
Me ha ayudado con mi pronunciación , pensó con una sonrisa repentina.
Ella había conseguido, después de mucho esfuerzo, devolver las des que su acento cockney sustraía a donde tenían que estar, pero él aún tenía dificultades controlando las terminaciones.
¡Sonaba tan fino que sus colegas del East End habían empezado a preguntarle por qué hablaba tan raro!
Bueno, ¿qué compraría con su recién encontrada riqueza?
Necesitaba zapatos, por supuesto, pero eso no costaría ni de lejos todo lo que tenía.
Su abrigo estaba casi en las últimas y se acercaba el frío, pero no quería gastar el dinero solo en cosas que necesitaba.
Quería comprar algo que quisiera de verdad.
Se quedó allí, dormitando unos minutos más, y después se levantó, se lavó la cara bajo el grifo, se alisó el desordenado cabello y fue a la cocina.
En la fiambrera que su abuela creía que sería parte de su almuerzo en el colegio había una rebanada del día anterior de la panadería, un huevo duro, algunas patatas fritas en manteca y un trozo de cheddar nacional.
Se lo comió todo, incluyendo los cereales, la lata de fruta seca y el pan con la mancha de margarina que sabía a aceite de motor y el fiambre con un montón de sal, que no se racionaba porque la gente la necesitaba para que la comida tuviera un sabor pasable.
Se lo tragó todo metiendo la boca debajo del grifo en lugar de con una taza de té.
Eso estaba también estrictamente racionado y solo se tomaba en la cena, aunque la abuela tenía hojas antiguas para su taza de la mañana.
Su ropa seguía húmeda, así que se la quitó, junto con los zapatos, y la colocó en el respaldo de una silla de la cocina para que se secara un poco. Había sido una suerte que la abuela solo le tocara el cabello y no la ropa, que habría sido una prueba definitiva de sus excursiones nocturnas.
Solo con los calzoncillos raídos, entró en el pequeño dormitorio de su abuela y miró a su alrededor.
La cama estaba pulcramente hecha; ella la hacía todas las mañanas.
Charlie sabía que le resultaba difícil levantarse del colchón en el suelo, con sus achaques y sus dolores y sus rodillas reumáticas, pero habían vendido la estructura de la cama hacía mucho para pagar unas facturas que parecían llegar siempre antes que el dinero para pagarlas.
A veces, la abuela empeñaba su anillo de boda el lunes, pagaba las facturas con el dinero y lo recuperaba el viernes cuando le pagaban el sueldo.
Durante la semana, la veía fruncir el ceño y frotarse inquietamente el espacio vacío del dedo en el que el anillo, durante muchas décadas, había representado su promesa solemne hacia su difunto esposo.
Su abuela tenía un pequeño armario y un tocador diminuto a juego con un espejo que se había roto durante el Blitz.
Cuando regresó del refugio y vio el daño, la mujer lloró desconsoladamente.
El pequeño Charlie no comprendía por qué, ya que todos estaban vivos y aquello era solo un trozo de cristal, y todavía podías ver bien tu reflejo.
Pero después su madre le explicó que a veces eran las pequeñas cosas las que hacían que la gente se derrumbara.
La madre de Charlie arregló las cosas pronto, diciéndole a su madre que la grieta le daba carácter al espejo y que podría contarle a todo el mundo que había demostrado estar por encima de lo peor que los nazis podían lanzarle.
Su madre siempre decía cosas así, que hacían que la gente se sintiera mejor.
Miró la única ventana y solo vio negro, porque incluso una fracción de luz podía convertirse en un objetivo para los alemanes.
En su antiguo apartamento, la abuela había cosido cortinas opacas, pero lo bombardearon y más tarde lo demolieron porque la estructura ya no era estable.
Aquella noche sobrevivieron en la alacena, pero fue un milagro.
En el edificio actual, un vecino acababa de aplicar alquitrán en las ventanas.
Era efectivo, pero el olor era horrible.
Como su madre había dicho, eran las pequeñas cosas las que más molestaban a la gente. No poder mirar por la ventana era una de las de Charlie.
Examinó el marco solitario colgado en la pared que contenía las imágenes de dos personas.
Su padre era un recuerdo borroso para él.
Robert Matters había sido alto y desgarbado, con un rostro alargado y perpetuamente triste, ojos inquietos y un bigote recortado.
Charlie podía imaginarse a su padre bebiéndose una pinta o dos en la barra de un bar, pensando en qué quería de la vida.
Robert Matters había trabajado largas horas en un oficio físicamente demandante en los muelles a cambio de un exiguo salario.
A Charlie siempre le había parecido que ese tipo de trabajo era el único disponible para los tipos del East End.
En casa, su padre normalmente se quedaba dormido, agotado, pero siempre fue amable con Charlie.
Jugaba con él a la pelota en la calle, le enseñó a montar en una bici prestada de un colega que tenía un hijo de la edad de Charlie y lo llevaba a dar largos paseos por Vicky Park con la pequeña mano del niño en la suya, grande y callosa.
Robert le contaba historias sobre su infancia en Whitechapel, y se sentaban en un banco y veían el mundo pasar, señalando las extrañas formas que asumían las nubes.
Su padre también lo había llevado a trabajar los sábados y lo había paseado por ahí en una carreta arrastrada por un caballo de tiro.
Incluso le había enseñado a manejar las riendas y a ocuparse del caballo después del trabajo.
El tamaño de la bestia había dejado estupefacto a Charlie mientras la cepillaba, pero también lo dócil que era.
Su padre le había dicho que el caballo se llamaba Puff porque el equino caminaba con el enorme pecho henchido, Incluso había montado a Puff sin silla por los muelles.
Su padre le había dicho que tenía un don natural con los caballos y que quizá podría sopesarlo cuando creciera y fuera un hombre.
A Charlie le habían encantado esos momentos con su padre y con Puff.
Después la guerra comenzó y su padre se marchó junto con millones de otros hombres, muchos de los cuales nunca consiguieron regresar a suelo británico. Y el muelle en el que Puff había trabajado ya no estaba allí, y tampoco el caballo. Los alemanes se habían ocupado de ello.
Charlie esperaba que hubieran enterrado a su padre en un cementerio cristiano de Dunquerque.
A veces se preguntaba cómo habría muerto, si lo habría matado una bala, una bomba o un cuchillo.
Pero cuando pensaba demasiado en esto las entrañas se le retorcían como si las tuviera llenas de gusanos después de un chaparrón.
A continuación, echó una mirada furtiva y ansiosa a la imagen de su madre en la fotografía.
Charlie había salido con su madre un día, y solo él regresó a casa al final.
Y aunque había sido más reciente que el fallecimiento de su padre, los recuerdos precisos de ella estaban inquietantemente lejos en su mente.
Eso podría no haber tenido nada que ver con su memoria, y todo con el dolor.
No quiero olvidar a mamá, pero me duele mucho recordarla porque sé lo que perdí cuando ella murió. Lo perdí… todo.
Charlie había vivido con sus dos abuelos después de que mataran a su madre.
Después, su abuelo murió durante un trágico incidente en la estación de metro de Bethnal Green.
Se produjo una estampida en las escaleras y la gente cayó como bolos y más de ciento setenta personas murieron aplastadas, incluido su abuelo.
La pérdida de su abuelo había sido traumática para Charlie porque este se había convertido en un padre adoptivo para su nieto y él sabía que también cuidaba bien de su esposa.
Ahora Charlie intentaba no pensar en lo que sería de él cuando la abuela muriera.
Cada vez que tosía o se quedaba sin aliento o se movía con torpeza, la vigilaba de cerca y hacía todo lo posible por cuidarla y que volviera a estar bien.
Lo aterraba pensar que algún día el sol se levantaría y su abuela no; también le preocupaba que eso le pasara a él.
Le dio la espalda a la fotografía y fue a comprobar su ropa. La declaró razonablemente seca, como lo estaban sus zapatos demasiado estrechos. Se vistió y, notando que había dejado de llover, salió rápidamente a la estrecha calle de su edificio.
Y entonces fue cuando lo vio, con un maltrecho sombrero de fieltro cubriendo su cabello castaño. Caminaba despacio, mirando los números.
Era el propietario del Bastión de los Libros, I. Oliver.