Extraños en el tiempo Abuela
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Abuela

ABUELA

J usto a tiempo, Charlie escuchó el repique sordo del maltrecho reloj despertador de cuerda seguido por los sonidos de su abuela que se levantaba con dificultad de su duro colchón.

Los timbrazos cesaron, y la mujer se apuró sobre la fría tarima con los pies descalzos hasta que se oyó cerrarse la puerta del baño.

Un minuto después, el inodoro hizo su patética descarga.

A continuación, el agua del lavabo comenzó su débil carrera.

La mujer se vestiría rápido, ya que tenía poco entre lo que elegir: prácticamente dos faldas y dos blusas, los viejos y arañados zapatos de desgastado tacón bajo y grueso y unos leotardos tan raídos que casi transparentaban sus pantorrillas hinchadas y varicosas.

Después de eso, la oiría dar un par de pasos truncados hacia la pequeña cocina.

El único otro espacio era la sala de estar, donde había una silla para ella, un taburete de madera para Charlie y una pequeña y descolorida alfombra Wilton cuadrada.

Una lámpara catalítica de porcelana desportillada y precario cableado sobre una mesa tambaleante.

En la repisa de la chimenea había un par de candelabros de deslustrado latón, a menudo sin velas, y después estaba la chimenea en sí misma, un ennegrecido hueco de ladrillo de unos sesenta centímetros que rara vez se usaba para algo.

Sus máscaras de gas colgaban de dos ganchos gemelos.

Eran dos de casi cuatro millones repartidas por un gobierno al que le aterraba que los alemanes continuaran con su tradición de la Primera Guerra Mundial de lanzar gas mostaza y otros tóxicos, solo que esta vez desde el cielo.

La abuela solía llevar siempre su máscara, pero cuando el recuerdo del Blitz se debilitó, ella, como muchos otros, se la dejaban atrás casi siempre.

Lo que sí llevaba era su carnet de identidad, como hacía Charlie.

Lo había emitido el Registro Nacional para todas las personas que vivían en el Reino Unido y en la Isla de Man.

Si la gente tenía que estallar en fragmentos inidentificables, quizá aquel trozo de papel sobreviviría para contarles a los demás quién había fallecido. Aunque Charlie no entendía cómo.

Después de un té tibio y de pan con margarina y mermelada y quizá de una loncha de Spam a la plancha, su abuela se marcharía al trabajo en la panadería, a una traqueteante parada de autobús de allí.

Charlie cerró los ojos con firmeza cuando ella abrió la puerta de la alacena y se encorvó para darle un beso en la frente, algo que siempre hacía a pesar del reuma. Le rozó la frente y después le dio un tirón brusco en la oreja.

El chico se incorporó, irritado.

—Eh, ¿a qué viene eso, abuela?

—Tienes el pelo mojado, Charlie —exclamó ella. Parecía muy enfadada—. Has salido otra vez. Dime la verdad, y ahora sin mentiras.

—Tenía piojos y abrí el grifo pa quitármelos —le dijo, desafiante.

—¡Piojos! —resolló la mujer. Empezó a examinarle la cabeza con los dedos—. Entonces será mejor que vaya a por el Lysol.

—No pasa na, abuela. La enfermera del colegio me ha echao una cosa.

Estaba satisfecho con su mentira, ya que no solo explicaba el cabello húmedo, sino que también reforzaba la farsa de que todavía acudía al colegio.

Los dedos de su abuela abandonaron su cabello mientras se enderezaba y lo miraba.

—Me preocupas, Charlie. Ojalá pudiera seguirte el ritmo. Ojalá no fuera tan… vieja .

—Tú no eres mu vieja, abuela —le respondió con cariño.

—Aunque ganemos esta maldita guerra, hay demasiadas cosas ahí fuera que pueden hacerte daño.

—Soy fuerte, abuela. —Sacó el músculo del brazo.

—Si te alimentaras bien, serías todavía más fuerte.

—Saldremos adelante, abuela. Siempre lo hacemos.

Ella se frotó la boca sin pensar, el sitio de donde él sabía que hacía poco le habían sacado una muela.

Ella no había tenido el dinero necesario para el gas o la cocaína que el dentista usaba para mitigar el dolor.

Sacaban las muelas gratis, siempre que fueras capaz de soportar el trauma de que te las arrancaran a la fuerza.

—Te mereces unos padres de verdad, cielo.

La manzana de Adam de Charlie, todavía en formación, tembló ante aquel inesperado comentario.

—Bueno, pero no los tengo, me los merezca o no. —Antes de que ella pudiera contestar a eso, añadió—: Vas a llegar tarde, abuela. Y yo también. Estamos estudiando matimáticas en el cole. Es muy interesante.

Ella lo miró.

—Estás creciendo muchísimo, Charlie. Vas a ser tan alto como lo era tu padre, aunque tu madre era una cosa pequeñita. —Miró el espacio diminuto—. Este armario… Necesitas algo más grande.

—Bueno, en verdad tengo más sitio del que me hace falta. Y tenemos cocina, y un baño solo pa nosotros. Es como si fuéramos ricos.

—Bueno, puedes darle las gracias a tu abuelo por eso.

Por aquí, muchos lo respetaban. Y conseguimos este apartamento gracias a ese respeto.

La familia de tu padre vivía en Whitechapel con seis familias en dos habitaciones, sin baño.

Señor, no sé cómo podían. Bueno, ¿estás seguro de que anoche no saliste?

El modo en el que ella lo miró (un poco triste, le pareció) le quitó la diversión a la mentira.

La miró a los ojos.

—Las cosas han cambiao , abuela. Solo eso. Y tenemos que hacer lo que sea pa salir adelante. Y ya casi soy un adulto.

—No, todavía eres un niño, y ocuparme de ti es mi trabajo.

La mirada desafiante de Charlie se fundió en una incluso más seria.

—Hace mucho tiempo que ya no soy un niño, abuela. Y el año que viene, cuando cumpla catorce años, podré dejar el colegio.

—No, Charlie, la educación es demasiado importante. Tienes que seguir en el colegio, cielo.

—También es importante comer —contestó—. Y si la guerra sigue, podría alistarme.

—No pueden reclutarte hasta que tengas dieciocho —replicó ella, con expresión asustada.

—A papá no tuvieron que obligarlo pa que fuera, ¿verdad?

—replicó Charlie, haciendo que a su abuela le temblaran los labios—.

Y he oído que hay chicos que falsifican su edad.

Toman las armas a los diecisiete, a veces a los dieciséis.

Apuesto a que cuando yo tenga dieciséis todavía estaremos luchando contra los alemanes.

—No, Charlie. Recemos a Dios para que la guerra termine mucho antes de eso. Para entonces no quedaría nada de nosotros.

Y tú eres lo único que me queda a mí.

Charlie se ablandó y le tocó la mano.

—Oye, abuela, los yanquis han hecho huir a los jerries, ¿no?

—Sí. Los americanos . —Su expresión no parecía mostrar la misma opinión positiva de su principal aliado que tenía Charlie—.

Bueno, tu almuerzo está en la fiambrera, porque sé que en esa escuela no te dan de comer lo suficiente, aunque ellos digan que sí.

Pero te están dando el quinto de leche todos los días, ¿verdad, Charlie? Se supone que tienen que dártelo.

— Pos claro, abuela. Está riquísima.

—Vale, vale. Bueno, hay fruta seca y un poco de margarina y pan para el desayuno, y una taza de cereal con la leche en polvo. Y hay un poco de fiambre en lata. Ponle sal para que no te sepa tan malo.

—Sí, abuela.

—Las nuevas cartillas de racionamiento acaban de llegar. Y los cupones de las cartillas rosas tienen muy buena pinta. Hay cosas que podemos vender o intercambiar.

—Eso está bien.

Ella frunció el ceño.

—El carnicero dice que va a guardarme un conejo para Navidad, pero no me mira a los ojos al hacerlo. Puede que tenga que empezar a criarlo yo.

—En el Savoy hay gallinas. Yo las he visto.

—He oído que tienen una granja con aves a las afueras de Londres, pero no sé si también las tienen en el hotel.

—Le echó una repentina mirada de recelo—.

Eh, ¿qué estabas haciendo tú en el Savoy?

No tienes nada que hacer en el West End.

Es como cruzar la frontera. No es un buen sitio para los nuestros.

Charlie no perdió un segundo.

—Fuimos de excursión con el cole.

La expresión dudosa de la mujer se intensificó.

—¿Fue de ahí de donde salieron esos huevos de más? Me dijiste que los conté mal.

Él la miró con firmeza.

—Eso sería mangar, abuela.

—Uhm. —Su expresión cambió—. ¿Sabes que en el Savoy bailaban mientras las bombas caían?

Tienen una especie de sótano reforzado, o algo así.

—De repente sonrió con orgullo—. Pero los del East End fueron allí a almorzar una vez y después se abrieron los abrigos y les enseñaron sus camisas de «Racionad a los ricos».

Ese es el espíritu adecuado. Que zurzan a todos los ricos.

Churchill va allí con frecuencia, según he leído; no es de extrañar que consigan todo lo que quieren.

Y también se quedan allí estrellas de cine.

John Wayne, Frank Sinatra… ¡Y Clark Gable!

Oh, qué no daría yo por conocer a Clark Gable.

—La mujer se rio, ruborizándose un poco antes de concentrarse de nuevo en su nieto—.

Ojalá tuviera un patio en condiciones, Charlie.

Entonces tendríamos coles y judías verdes y guisantes.

Podrías meterte los tomatitos cherry directamente en la boca.

Son dulces y saciantes. Los probé una vez, durante una excursión al campo con tu abuelo.

Aquí solo tenemos lo que nos asignan, y todo está siempre agotado.

Te morirás de viejo antes de conseguir uno, y yo ni te cuento.

—Cuéntame cosas de antes de la guerra. A veces se me olvida, abuela.

Aquel era un pequeño ritual suyo, y Charlie reconocía que a la abuela le hacía tanto bien recordarlo como a él oírlo.

La mujer sonrió con cariño.

—Las tiendas estaban llenas, y entre ellas había vendedores con carritos de limonada y de bocadillos , Charlie.

Y el hombre de las magdalenas, con la bandeja en la cabeza.

Y el tipo de los caramelos indios. Y el hombre que llevaba helado en verano y castañas en invierno.

Y los locales de pasteles de carne y puré de patatas.

Podías oler el pescado con patatas desde aquí hasta el Támesis.

El estómago de Charlie gruñó de tal manera que la abuela parecía sentirse culpable.

—Bueno, no es necesario que hablemos de lo que no tenemos. El pasado, pasado está. Pero nosotros nos llevamos las sobras. ¿Tú sabes lo que son las sobras?

Charlie negó con la cabeza.

—No es demasiado, eso te lo aseguro. Bueno, supongo que en esta ciudad hay quienes consiguen todo lo que quieren.

No me refiero a los que son como Churchill, porque ese hombre necesita estar en plena forma.

—Y añadió, de mal humor—: Aunque Winnie nos dijo que las bombas alemanas nunca caerían en Londres, ¿no?

—Su expresión se suavizó—. Bueno, sin duda estaba intentando levantar los ánimos, ¿eh?

Pero dicen que el racionamiento es para todos el mismo.

No te lo creas. Solo podemos usar las cartillas de racionamiento en un par de tiendas, lo que limita lo que podemos conseguir, ¿no?

Pero otros conducen sus coches de lujo, comen en el Dorchester y se van al campo los findes como si no hubiera una maldita guerra.

Espero que se sientan culpables, en su interior, aunque no tengo muchas esperanzas.

Bueno, que tengas un buen día, cielo, y llénate esa cabecita tuya de conocimiento en el colegio. Y no vuelvas a pescar piojos .

Volvió a darle un beso y salió atropelladamente del apartamento para tomar el autobús.