Extraños en el tiempo Un ladino caldero de oro
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Un ladino caldero de oro

UN LADINO CALDERO DE ORO

C harlie atravesó el callejón hasta que llegó al tenue halo de débil luz. Se metió rápidamente debajo del toldo verde, para resguardarse de la lluvia, y miró el pulcro letrero de letras doradas en la sucia luna del escaparate:

EL BASTIÓN DE LOS LIbrOS

I. OLIVER, PROPIETARIA

Debajo había unos avisos que parecían escritos a mano.

Un libro al día mantiene alejadas las bombas.

Y:

Leer libros es mucho mejor que quemarlos.

Habían colocado cinta de fibra de vidrio en algunas partes del escaparate para evitar que el cristal se rompiera y se convirtiera en un arma durante un bombardeo.

Tres capas de cortinas negras bloqueaban casi toda la luz del interior.

No obstante, el propietario no las había cerrado del todo.

Había una rendija a través de la que Charlie podía ver el interior.

Si un vigilante antiaéreo pasara por allí, el dueño de la tienda se llevaría una reprimenda e incluso una amonestación.

Aun así, Charlie también sabía que la gente se había relajado bastante con esas cosas.

Cuando miró a través de la rendija, lo primero que vio fueron libros.

Había estado antes en una librería; la última vez, para escapar de la lluvia y evitar el frío que la acompañaba y la neumonía que a menudo la seguía.

En ella, todos los libros habían estado correctamente colocados junto a sus vecinos.

Lo cierto era que las pulcras hileras del regimiento de libros habían ofendido a Charlie.

Nada en el mundo debería estar tan ordenado, había pensado.

Sencillamente no parecía correcto, cuando el resto del mundo se encontraba patas arriba.

Allí, por el contrario, las inestables pilas de libros se dispersaban por el suelo al azar.

En huecos y rincones, las pelusas rodaban junto a las ligeras telarañas.

Una tambaleante escalera sobre ruedas metálicas se deslizaba a lo largo de un fino tubo cilíndrico junto a los estantes que se hundían y combaban bajo el peso de los volúmenes cosidos a sus pieles con huesos de madera, como navíos verbales dando bandazos bajo una tormenta en tierra firme.

Las bombillas del techo chisporroteaban y parpadeaban, indiferentes a su propósito.

Fue entonces cuando Charlie vio a los dos hombres, que parecían un estudio de notable contraste.

El primero tenía cuarenta y tantos años, era alto y demasiado delgado y parecía agobiado, como todo el mundo aquellos días.

Tenía el cabello castaño largo y abundante y la piel clara, como Charlie, con algunas pecas dispersas aquí y allá.

El hombre llevaba un chaleco de lana gris, arrugado y viejo, y una camisa blanca sucia tras el largo día.

Sus mangas enrolladas revelaban unos antebrazos huesudos salpicados de lunares engrosados, como las gomitas de borrar de los lápices.

También tenía algunas quemaduras graves en la piel que parecían muy dolorosas.

Sus pantalones estaban tan usados como su chaleco; sus zapatos estaban raídos, con los talones desiguales tras el uso constante por las irregulares aceras.

Unas gafas sin montura cubrían sus ojos avellana.

Aquel tipo debía ser el propietario de la tienda, I. Oliver, pensó Charlie.

El otro hombre era bajito y rechoncho y llevaba puesto un sombrero holgado, bien calado.

Para protegerse del mal tiempo, llevaba un chubasquero negro que parecía caro y unas botas de agua nuevas.

Tenía papada, y un poco de bozo en su barbilla poco pronunciada.

Le entregó al propietario de la tienda un paquete de papel atado con un cordón negro y dijo algo que Charlie no pudo oír.

El otro hombre aceptó los papeles y los guardó en un cajón que después cerró con llave.

Cuando el hombre bajito se giró y se dirigió hacia la puerta, Charlie se escondió detrás de un contenedor de basura cercano abarrotado de restos del bombardeo, de los que había miles en la ciudad.

El hombre abrió la puerta, lo que provocó el tintineo de una campanilla, y salió.

Miró a izquierda y a derecha y Charlie se encorvó todavía más.

Después, el tipo se subió el cuello del chubasquero y se marchó rápidamente.

Charlie esperó unos minutos para asegurarse de que el tipo rechoncho no volvía.

Se acercó al escaparate una vez más para ver al propietario encorvado sobre un grueso libro de cuentas detrás del mostrador, junto a la caja registradora.

Su largo dedo descendió por la columna de la página mientras hacía pequeñas señales en el papel con un lápiz.

Después de un minuto o dos, soltó el lápiz y bebió de una taza de porcelana desportillada que había junto a su codo.

A su lado había un plato con un par de galletas alargadas.

Charlie miró las galletas mientras su estómago vacío comenzaba a hablarle con tono de audaz protesta.

A continuación, el hombre levantó un curioso artilugio cilíndrico. Parte del artefacto parecía rotar, porque estaba girando cosas en él. Siguió manipulándolo un momento más antes de regresar al lápiz y el libro de cuentas.

Un minuto después, el hombre recogió una caja etiquetada como Libros al por mayor Simpkin se había olvidado de ella.

Silenció la campana, se escabulló detrás de una torre de libros en una esquina y esperó.

En un momento, el hombre apareció y miró a su alrededor, con las cejas unidas en una expresión confusa y su mirada con gafas revoloteando por el pequeño espacio.

Se apresuró hasta el cajón donde había guardado el fajo de papel y lo abrió.

Sacó el lote de documentos y lo examinó.

Satisfecho, volvió a guardarlo bajo llave, usó la puerta elevable del mostrador para pasar, atravesó la tienda, echó el pestillo de la puerta y volvió sobre sus pasos para desaparecer a través de la cortina.

Rápido como mi hurón, Charlie salió de su escondite, agarró las galletas y se las guardó en el bolsillo.

Examinó el extraño instrumento que había sobre el mostrador: aquella cosa era de madera y metal, con pequeños discos rotatorios en los que había letras impresas.

Lo soltó y corrió hasta la antigua caja registradora.

Pulsó una de las teclas metálicas, tiró de la palanca grande y el cajón de madera se abrió como el cuco de un reloj.

Los billetes y las monedas desaparecieron en uno de sus otros bolsillos.

También se llevó un libro del mostrador, suponiendo que quizá valdría algo.

Charlie creyó que su incursión había pasado desapercibida.

No obstante, cuando miró atrás, vio al hombre entre el paréntesis del marco de la puerta acortinada, con la boca abierta ya fuera por la incredulidad o por la consternación, o por ambas cosas.

En el instante siguiente, Charlie quitó el pestillo y abrió la puerta, y corrió por el callejón resbaladizo por la lluvia.

Acababa de convertir una miserable derrota en un espléndido triunfo.

Ya era hora.