Extraños en el tiempo El colegio san salvador
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El colegio san salvador

EL COLEGIO SAN SALVADOR

M ientras la lluvia arreciaba, Charlie notó sus gotas reptando hasta el interior de su abrigo raído, al que le faltaba la mitad del forro y la asociada calidez que había tenido en su origen.

Pasó junto a un edificio cuya fachada había desaparecido, y revelaba una escalera en espiral que conducía hasta una planta superior que tampoco estaba ya allí.

Miró un periódico empapado tirado en la calle.

Había una foto borrosa de un hombre rechoncho y calvo con dos carbones encendidos por ojos y una mandíbula pendenciera.

Tenía en la mano un grueso puro, y la cadena de un recio reloj de bolsillo le cruzaba el chaleco.

Charlie sabía que aquel hombre era el primer ministro.

Este había pedido a su pueblo que fuera fuerte, que mantuviera la calma y tuviera paciencia mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Y el pueblo lo hizo, durante años hizo justo lo que le habían pedido.

Pero la voluntad y la capacidad de sacrificio de la gente tiene un límite, y para Charlie y muchos como él, ese límite estaba cada vez más cerca.

Para la incursión de aquella noche, Charlie tenía información fiable de que la puerta trasera del San Salvador tenía una cerradura que podía forzarse con la herramienta y la habilidad correcta, y él poseía ambas cosas.

Justo al otro lado de la puerta había una caja registradora con el dinero que los estudiantes pagaban por las comidas.

Puede que hubiera un par de libras. Puede que hubiera muchas libras.

Como fuera, sería suficiente para comprar unos zapatos de segunda mano.

Había calculado el momento de la operación.

Su abuela no se levantaría hasta las cinco.

Cada mañana, le dejaba la fiambrera del colegio y la comida del desayuno en la nevera.

Después se iba a trabajar a la panadería.

Creía que Charlie se despertaría, se comería el desayuno y correría al colegio con la fiambrera y el corazón ávido de aprendizaje.

En lugar de eso, más de un año antes había falsificado una carta con la letra de su abuela en la que informaba a su maestra de que ambos se mudaban al campo.

La mujer se lo había creído porque mucha gente había cambiado los escombros y la muerte por los árboles y los campos verdes junto a una iglesia de piedra con corrientes de aire y siglos de antigüedad en la que rezar por algo mejor que lo que en ese momento les ofrecía Londres.

Había temido toparse con su antigua maestra en algún momento, lo que revelaría su mentira.

No obstante, se había enterado de que la mujer murió en un bombardeo un mes después.

Era sintomático del mundo en el que ahora vivían que Charlie no se hubiera sentido devastado por la muerte violenta de la maestra.

Moría demasiada gente a su alrededor, debido a las bombas e incluso más por las enfermedades, para detenerse a pensar demasiado en ello.

No obstante, la experiencia no era la misma para todo el mundo.

Los refugios de los ricos no estaban en las carboneras, en las estaciones de metro, en los módulos antibombas Anderson ni en las alacenas debajo de la escalera.

Ellos iban al Ritz o al Dorchester o al Savoy para recibir mimos y un desayuno inglés completo antes de largarse a sus casas de campo en automóviles con chóferes.

Al menos, eso era lo que Charlie oía a menudo, también de boca de su abuela, y por eso se lo creía sin reservas.

Trepó con agilidad la verja del colegio y cayó sin hacer ruido en el interior del oscuro recinto.

El San Salvador tenía dos plantas y estaba construido con el mejor ladrillo y piedra pulida. Por alguna razón inexplicable, como en el caso de San Pablo, ninguna bomba había chamuscado nunca su duro y noble pellejo.

Unas imperiosas columnas blancas flanqueaban la entrada.

Molduras dramáticas se elevaban horizontalmente sobre su cabeza.

Dos elegantes montantes de abanico coronaban el par de imponentes puertas de roble macizo.

Una estatua de un caballero con levita de aspecto solemne, con un bastón y un libro, hacía una erosionada guardia fuera.

Charlie no sabía si aquel tipo era San Salvador.

Sonrió al pensar en un santo con una chaqueta ridícula destinado a quedarse entre la lluvia y el fango toda la eternidad.

No entraría por la puerta delantera. Para un tipo del East End, como él, la puerta de servicio sería la esperada toda su vida.

Por desgracia, descubrió que la puerta de atrás tenía dos cerraduras que la protegían, una sobre la otra. Aquel era un obstáculo inesperado.

Sacó una recia pieza de metal con una curva precisa en el extremo y un pequeño fragmento de hierro ennegrecido con la forma de un rectángulo en la parte superior.

Se la había dado Eddie Gray, un colega. Eddie decía que su padre afirmaba que podía abrir el noventa por ciento de las cerraduras de toda Inglaterra.

Él la había conseguido cuando, unos años antes, su padre murió durante un fallido robo a mano armada.

Como se le daba bien hacer cosas, el chaval había forjado una segunda ganzúa y se la había dado a Charlie.

También había tenido la paciencia de enseñarle a abrir una cerradura con ella.

Charlie se concentró en el trabajo, retorciendo el metal hacia este y aquel lado, hasta que notó en los dedos que las entrañas del candado se movían.

Sería más fácil y más sencillo birlar algo de los puestos al aire libre en Brick o Petticoat Lane, en el East End, pero a él no le gustaba robar a los suyos, y de todos modos ellos tampoco tenían botas.

Por fin oyó un chasquido suave. Giró el pomo, que rotó sin trabas.

No obstante, cuando puso a prueba su herramienta y destreza en la cerradura de arriba, no hizo ningún avance.

Después de unos minutos de esfuerzo y concentración, extrajo la ganzúa, desesperado.

Aquella cerradura debía formar parte del diez por ciento que la herramienta no podía derrotar.

Malditos números.

Las ventanas en los lados del edificio eran altas y tenían rejas de hierro.

No quedaba hierro en el East End; lo habían arrancado todo para fundirlo para la guerra.

Pero aquello no era el East End. Uno «subía» al West End pero «bajaba» al East End, y esos términos eran literales en todos los sentidos posibles.

Un poli le había dicho que en su mundo había vendedores ambulantes, salazoneros y ladrones, y que estos últimos eran nueve de cada diez, según sus cálculos.

Y había incluido a Charlie en ese grupo criminal, aunque la falta de pruebas en ese momento lo había hecho librarse con solo una advertencia en lugar de con las esposas puestas y un paseo hasta chirona.

Charlie agarró los barrotes, trepó y miró a través del cristal. Mirar el interior a través de una ventana en lugar del exterior era lo que le había tocado en la vida, al parecer.

Después se soltó y cayó sobre la tierra húmeda.

Le habían mentido. Seguramente no había dinero en la caja registradora.

Seguramente ni siquiera había caja registradora.

Los dos chicos que le habían hablado de aquella oportunidad no tenían padres y habían vivido con un batiburrillo de familiares lejanos, amigos, tutores y cuidadores.

Hacía poco los habían enviado a un orfanato justo a las afueras de Londres, pero se habían fugado, le contaron a Charlie, antes de narrarle lo horrible que era.

—Allí ni siquiera tienes nombre, Charlie, solo un número —le dijo Lonzo Rossi—. Yo era el puto T207 o no sé qué, aunque siempre he sido Lonzo.

Eddie Gray, el mejor amigo de Lonzo, no dijo nada, pero miró la distancia con una expresión que a Charlie le hizo pensar que la experiencia había sido traumática.

Charlie trotó de vuelta al este y pronto estuvo en el corazón de Covent Garden.

Un minuto después, la lluvia caía con tanta fuerza que apenas veía; sentía los pies doloridos como revestidos de piedra.

Y todavía tenía por delante una caminata de seis kilómetros hasta Bethnal Green.

Se tambaleó hasta que vio un poco de luz que salía de un callejón.

Miró el interior, consciente del silencio que lo rodeaba, solo roto por el tamborileo de la lluvia al caer.

Bajo la lluvia, vio el halo de luz de una tienda.

A aquella hora, eso era realmente singular.

Y atrajo a Charlie como un imán al metal.