Extraños en el tiempo El día que llegaron las bombas
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El día que llegaron las bombas

EL DÍA QUE LLEGARON LAS BOMBAS

Era un día precioso, caluroso y soleado, algo bastante inusual en Inglaterra.

A las cuatro de la tarde, las estaciones de radares británicas captaron un enfrentamiento entre bombarderos alemanes y cazas sobre la costa francesa.

Unos quince minutos después, el frente de la flota de la Luftwaffe, que cubría treinta kilómetros de ancho y volaba a más de tres mil metros de altura, cruzó la costa inglesa y fue avistada por un puesto del Cuerpo de Observación. La RAF se desplegó en ese momento.

Para entonces, era demasiado tarde.

Alrededor de las cinco se activaron las alarmas antiaéreas, y el volumen fue en aumento.

Las sirenas le parecieron a Charlie gritos agudos del cielo.

El niño y su abuela, y su madre y su abuelo, porque en aquel entonces estaban vivos, corrieron al refugio acordado, un armario en una habitación sin ventanas en el fondo de su antiguo apartamento.

La gente que tenía patio trasero acudía a menudo a sus resistentes refugios antibombas Anderson, medio enterrados en la tierra con sus finas pieles curvadas de aluminio corrugado junto a los parterres con flores que se habían convertido en Jardines de la Victoria, o huertos en tiempos de guerra.

No obstante, muchos pobres sin patio iban a los refugios públicos; otros se dirigían al metro.

La mayoría, como Charlie y su familia, se la jugaban en la alacena.

Su madre tenía en la mano su máscara de gas, un artilugio que les habían proporcionado a todos. Ayudó a Charlie a ponerse la suya, después ayudó a sus padres y, por último, se la colocó ella.

Al principio no hubo más sonidos que las gorjeantes sirenas y los de la gente corriendo de allá para acá. Después, Charlie miró a su madre.

—Ya vienen —la oyó decir, con un tono que se hizo con la atención de su hijo.

Ayudó a Charlie a ceñirse la máscara. En el bolsillo de la camisa llevaba un tubo de Ungüento Antigás Nº2.

Se suponía que ayudaba con las quemaduras en la cara y que aliviaba el escozor del gas en los ojos, y quizá te devolvía la vista si te la robaba el gas mostaza, aunque incluso el pequeño Charlie dudaba de que una crema pudiera hacer eso de verdad.

Plymouth y Cardiff ya habían sido golpeadas por la Luftwaffe, pero Londres no. La ciudad parecía protegida por un poder divino que evitaba a las grandes metrópolis la molestia de una completa destrucción.

Esa delicada fantasía estaba a punto de llegar a su fin.

Primero llegó el inquietante zumbido de los motores de los aviones que se acercaban a Dagenham, Rainham y Barking.

Charlie descubriría más tarde que en aquel escuadrón concreto de la Luftwaffe hubo trescientos cincuenta Junker, Heinkel y Dornier escoltados por seiscientos cazas.

A continuación, llegó el grito de las bombas, los muros de aullidos agudos que le provocaron a Charlie un terror mucho mayor que ninguna pesadilla que hubiera tenido antes.

El objetivo era el East End, alrededor de la curva en U del Támesis.

La zona, conocida como Silvertown, era un caos de almacenes enormes y de casas de obreros, todo revuelto y patas arriba junto al laberinto de muelles que eran críticos para el suministro bélico.

La Ford Motor Works fue lo primero en ser atacado, y después la enorme Beckton Gasworks.

El Woolwich Arsenal, el más grande del país, también fue bombardeado.

Después de eso, fueron arrasados los tres Royal Docks, llenos de alimentos; el hedor de la fruta y del queso quemado perduraría meses.

Ardieron los amarres de las embarcaciones, que liberadas se deslizaron por el Támesis solo para regresar más tarde con la marea.

Los globos de barrena diseñados para enredar a los aviones alemanes, en lugar de hacer eso, simplemente estallaron por el calor de las detonaciones y de los incendios.

Cuando las bombas estallaron, los mismos cimientos de la ciudad parecieron vibrar mientras explosión tras explosión producía un maremoto de aterrador sonido.

El polvo levantado se asentó sobre Charlie y su familia.

Las ventanas se agrietaron, la estructura del tejado gimió, el suelo tembló.

Y cada estallido de violenta fuerza parecía más poderoso que sus predecesores.

No oyeron la réplica de los enormes cañones antiaéreos, y no tenían ni idea de que era porque los artilleros británicos en tierra temían abatir a sus propios aviones en el aire.

Los alemanes regresaron esa noche y lanzaron todavía más bombas, usando los incendios causados por el primer ataque como una conveniente iluminación para el segundo.

Las evacuaciones masivas del devastado East End, de miles de personas, hicieron que algunos lo bautizaran como «el Dunquerque de Londres».

Cuando alrededor de las cuatro y media de la madrugada del sábado sonó la sirena de despejado (una nota larga para distinguirla de su colega de ráfagas cortas y separadas) casi cuatrocientos cincuenta londinenses habían fallecido.

Mil seiscientos más estaban heridos de gravedad, y muchos murieron al final.

Y habían arrasado un sinfín de edificios, lo que dejó a los pobres del East End, que no habían tenido mucho para empezar, con menos todavía.

El fuego rugía en los destruidos muelles mientras los bomberos se enfrentaban valerosamente a las llamas.

El Támesis se convirtió en una estación de bombeo de urgencia cuando las bocas de incendios se agotaron.

Se necesitaron más de cien bombas para extinguir un incendio masivo. Hubo nueve incendios así aquella noche.

La Isla de los Perros casi había desaparecido.

Ambos lados del río en el East End habían quedado reducidos a escombros.

Bow Road Station ya no existía. Stepney Green parecía una alfombra ennegrecida, desprovista de árboles.

Incluso en el lejano Reading creyeron ver el sol poniéndose por el este aquel día, porque los incendios del Blitz inflamaron el cielo con el mismo fulgor que el sol del ocaso.

A finales de mes, más de seis mil londinenses ocupaban sus tumbas prematuras.

Legiones de hombres religiosos esparcieron sobre ellos cenizas a las cenizas y polvo al polvo, todos desconcertados ante la idea de que su dios permitiera tal devastación a pesar de sus sinceras oraciones, de sus atronadores sermones y del sobeteo frenético de sus rosarios.

En su caja de la alacena, Charlie abrió los ojos y los sonidos de la muerte acudiendo por ellos desaparecieron.