Extraños en el tiempo Bajar al east end
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Bajar al east end

BAJAR AL EAST END

C harlie siguió los bordillos, los árboles y las farolas que habían pintado de blanco para ayudar a la gente a orientarse en la ciudad por la noche.

No se permitían luces en el exterior de los edificios, y había que tapar los faros de los vehículos, dejando solo una pequeña ranura.

Los semáforos también estaban tapados, de nuevo con pequeñas ranuras para que los conductores vieran los colores necesarios.

Todas las calles, excepto las avenidas principales, estaban a oscuras, y sobre las carreteras solo descendía la suave luz de las estrellas, para no proporcionar ninguna ayuda a la Luftwaffe.

En los autobuses había letreros que decían: guarden cuidado en la oscuridad.

A pesar de las advertencias, la gente seguía muriendo atropellada por coches, taxis, camiones y autobuses de dos plantas que esperaban en la oscuridad como ágiles depredadores al acecho.

Charlie había tenido sustos de sobra. Otros miles no habían tenido tanta suerte y se encontraban a dos metros bajo tierra por haber tenido el descaro de salir a dar un paseo por la ciudad.

El apagón había sido difícil para muchos londinenses, que estaban acostumbrados a una ciudad potentemente iluminada por la noche.

Charlie todavía recordaba el momento en el que el corte de luz se instauró.

Había visto con su abuelo, desde la azotea de un edificio, cómo la gran ciudad quedaba a oscuras, sector por sector, incluyendo el poderoso Big Ben.

Y con la ausencia de luz llegó un aluvión de miedo para muchos, porque todos sabían que las cosas horribles solían ocurrir siempre en la oscuridad.

De camino a casa, y a pesar del dolor de pies, Charlie estaba aún lo bastante ágil para subirse a la parte de atrás de un autobús abarrotado que llevaba a casa o a sus lugares de trabajo a la gente que contribuía con las incesantes tareas bélicas.

Lonzo le había enseñado a ser un experto en colgarse de los autobuses.

Se necesitaba unos dedos fuertes y un equilibrio excepcional para apoyar las plantas de los pies en la piel metálica del vehículo, además de la habilidad y el valor para saltar de un autobús en movimiento si el revisor te veía y acudía a ti con su furiosa porra.

Charlie entró en su diminuto apartamento del destartalado edificio de Bethnal Green como lo hacía siempre después de una de sus excursiones nocturnas.

Usaba el contenedor de basura volcado en el callejón para acceder al extremo de la soga deshilachada que estaba atada al travesaño más bajo de la escalera de incendios.

Un tirón de la cuerda hacía bajar la escalera.

Después de trepar rápidamente por los travesaños hasta el descansillo y volver a subir la escalera, entraba a través de la ventana que, a diferencia de la puerta de atrás del colegio San Salvador, nunca estaba bien cerrada.

Charlie se metió en la caja de madera que le hacía de cama en el interior del espacio que en el pasado había sido una pequeña alacena.

Cuando se mudaron allí, era acogedor. Ahora que sus extremidades y su torso eran cada vez más largos, parecía un ataúd.

Pero al menos tenía una habitación propia.

Muchos de sus colegas no contaban con ella.

Charlie se había enterado de que su cuna había sido una caja de huevos, en la que, cuando era una cosita minúscula, había pasado mucho tiempo tumbado entre pañales.

Cuando creció, una caja de naranjas la había reemplazado.

No sabía qué había sido su caja actual en el pasado, pero al menos era más grande, porque él también lo era.

A pesar del reducido espacio, Charlie sabía que a la abuela y a él les iba mejor que a la mayoría.

En el East End era habitual que varias familias compartieran un par de habitaciones, con un aseo exterior y sin cocina, en un edificio a apenas tres metros del de enfrente.

Y verse abandonado en esas mismas calles estaba, para muchos, a apenas una enfermedad o a la muerte del marido o del padre de distancia.

Su abuela le había contado una vez, delante de un escaso fuego y de un té tibio:

—En Whitechapel había un asilo para pobres, Charlie.

—Se había estremecido al recordarlo—. Un sitio horrible.

Vivían allí casi un millar de personas desvalidas.

Y la familia entera tuvo que ir a ese sitio con la vergüenza de haber sido desahuciada.

Te afeitaban la cabeza para mantener a raya los piojos.

Te daban de comer, pero nada a lo que yo llamaría comida.

Y separaban a los maridos de sus mujeres, y también de sus niños.

Había que trabajar duro cada día, y la ley decía que las condiciones de vida tenían que ser peores que las de los pobres que trabajaban.

Y eso es decir mucho, Charlie, porque nosotros somos trabajadores pobres, ¿no?

¡Y míranos! Y si eras viejo y tu familia no podía ocuparse de ti, también terminabas allí.

Pan y sopa, y todo el día fuera para que pudieras pedir en la calle.

—Se había detenido. Le temblaban los labios por la emoción—.

¿Alguna vez has oído hablar a alguien del aullido del hospicio, cariño? —le preguntó con tono temeroso.

Charlie había negado con la cabeza.

—¿Qué es eso? —le dijo, asustado.

Ella había posado su mirada abatida en él.

—Bueno, Charlie, es difícil describirlo.

Es… Es cuando la gente ha sido tan maltratada por la vida y por las penurias que la acompañan, al menos en los que son como nosotros, que…

que toda esa tristeza y, bueno, también esa rabia, se te escapa por la boca y aúllas, como una pobre bestia que sufre.

Porque en eso es en lo que la gente a la que nunca le ha salido nada bien en la vida puede convertirse.

Todavía se ve a menudo por aquí —había añadido amargamente.

—¿Has…? ¿Alguna vez has aullado tú así, abuela? —le había preguntado él.

Ella había cambiado rápidamente de tema y no le había contestado.

Charlie sabía que no quería ir nunca al asilo. Y que no quería estar nunca tan triste que tuviera que aullar, aunque algunos días creía que eso era lo que le esperaba.

Se cubrió el cuerpo mojado con una sábana andrajosa, buscó las galletas en su bolsillo y rompió un pedazo. Se lo metió en la boca y masticó rápidamente. Quería comer despacio, pero tenía demasiada hambre para hacerlo.

Con la otra mano, buscó los billetes y las monedas. Comida y dinero de verdad, en lugar de un chelín o algunos peniques. Sus perspectivas habían aumentado considerablemente después de una sola noche de latrocinio.

Encendió un cabo de vela, lo colocó en el hueco entre la caja de madera y las distintas almohadas viejas que formaban el colchón, y sacó el dinero.

Frotó con los dedos sucios los semblantes de los augustos retratos reales impresos en los billetes y después tocó la cara fría de las monedas.

En el cuarto de penique estaba la imagen de Britania por un lado y de Jorge VI en el reverso.

En total había treinta y ocho libras en billetes, además de un montón de monedas que sumaban casi otras cuatro libras.

Nunca había tenido una fortuna así. Despacio, volvió a guardárselo todo en el bolsillo y concentró su satisfecha atención en el libro.

Bajo la tenue luz, Charlie se percató por primera vez de que no había nada impreso en la portada o el lomo.

Cuando lo abrió por la primera página, sus esperanzas de un botín mayor gracias a aquel artículo robado murieron.

Pasó las páginas rápidamente; todas estaban en blanco.

—Esto no sirve pa na —le comentó a la oscuridad.

Lo escondió debajo de las almohadas, apagó la vela con los dedos húmedos y escuchó el silencio del exterior.

Solo estaba interrumpido por el paso ocasional de un coche balbuceante eructando dudosa gasolina o por las pisadas bruscas de las botas de reglamento sobre la acera que anunciaban la llegada de un policía cansado o de un vigilante antiaéreo haciendo su importante ronda.

Con el paso del tiempo, llegaron los frágiles ecos de una radio en el apartamento contiguo.

Charlie y su abuela habían tenido una vez una radio Ekco, pero tuvieron que deshacerse de ella para pagar las facturas.

Charlie echaba de menos escuchar la BBC .

Las emisiones radiofónicas informaban de las noticias relacionadas con la guerra, sin duda, pero también había programas que lo hacían reír, y La hora de los niños , uno de sus favoritos, que se emitía cada día.

A veces, se sentaba en el pasillo por la noche y prestaba atención a la radio de otra gente, esperando captar lo suficiente para reírse de algo…

de lo que fuera, en realidad, que lo alejara, aunque solo fuera un par de minutos, de la desesperación de su vida diaria.

A las tres de la mañana oyó el repique del reloj de un campanario.

Un minuto después lo siguió la bocina de un barco, navegando arriba o abajo del largo, sinuoso y lodoso Támesis.

El río de trescientos cuarenta y seis kilómetros, que se volvía mareable en Teddington y se adentraba en el Gran Londres a la altura de Thames Ditton, definía la esencia del mundo de Charlie.

Se hacía más ancho e incluso más sinuoso al dirigirse al este.

Todos los buenos puentes estaban en el oeste debido a eso.

La inconfundible curva que rodeaba la Isla de los Perros hacía que el East End y los importantes muelles fueran fácilmente visibles desde el cielo por los bombarderos alemanes, sobre todo en las noches de luna llena.

Y la Luftwaffe se había aprovechado de ese rasgo topográfico único con devastadores resultados.

Un momento después, el abrupto grito del silbato de un tren llegó hasta él.

Charlie intentó adivinar de qué estación podía ser, pero se rindió.

¿Y cuándo subiría él a un tren? Había nacido en aquella ciudad y estaba bastante seguro de que moriría también en ella, sin haber viajado nunca a ningún otro sitio; la única incógnita era cuántos años pasarían hasta entonces.

O días. Y si su final sería natural o violento.

Estos pensamientos no eran el resultado de una imaginación hiperactiva.

Charlie había visto muchas cosas que eran impensables y horribles en todos los sentidos posibles.

Aun así, para él, nada superaría nunca el horror de aquel último día de verano.